Origen de las Mantequerías Leonesas en Madrid

En la segunda mitad del siglo XIX, apenas se consumía manteca en Madrid. Aunque no existen datos, el catálogo de la primera Exposición Agrícola celebrada en la capital, en 1857, resulta suficientemente revelador. Al lado de dos centenares de muestras de vino, lana, hortalizas, trigo, frutas y miel enviadas desde todas las provincias del país, únicamente había media docena de muestras de manteca; cuatro de manteca cocida, provenientes de Lugo, Orense y Mahón, y dos de manteca fresca, una de Liébana y otra elaborada a imitación de la de Flandes, presentada por un expositor de Orense.

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En un artículo anterior se citó a Mantequerías Leonesas, un comercio que en los años veinte del pasado siglo se encontraba en expansión y gozaba de gran prestigio entre los madrileños. En el articulo referido se hacía un recorrido por la Calle de Alcalá tratando de localizar un local en el número 27 y acabando por llegar al Café de Fornos.

mantequerias-leonesas1El paseo nos hacía detenernos en el número 21 de Alcalá, donde se encontraba la tienda central de Mantequerías Leonesas. Este local permanecería en el lugar hasta el derribo del edificio, aproximadamente en 1930. Posteriormente  la cadena abriría más centros en la capital hasta su ya conocido final, en 1995 en que suspendió pagos.

La lectura del artículo por parte de un amigo llamado Víctor del Reguero, hizo que nos comentase su interés por el asunto de las Mantequerías y de su presencia en Madrid. Es más, está preparando un libro cuya publicación se espera para el mes de Junio, en el que entre otros temas, nos aproxima a la fundación de este comercio leonés. Como quiera que el tema tiene  interés por tratarse de una cadena de comercios muy presente en la vida madrileña de los dos últimos tercios del siglo XX,  y dado su carácter inovador en un modelo de tienda de alimentación que estableció un determinado estilo de consumo -que aún hoy perdura-, he considerado oportuno dar luz a este pequeño apunte con la colaboración imprescindible de Victor, quien nos presta un capítulo de su trabajo titulado ‘Juan y Ventura Alvarado. La época que doró la manteca’, cuyo texto aquí se reproduce:

«LA LACEANIEGA, ‘MAGIE BEURRE’

En la segunda mitad del siglo XIX, apenas se consumía manteca en Madrid. Aunque no existen datos, el catálogo de la primera Exposición Agrícola celebrada en la capital, en 1857, resulta suficientemente revelador. Al lado de dos centenares de muestras de vino, lana, hortalizas, trigo, frutas y miel enviadas desde todas las provincias del país, únicamente había media docena de muestras de manteca; cuatro de manteca cocida, provenientes de Lugo, Orense y Mahón, y dos de manteca fresca, una de Liébana y otra elaborada a imitación de la de Flandes, presentada por un expositor de Orense.
Pero poco a poco el ambiente de aquella ciudad creciente sustituyó el chocolate convencional por la media tostada con café con leche, por lo que, ante la demanda, se crearían en pocos años fábricas de manteca en la franja norte de León, Asturias y Cantabria, siendo la excepción otra industria del ramo que pondría en funcionamiento el Marqués de la Romana en Extremadura. De idéntica forma, los quesos —hasta entonces importados de Suiza, Holanda y Francia— comenzaron a elaborarse en diversas provincias, diversificando un mercado hasta entonces enquistado en el queso duro de oveja del Maestrazgo de Calatrava, los típicos de La Mancha y Burgos o el de tetilla gallego.

marcelino-rubio-con-sus-hijos-cesar-y-rafael-cesar-izda-seria-continuador-del-negocioMarcelino Rubio con  sus hijos, César y Rafael.

Tal fue la demanda de manteca, en España y fuera de ella, que en los albores del siglo no fueron pocas las fábricas que tomaron como costumbre mezclar la manteca con la margarina para producir mayor cantidad. Varios congresos —los más destacados en París y Bruselas— se ocuparían de tomar medidas para evitar la adulteración de la manteca, con actuaciones en este sentido de varios gobiernos. España, país de la indolencia, de la desaprensión y del abandono administrativo como escribiera José Rivas Llanos, de Palacios del Sil, no lo haría, por lo que comenzaron a importarse a ésta las peores y menos puras mantecas de Europa. El diputado leonés Gumersindo de Azcárate ya había presentado un proyecto de ley en las Cortes respeto al tema —precisamente tras pedírselo Juan Alvarado—, con la petición de elaborar una ley que prohibiera la mezcla de manteca y margarina, pero sus intentos cayeron en saco roto. Las factorías españolas comenzarían así a mezclar también manteca con margarina, lo que acarreó no pocos problemas y un malestar en el público durante un tiempo, a pesar de que buena parte de la sociedad —las economías menos pudientes— lo vio también como una posibilidad de adquirir un producto que no estaba al alcance de cualquiera.

