Casa de Morán

Casa de Morán

El periódico El Imparcial publicaba en 1931 una breve crónica firmada por Luís Paris, en la que evocaba con añoranza los tiempos de los viejos cafés del corazón madrileño. Muy cerca del Café de Fornos, en la calle que fue de de la Virgen de los Peligros, y luego angosta de Peligros, para quedar sólo con el sustantivo desde 1865, y que va de la de Alcalá a la de caballero de Gracia, se encontraba un popular local, «Casa Morán«, al que el autor citado recuerda con vehemencia. Acerca de este comercio-restaurant poco conocemos sino es por crónicas costumbristas como esta, pués en la literatura relativa consultada nada se encuentra que hable de la casa de comidas. Si acaso una reseña que pudiera estar relacionada, en la descripción que de Répide hace de la calle Peligros en los años veinte cuando dice que de esta breve calle, una de las de más tránsito y movimiento de la ciudad, además del Fornos y de la residencia del marqués de la Torrecilla, se hallaban un antiguo colmado -probáblemente Casa Morán-, famoso en la vida nocturna madrileña, el cual mantenía su aspecto y decoración intacto desde muchos años atrás. (Las calles de Madrid, Pedro de Répide. Página 487. Ed. La Librería. Madrid, 2000)

«En estos días quedará demolido el tapón que en la calleAngosta de Peligros”, obstruía su mezquino ensanche, y con ese edificio enclavado reciamente en el corazón de la Villa, desaparecerá uno de los rincones típicos del Madrid galdosiano, la “Casa de Morán”, refectorio público, bien amado de los madrileños desde la segunda mitad del sigloXIX.
He oido decir que la taberna de Morán, como la llamaban cuando yo era niño, tuvo su origen allá por el callejón de Sevilla, en una tiendecita de comidas y copeo, junto al
Café Europeo. Mis recuerdos la sitúan ya en la calle de Peligros, en la casa que ahora van a derribar, pero en los locales del esquinazo de la Aduana. El traslado al actual emplazamiento es relativamente moderno.
Entonces los comedores, siempre llenos de gente, obscuros y húmedos, se esparcían por toda la planta baja del caserón, distribuidos en estancias desiguales. Tan sólo había tres reservados, con una mesa central de caoba y sillería ordinaria, esterados en invierno. Las demás salitas ofrecían a la parroquia mesas redondas y taburetes de madera al uso tabernario. Recibían cernida luz por las altas rejas del callejón de la Aduana, y entre ellas, la primera, la mayor, era la más frecuentada a todas horas del día y de la noche
«.

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Ultramarinos «El Colmado» (1920). La casa de comidas-tienda “Casa de Morán” debió de tener un aspecto similar.

«Se entraba por la portada de la esquina misma de la tienda flanqueada con largo mostrador de nogal bruñido y alta anaquelería abarrotada de vinos de marca embotellados. Enfrente, un viejo reloj alemán de ancho cartel coronado de figurillas ya inmóviles y sin música. Vetusta maquinaria contemporánea de Weber; sepultura de horas monótonas y de tocatas suaves, para siempre extinguidas…
Junto al reloj, dos jaulones con canarios y, pendiente del techo, invertida floresta de jamones y embutidos de fuerte aroma. Afuera, en el escaparate, las muestras del mejor pescado y mariscos llegados al mercado de Madrid (base fundamental de la fama del establecimiento), y las más sabrosas viandas de la cocina popular española.
Y dentro, vigilando el trajín de la casa, yendo y viniendo, recorriéndola toda pausado y flemático, el señor Morán, su dueño y alma.
Le recuerdo bien: sesentón melancólico, de breves frases amables, simpático y cortés. Sobre su cara inexpresiva, lucía enorme nariz enferma, que un amigo mío desaparecido, el doctor Vedruna, figura muy destacada entonces, y aún viva en la memoria de los antiguos socios del
Casino de Madrid, diagnosticaba a gritos, diariamente, entre sorbo y sorbo de macharnudo. El señor Morán, con las manos cruzadas en la espalda, ligéramente encorvado, permanecía en pie horas enteras en los momentos de mayor despacho, disimulando con sus caricias a la canariera la atenta observación del mostrador, en donde entraba el dinero a chorro continuo.
El señor Morán murió hace muchos años.»


general_pavia«Varia y multiforme fue su clientela, dividida en series durante el día, según las horas, y más abigarrada por la noche, desde la salida de los teatros hasta el alba. Pintoresco sumidero de todas las procedencias: damas, prostitutas y comediantes, políticos, toreros y grandes de España; borrachos, hampones y gente bien nacida.
La alta y baja bohemia madrileña cruzó los umbrales de la afamada taberna…
También en la “Casa de Morán” se ha conspirado mucho en los últimos años de la
Regencia.
En la tarde del 19 de septiembre (1886) se verificó allí la postrera entrevista de Villacampa, Casero, Prieto y otros, antes de ir cada cual a ocupar su puesto para la sublevación del cuartel de San Gil. Por cierto, que al salir a la calle, ya disperso el grupo, alguno hubo de cruzarse en la acera de Fornos con don Manuel Pavía, Capitán General de Madrid, que pocas horas más tarde, llamado precipitadamente durante la función de ópera, en el Teatro de la Alhambra, había de ponerse al frente de la guarnición para extinguir el fracasado pronunciamiento.»

Luís Paris (Madrid,  1931)
El Imparcial, Madrid domingo 3 de mayo de 1931 (Hemeroteca BNE)

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