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Archive for the ‘Oficios’ Category

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Fotógrafos con cámara, uno descubriendo el objetivo y el otro midiendo el tiempo de exposición (Foto: Máximino Reboredo, ca. 1890-1899).

Acudí a “Pano de fondo/ Paño de fondo”,  una exposición de fotografía de estudio hecha fuera del estudio, hace casi un año. Aunque me hubiera gustado hacer el comentario entonces, he esperado. La muestra era itinerante y las referencias a la misma eran constantes en función de cada nueva sede.

Aquella exposición, que pude ver en Ferrol, mostraba una colección de ímágenes, casi todas de aldeanos y comerciantes retratados frente a sus casas, delante de un telón de fondo, en referencia a los telones que los fotógrafos de aquellas épocas colocaban detrás de los retratados, con los que buscaban idealizar el contexto o simplemente “despegar” la figura del fondo indigno de un muro de patio. Desde humildes colchas a paños más elaborados con paisajes o interiores de pazos . El fotógrafo llevaba su estudio ambulante donde hiciera falta, pues ese era su oficio. Decía el tríptico de la exposición que ésta no pretendía ser “un catálogo de la fotografía de estudio realizada en en Galicia en este periodo”. Simplemente “intentaba acercar la fotografía, profundizando en ella a través de los muchos fotógrafos que participaron en su realización en la época”. Desde el estudio y fuera de él.

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Soldado. (Foto: Máximino Reboredo, ca. 1890-1899).

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Familia delante de su casa (Foto: José Domínguez, ca. 1920)

Mujer

Mujer con un paño de fondo que simula una calle de ciudad. (Foto: J. Pacheco, 1890-1910)

En esta exposición itinerante propuesta por Novacaixagalicia, que ha estado más de tres años -dese 2010- recorriendo Galicia, el acercamiento a la fotografía de estudio se componía de dos partes bien diferenciadas, una formada por copias realizadas entre 1880 y 1960 y firmadas por sus autores en el momento; y otra compuesta por copias actuales obtenidas a partir de los negativos originales de la época.

A través de las fotos de la exposición han aflorado los recuerdos y la memoria colectiva se recupera. “Pano de fondo/ Paño de fondo” recogía cerca de 100 imágenes que acercaban al visitante a la fotografía de estudio -aunque en el espacio propio del fotografiado-, tratando de ahondar en ella y en sus aspectos técnicos y sociológicos. Sin la especial intención de ser un catálogo exhaustivo de los retratistas de la época, la muestra hacía primar la imagen sobre el objeto, ya que la imagen es la que soporta la historia, la que siempre deja constancia de la memoria de una época.369601_oboi-rvanye_starye-oboi_tekstura_carapiny_vektor_3289x2166_copia

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Se dice en el texto que ayudaba a entender mejor la exposición,  que en el amplio periodo que iba de 1880 a 1960 se reprodujeron modelos preestablecidos para la ocasión influidos por las tendencias que publicitaban las  revistas de moda y que los fotógrafos se adaptaban a las necesidades-exigencias de la sociedad de la época. En las fotografías era normal que se e retocasen a lápiz las facciones a resaltar y las poses recalcaban el carácter particular para el cual se requería la imagen. Con el paso del tiempo la fotografía sirvió para marcar la evidencia de las diferencias sociales, que también se remarcaba según las fotografías fueran o no de estudio, según el “paño de fondo”  usado y según el retoque a lápiz realizado por el fotógrafo. Y, ya en las ciudades, también importaba el prestigio del fotógrafo.

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Tres militares, ca. 1890-1899 y hombre con zapatos bicolores, ca. 1980-1899. (Foto: Máximo Reboredo).

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Dos niños de la burguesía posando delante del paño de fondo en el estudio. (Foto: J. Pacheco, 1890)

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Muchacha de aldea (Foto:  José Vidal, en 1930).