La renovación láctea que impulsaron los hermanos Alvarado fue aprovechada por numerosos mozos del país que, formados en sus aulas, decidieron dedicarse al negocio mantequero en aquellos años. Especialmente destacado entre los alumnos de la escuela fue Marcelino Rubio Rodríguez, natural de Villager de Laciana y fundador de la fábrica La Laceaniega. Rubio conseguiría, en la Exposición Universal e Internacional de Bruselas, en 1910, una medalla de oro para la manteca de su sello, dentro de la categoría de productos agrícolas alimentarios de origen animal. Artífice del éxito del joven empresario fue su hermano José Rubio —que falleció muy joven, en 1919—, más conocido como Pepe París por la admiración que profesaba hacia la capital francesa, a la que viajó en numerosas ocasiones, como lo hizo a Londres y Nueva York.
La fábrica de Villager de Laciana hacía las veces de cooperativa para todo el Valle y a ella llevaban la leche casi todos los ganaderos de los pueblos próximos, a los que La Laceaniega compraba el producto para elaborar con él su preciada manteca. Cada cliente tiene su número que figura en tarros de cristal y en los que se deposita una pequeña cantidad del sustancioso líquido —leche—, para más tarde abonar al vendedor el importe de su mercancía con arreglo a la calidad de manteca, que allí se busca con una exquisitez analítica de laboratorio, decía ‘El Templario’ en 1926.

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Exposición de Mantequerías, en un Congreso Agrícola en Madrid (1930)

La firma abrió su primer establecimiento en Madrid (La Laceaniega) en la calle Nicolás María Rivero —actual calle de Cedaceros— pero, en 1920, al ocupar sus locales el Banco de Vizcaya según una publicación de la época, Mantequerías Leonesas, que así se llamó desde entonces, se trasladó a la cercana calle Alcalá, instalándose en un amplio establecimiento, decorado con elegancia y buen gusto. Allí se vendía entonces la manteca que se elaboraba en Laciana, muy bien presentada, en cajas de hojalata de todas formas y tamaños. La firma alcanzaría pronto gran éxito y llegaría a tener más de treinta establecimientos en todo el país.
Afamada en su tiempo fue la
Leche Condensada Los Mellizos, fabricada en Villager de Laciana, posiblemente la primera de este tipo que se elaboró en España. El novedoso producto —que no era otra cosa que leche de vaca a la que se extraía el agua y se le agregaba azúcar, espesando y dulcificando el líquido— había sido inventado apenas cincuenta años antes, en 1856, por un norteamericano, que lo comercializó en aquel tiempo a través de la New York Condensed Milk Company. La guerra civil estadounidense extendería y daría fama a la leche condensada porque el gobierno pediría ingentes cantidades para las tropas y, gracias a la publicidad que alcanzó en aquel momento, llegaría a Suiza. Marcelino Rubio, en su fábrica de Villager de Laciana, ya comercializaba la Leche Condensada Los Mellizos en 1900 y decía de ella en los envases que se trataba de la marca más rica en crema, siendo indiscutible este hecho por ser de todos sabido que las leches de vaca de las montañas de León son las que poseen la máxima abundancia en crema. No sería hasta 1910 cuando se comenzaría a comercializar en la factoría de La Penilla —Cantabria— La Lechera, de Nestlé, que ha llegado a nuestros días. Pero para entonces, Los Mellizos ya era un alimento de insuperable valor, único en su género para la alimentación de los niños y para usos culinarios.
Un relato sobre las mantequerías del Valle no podría olvidarse de las lecherías que se instalaron casi todos los pueblos de la comarca para la producción de manteca en sistema cooperativo. Destacada fue
La Popular de Sosas de Laciana, cuya construcción fue realizada en 1917 y cuya actividad finalizó cuatro décadas después. Hoy se encuentra restaurada por el programa de Campos de Trabajo, al igual que la de la cooperativa La Armonía de Rabanal de Arriba. La Popular de Sosas de Laciana fue la única lechería hidráulica de España, utilizando como fuerza motriz el agua de un río cercano, llevada a través de una presa y aprovechando un desnivel, para mover el rodezno —rueda hidráulica— que transmitía, a través de un árbol de levas, la fuerza a las distintas máquinas.
Ingente trabajo e interesante historia que resumió
Víctor de la Serna a mediados del pasado siglo, al relatar cómo las mantequerías de Laciana, las más bonitas de la Península, eran esas donde te dejas hasta las pestañas para satisfacer esa manía (más que glotonería, te lo reconozco) de conocer todo lo que es exquisito, y por lo que vas a purgar una temporadita.»

Del libro ‘Juan y Ventura Alvarado. La época que doró la manteca
Víctor del Reguero. Piélago del Moro Ediciones.

Publicidad de Mantequerías Leonesas publicado en el diario El Sol en 1925.