En general, las fotografías tenían un carácter iniciático o lúdico. Podían retratar bautizos, primeras comuniones y matrimonios. También, en las clases modestas, EL ingreso en algún tipo de institución, religiosa o militar, o las partidas a la emigración. Igualmente, se contrataba al fotógrafo para dejar constancia de alguna celebración extraordinaria de carácter ritual como romerías o fiestas locales, en cuyo caso el “telón de fondo” se situaba en la puerta de las casas o en las huertas, llevando el estudio a la casa del cliente.

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Familia numerosa posando delante de su casa, en el pueblo. (Foto: José Vidal,  1930).

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Familia en el patio de su casa. (Foto de Pedro Brey, ca. 1910).

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Familia posando en el estudio del totógrafo.

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Obras de la Presa del Pontón de la Oliva. Fotografía incluida en el álbum Vistas de la presa y demás obras del Canal de Isabel II de Charles Clifford (1819-1863), publicado en 1858 (BNE).

Hasta principios del siglo XVII, Madrid, a pesar del rio Manzanares, siempre de escasas aguas,  y de algún que otro arroyuelo, se bastaba para abastecer de agua potable a su población.  Cuando Felipe II decidió instalar la Corte en la Villa y convertirla en capital del reino en 1561, la ciudad  no llegaba a las 15.000 almas.  Traspasado el siglo XVII ya eran más de 48.000, y la creciente demanda de agua obligaba a realizar constantes búsquedas de reservas. Por aquel entonces, el sistema habitual de abastecimiento era la excavación de pozos para acceder a las aguas freáticas del subsuelo y la utilización de los manantiales cercanos. Su distribución o traída hasta las fuentes públicas se hacía por medio de viajes, de reminiscencias musulmanas, que consistían en canales de fábrica (de ladrillo o piedra) soterrados.

En 1850 Madrid todavía se surtía de agua por medio de estos viajes. El crecimiento de la población y la limitada eficacia del sistema, sumado a los pocos aportes de agua con que contaba la ciudad, especialmente durante el estío, hicieron urgente la necesidad de encontrar soluciones eficientes.

A mediados del siglo XIX, la capital contaba con 77  fuentes públicas con 128 caños. Estas eran utilizadas por la población y por 950 aguadores que repartían al día 663,50 “reales fontaneros” de dotación, medida de la época que equivaldría a 2.151 m³. El “real fontanero” equivalía a 3.245 litros en 24 horas, es decir 135 litros a la hora o cien cubas diarias aproximadamente.

Aunque hubo diferentes proyectos para abastecer de agua a Madrid desde mediados del siglo XVIII, no sería hasta 1848 cuando se aprobase un proyecto provisional de abastecimiento con aguas del río Lozoya. Finalmente, en 1851, Bravo Murillo presentó en las Cortes el proyecto de los ingenieros de caminos Juan Rafo y Juan de Ribera para la traída de las aguas a Madrid del río Lozoya. (Ver: Canal de Isabel II en Wikipedia)

Presa del Pontón de la Oliva durante su construcción en 1853.

Preparativos

La elección del lugar para construir la presa y el trazado de la conducción de las aguas estaba condicionada por la distancia y el caudal a transportar. Teniendo en cuenta que era necesario mantener un mínimo de pendiente para que el agua llegase desde el embalse a Madrid hubo que proceder a la nivelación geodésica entre ambos puntos. El lugar elegido en el Pontón de la Oliva pareció lo suficientemente elevado para realizar las conducciones con éxito. Los ingenieros Juan Rafo y Juan Rivera pudieron constatar que entre el Pontón de la Oliva y la Puerta de santa Bárbara, donde se ubicaría la estación de recepción de las aguas, había una diferencia de nivel de 95 pies (26,46 metros). Según publicaba El Museo Universal, después de hechos los estudios, la cuenca del Lozoya, por su proximidad a Madrid y por su capacidad,  hacía del Pontón la ubicación más conveniente.

El presupuesto del Gobierno para la construcción del canal marcaba como mínimo la conducción de 10 reales fontaneros de agua (0,38 m³/sg.), y en vista de la posibilidad de aumentarlo hasta 60 reales fontaneros (2,25 m³/sg.) se supeditaron las dimensiones del canal a dicho volumen. (El Museo Universal, 30/06/1858, págs. 91-92)

Presupuestos y financiación

En relación a la financiación, los presupuestos realizados por los ingenieros calculaban un desembolso de entre sesenta u ochenta millones de reales para la conducción y distribución del agua. Veinticinco serían para la distribución; siete y medio para los acueductos; ocho para la construcción de las minas y la presa; dos y medio para el depósito en Madrid; y el resto para indemnizaciones, imprevistos, y gastos de administración y dirección de las obras.
Para hacer frente a la inversión del Canal de Isabel II se optó por el método de suscripción pública, que se rentabilizaría en forma de dividendos o bien en cuotas de consumo de agua según el capital aportado.
Para romper la desconfianza la Reina Isabel II hizo una primera aportación suscribiendo cuatro millones de reales, a los que hubo de sumar casi dos más de los restantes miembros de la familia real. El Gobierno aportó dos más y el Ayuntamiento dieciséis.

El 13 de septiembre 1851, hablando de la traida de aguas a Madrid, Mesonero Romanos se quejaba en La Ilustración de la falta de suscriptores al proyecto, lo que impedía incrementar el capital para acometer la obra. Desde que esta suscripción se abrió al público, las aportaciones mencionadas, más otras 103 de grandes capitalistas, aristócratas e inversores anónimos, transcurrido un mes, no habían aumentado en más de un millón de reales los ya conseguidos de treinta y cuatro. (La Ilustración nº 35. Madrid, 1851)

Inicio de las obras de la Presa del Pontón de la Oliva. Fotografía incluida en el álbum Vistas de la presa y demás obras del Canal de Isabel II de Charles Clifford (1819-1863), publicado en 1858 (BNE).

Inicio de las obras

Durante el último trimestre de 1851 se fueron ultimando los estudios sobre el trazado de las conducciones, mientras se realizaban las obras previas para preparar los caminos para el acarreo, acopio de materiales y la construcción de los edificios que servirían de alojamiento para los obreros. Hasta febrero de 1852 no comenzarían las primeras excavaciones.

Caserna presidio del Ponton de la Oliva. Había mil quinientos presidiarios trabajando en la obra. (Foto: Charles Clifford, 1853. Fondo BNE)

“El mayor contingente de operarios estaba constituido por mil quinientos presidiarios. Lucio del Valle, uno de los cinco ingenieros de las secciones y que en 1855 se haría cargo de la dirección de las obras, ya había utilizado reclusos en el tajo de la carretera de Cabrillas, desde donde fueron trasladados al Pontón de la Oliva”.
“Tras obtener la autorización del Gobierno para la utilización de los reclusos, el presidio se dividió en cuatro especialidades: taller de herrería, para trabajos relacionados con las herramientas y accesorios de hierro; taller de carpintería, para los utensilios fabricados con madera; taller de espartería y cestería, para la elaboración de espuertas, cuerdas, cestos de mimbre, aguaderas…; taller de guarnicionería y albardería, para la realización y reparación de arreos y atalajes para el material de transporte”. (Saraiva,  Tiago. Ciencia y Ciudad. Madrid y Lisboa, 1851-1900. Ayuntamiento de Madrid, 2005. Págs. 106-108)

“Las herramientas y utensilios empleados en la construcción del canal eran los mismos que servían tradicionalmente a canteros, albañiles, zapadores o peones: legonas de pala y gancho, zapapicos de cantera, martillo, , fijas, palaustres, martinillas, macetas y trinchantes de cantero, zaranda de hierro, serretones, cadenas de compuerta, maromas de esparto, madejas de tomiza y de filete, tiros y apretadores de cáñamo, ovillos y madejas de bramante, albardas, cinchas, ataharres, yugo, frontales, serones, esportones, cubierta de albarda, aguaderas, criba de esparto, espuertas hoceras y terreras, cabo de pleita, barriles, atalaje completo para carros, sarrieta y cerraduras, etc.” ( Texto: Saraiva,  Tiago. Ciencia y Ciudad. Madrid y Lisboa, 1851-1900. Grabado: Arte de albañilería. Juan de Villanueva. Edición  Pedro Zengotita Vengoa. Madrid 1866.)

Colocación de la primera piedra

“El 11 del mes corriente a las tres y media de la tarde S. M. El Rey, en representación de nuestra querida Reina, salió de su Real Palacio con dirección del Pontón de la Oliva, acompañado de varios señores ministros y altos personajes de su real servidumbre. Pocos días antes el camino de Madrid a Torrelaguna, que dista de la corte nueve leguas, se hallaba en tan mal estado que no podía pasarse sin peligro del carruaje por muchos parajes. Y el de Torrelaguna al Pontón de la Oliva, que se halla a dos leguas cortas de distancia de esta última villa, no era transitable en coche más que en un reducido espacio, y esto con bastante incomodidad.
Pués bien, merced a la actividad de los Directores e Ingenieros de la obra del canal de Isabel II, S. M. El Rey pudo correr las once leguas en menos de cinco horas, y solo tuvo que apearse medio cuarto de hora antes de llegar al Pontón de la Oliva“.

Al llegar S. M., una música militar tocó la marcha real y se oyeron al mismo tiempo disparos de barrenos para arrancar piedra que imitaban perfectamente el ruido de los cañonazos.
Se procedió en seguida al acto solemne de la colocación de la primera piedra de donde han de derivarse las aguas del canal de Isabel II“.
El acta original de la ceremonia comenzaba así: “En el Pontón de la Oliva, distrito municipal de Uceda, partido judicial de Tamajón, provincia de Guadalajara, en nombre de S. M. La Reina de España Doña Isabel II, S. M. El Rey, su augusto Esposo, colocó la primera piedra de la presa, de donde ha de derivarse el canal que debe abastecer de aguas potables y de riego a Madrid y sus cercanías…”  (La Ilustración nº 35.  30/08/1851)

Acto de colocación de la primera piedra en el Pontón de la Oliva. Once leguas (70 kilómetros) separaban el Palacio Real de Madrid del Pontón de la Oliva en tierras de Torrelaguna. Por un despejado y bien dispuesto camino, el rey consorte, Francisco de Asís de Borbón, las recorría el 11 de agosto de 1851 para asistir a la colocación de la primera piedra de las obras del futuro Canal de Isabel II que llevaría el agua corriente a la capital. Como exigía el protocolo para tan histórico acto, el presidente del Consejo de Ministros, Bravo Murillo, entrego al rey un cofre, a modo de cápsula del tiempo, en el que se introdujeron un ejemplar de la Constitución y varias monedas de oro, plata y cobre, que después este enterró en el lugar elegido.  “Allí, donde pocos días antes no se veían más que rocas escarpadas en un terreno árido, donde había reinado un profundo silencio, a no escucharse la crriente del río, se veía ese día un lugar de placer, porque por una parte la munificencia de S. M. El Rey había dispuesto que a sus expensas se pusiesen cómodas y vistosas tiendas de campaña, y por otra un gentío inmenso quitaba de todo punto a aquel sitio el triste y severo aspecto que antes presentaba”(La Ilustración nº 35.  30/08/1851)

Filtraciones

Sin embargo, las características del emplazamiento, que inicialmente se valoraron como idóneas, acabaron por mostrarse incompatibles para su función de retener el agua de la presa debido a continuas filtraciones.
Ya en 1855, con las obras prácticamente acabadas, para intentar poner remedio a este grave imprevisto, el consejo de administración del Canal decidió nombrar al ingeniero Lucio del Valle responsable de la dirección técnica de las obras.

Puesto manos a la obra, del Valle acometió una serie de intervenciones encaminadas a obstruir los orificios de entrada y las grietas del vaso de la presa por donde escapaba el agua. Se emplearon miles de sacos de arcilla depositados en la base, que quedarían mezclados con guijarros, arena y cantos rodados arrastrados por el propio rio. Aunque en un primer momento las pérdidas disminuyeron, el remedio se reveló insuficiente.

Presa del Pontón de la Oliva. Fotografía incluida en el álbum Vistas de la presa y demás obras del Canal de Isabel II de Charles Clifford (1819-1863), publicado en 1858 (BNE).

Como se había observado que las filtraciones se producían por diferentes puntos del suelo de la presa y que la salida del agua siempre se presentaba en la misma zona, a la derecha del cauce del río, la siguiente idea de Lucio del Valle fue intentar obstruir la salida del agua. Para acometer esta tarea  fue necesario desaguar la presa con la construcción de una zanja, primero, y de una mina de desagüe más grande, después. A través de galerías realizadas partiendo de las estrechas grietas que se encontraron, los obreros accedieron a taponar con mortero hidráulico todas las fisuras que detectaban. Así hasta toparse con un enorme agujero por el que se perdía una gran masa de agua. Se intentó taponar y se consiguió en parte, aunque el resultado acabó finalmente en fracaso, pues las filtraciones continuaban y el agua siempre acababa por encontrar una salida.

Presa del Pontón de la Oliva. Fotografía incluida en el álbum Vistas de la presa y demás obras del Canal de Isabel II de Charles Clifford (1819-1863), publicado en 1858 (BNE).

Polémicas

La polémica surgió entonces de la mano del ingeniero de minas y geólogo  Casiano de Prado, el cual desde el principio de la obra, en un informe elaborado en 1851 a petición de Bravo Murillo, criticó el emplazamiento de la presa.  Casiano de Prado informaba de las características del terreno sobre el que se iba a construir el embalse describiéndolo como formado de “calizas cavernosas atravesadas por conductos irregulares” que podrían dar lugar a filtraciones abundantes. Más adelante también criticaría el procedimiento utilizado para evitarlas.

Presa del Pontón de la Oliva. Fotografía incluida en el álbum Vistas de la presa y demás obras del Canal de Isabel II de Charles Clifford (1819-1863), publicado en 1858 (BNE).

Casiano de Prado como estudioso de la geología madrileña era conocedor del lugar y sabía de la existencia de numerosas cavidades cavernosas en los alrededores. De hecho, en 1864 en su Descripción física y geológica de la provincia de Madrid recogería la presencia en el lugar de una importante cueva que se dio en llamar del  “Reguerillo” o del “Requesillo”,  y que en la actualidad está considerada como el ejemplo más notable de fenómenos kársticos en la Comunidad de Madrid. Por tanto, parece lógico pensar que en 1851, cuando hace el informe sobre el terreno, ya tuviera noticía de la misma.

Lamentablemente el proyecto, que había costado ciento veintisiete millones de reales en lugar de los ochentamil previstos, estaba ya acabado y el problema de la inutilidad de la presa del Pontón era más que evidente. Esta circunstancia sirvió al geólogo de Prado para hacer valer la importancia de su especialidad que, por tener poca historia, todavía no había sido suficientemente reconocida, abogando por la necesaria interdisciplinariedad en la ejecución de las obras públicas, hasta entonces prácticamente solo en manos de los ingenieros de caminos.

Solemne inauguración

No obstante las esperadas contingencias ligadas a la presa, pero siempre con el apoyo incondicional de la prensa y de la sociedad madrileña, el 24 de junio de 1858 quedaba inaugurado el primer sistema de conducción de aguas del Canal de Isabel II, Pontón de la Oliva incluido. Al acto solemne desarrollado en las instalaciones del primer depósito asistieron la reina Isabel II , el Consejo de Ministros en pleno y, como publicaba El Museo Universal, el pueblo de Madrid que recibió entusiasta, apiñado en el Campo de Guardias (en torno a la actual calle de Bravo Murillo), y compartiendo con alegría la solemnidad del momento, la llegada a la ciudad de las aguas del rio Lozoya . (El Museo Universal. 15/07/1858, pág. 100)

Acto solemne con motivo de la inauguración del Canal de Isabel II en el Campo de Guardias, en las instalaciones del primer depósito. En la imagen la reina Isabel II junto a Lucio del Valle. (Grabado: El Museo Universal. 15/07/1858)

Finalmente y dado que las filtraciones se mantenían y las pérdidas en la presa eran importantes, en 1860 el canal se prolongó aguas arriba hasta alcanzar el nivel del río y se construyó la presa de Navarejos, para captar las aguas en las épocas de estiaje cuando el nivel del Pontón de la Oliva descendía por las filtraciones. En 1882 la presa del Pontón de la Oliva fue sustituida definitivamente por el embalse de El Villar, a 22 kilómetros. (Ver Pontón de la Oliva en Wikipedia)

Imagen actual de la presa del Pontón de la Oliva. A lo alto el cerro de la Oliva. Puede observarse en la foto  que la presa  esta embalsando agua y que parte escapa por los aliviaderos. No es algo que suceda habitualmente, ya que el rio Lozoya está regulado aguas arriba principalmente por los embalses  de El Villar y de El Atazar. Sin embargo, en épocas lluviosas, con inviernos y primaveras muy húmedas, estos embalses sueltan tanta agua que la presa del Pontón puede llegar a retener gran cantidad  e incluso llegar a rebosar. (Foto: Wikipedia)

Referencias.-

Saraiva Tiago
Ciencia y Ciudad. Madrid y Lisboa, 1851-1900
Ayuntamiento de Madrid, 2005

Bonet Correa, Antonio
Madrid y el Canal de Isabel II
Revista de Obras Públicas
2001 / Número 3414: Homenaje al Canal de Isabel II

Valle Arana, Lucio del
Memoria sobre el coste de las obras del Canal de Isabel II
Revista de Obras Públicas nº 14-14, 1857

Valle Arana, Lucio del
Memoria sobre las filtraciones del Lozoya, cerca del Pontón de la Oliva, y medios empleados para cortarlas.
Imprenta José Cosme de la Peña. Madrid, 1857

La Ilustración nº 32, 35, 37 (Años 1851 y 1858)
Inauguración del Canal de Isabel II , pág. 1
Traida de aguas a Madrid I y II

Museo Universal nº 12 y 13 (Año 1858)
Traida de aguas a Madrid I y II

Giménez Bajo, Oscar
Las obras del Canal de Isabell II en Torrelaguna y su comarca PDF

Revista de Obras Públicas
2001 / Número 3414: Homenaje al Canal de Isabel II (Monográfico)

Ortiz, Isidoro
Cuevas y simas de la zona centro
I.O. Madrid, 1997

VV.AA.
Mundo Subterráneo
ENRESA
Madrid, 1994

VV.AA.
Génesis y edad del Cerro de la Oliva y la cueva del Reguerillo (Torrelaguna-Madrid) PDF

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Hace unos días estuve con mi hija de seis años en el Museo de Ciencias Naturales de Madrid (MNCN). Hacía mucho tiempo que no pasaba por alli. Cuando era pequeño, desde finales de los sesenta en adelante,  iba con mi padre al menos una vez al año.  También fui un par de veces con el colegio, que estaba muy cerca  -bajábamos andando-. Luego, ya siendo mayor,  iba solo. Es decir que para mí este museo, que ha formado parte de mi infancia, ha estado siempre muy presente. Y aunque luego mi devenir académico y  profesional, es decir lo que me ha ido dando de comer, se haya encaminado hacia asuntos bien distintos, menos “naturales”,  mis  intereses siguen siendo los mismos que hacían que en la infancia me atrajese tanto este lugar.

El Museo de Ciencias Naturales de aquella época que recuerdo, y que ya empieza a parecerme lejana, es el de un espacio gigantesco y misterioso repleto de vitrinas en las que se exponían cientos de animales disecados, esqueletos reconstruidos, réptiles y anfibios decolorados conservados en formol dentro de frascos de cristal, colecciones de mariposas e insectos de todos los tamaños atravesados con alfileres, fósiles y  minerales guardados en cajas con divisiones para cada pieza, láminas con grabados de plantas y muchas más cosas que voy recordando a raiz de esta última visita y de las fotos de la época. Aquello era un auténtico maremágnum de  Botánica, Mineralogía y Zoología hasta el punto de abrumar, más aún ante los ojos de un niño.

Los hermanos Benedito acertaban a dar movimiento y vida a sus aves y mamíferos naturalizados; los disponían, en un entorno admirablemente reproducido del natural dentro de la vitrina y, a menudo,  en grupos con un sentido singular del comportamiento biológico y a la vez de la composición en obras de arte. Se ayudaban para ello con fotografías tomadas en la naturaleza. (MNCN)

Algunas de las vitrinas de madera y cristal de gran tamaño contenían  reproducciones de  los ecosistemas en los que vivían los animales disecados y naturalizados en este nuevo medio artificial y casi artístico. La “dermoplastia”  fue la técnica más avanzada  utilizada por los taxidermistas de este periodo del siglo XX.  Modelaban al animal en escayola en alguna postura natural y luego le adherian la piel y  le añadían  los ojos. Los detalles finales conseguían que la escena a representar resultase lo más real posible. De ahí que estas reproducciones y las técnicas de disecado y taxidermia se puedan considerar un arte.

Una vitrina de cristal con animales naturalizados recreando una escena en la Naturaleza. Detrás el elefante malayo que fue regalado a Carlos III y se naturalizó entre los años 1777-78.

El mismo elefante asiático de la foto anterior. Este animal llegó a Madrid en 1773, regalo del gobernador de Filipinas al rey Carlos III. Embarcado vivo desde Manila, viajó por mar hasta Cádiz. De allí a pie hasta el Real Sitio de San Ildefonso pasando en su itinerario por Córdoba, Valdepeñas, Ocaña, Aranjuez, Carabanchel  y  Aravaca, a razón de tres leguas castellanas por jornada que sumaron 42 días de viaje. De San Ildefonso lo trasladaron a El Escorial y de allí a Aranjuez, donde  llegó a primeros de  noviembre. En aquel lugar tuvo su residencia definitiva en la “Casa de Vacas”, en un corral para él acondicionado. Seguramente por lo inapropiado de los cuidados, el clima y la alimentación, el elefante murió el 17 de noviembre de 1777. Y queriendo Carlos III que se le disacase, se solicitó al naturalista  Juan Bautista Bru que dispusiera lo necesario para emprender el trabajo de disección y conservación del animal cuanto antes. Entre el 21 de noviembre de 1777 y el 28 de febrero de 1778, Bru trabajó con los restos del animal que dejó listos para su exposición en el Real Gabinete de Historia Natural, que había sido inaugurado en 1776. El coste total de la desecación del elefante asiático ascendió a   14.137 reales con 20 maravedís.

(FUENTE: Sánchez Espinosa, Gabriel. Un episodio en la percepción cultural dieciochesca de lo exótico: La llegada del elefante a Madrid en 1773. Goya 295-296 (2003), págs. 269-286.)

De los recuerdos del museo, tal vez los tres más importantes hayan sido los troncos de árbol fosilizados que se encontraban dentro del edificio, junto al despacho de billetes; el esqueleto del diplodocus, de color negro -era una reproducción en escayola y pintada del original encontrado en Wyoming  y regalado en 1913 al museo-, enorme y tremendo, dominando gran parte del espacio; y el elefante africano, también magnífico y sobre todo mucho más sorprendente que aterrador, especialmente  por lo que tenía de real, de elefante vivo.

Ahora que he regresado al museo con mi hija, después de tanto tiempo, he vuelto a ver el elefante africano y lo he recordado, aunque la imagen que tenía de él ya empezaba a distorsionarse. Lo hacía mucho más grande. Y también más vivo.  Tampoco recordaba donde estaba situado. En realidad el museo ha cambiado tanto con la reforma de 1985, que por muy familiar que fuese  resulta complicado reconocer la disposición original.  El caso es que después del tiempo pasado un prurito por conocer la historia del elefante que tantas veces ví siendo niño me lleva a elaborar esta nostálgica entrada en el blog. Y ahora voy a contar algunas cosas acerca del Museo y del elefante africano.

Fotografía del Palacio de la Industria y de las Artes, publicada el 22 de mayo de 1887 en el número XIX de la Ilustración Española y americana, en un reportaje sobre la Exposición Nacional de Bellas Artes.

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MNCN, azulejos cerámicos a la entrada del museo (Foto: Enrique F. Rojo, 2011)

El edifico y el Museo

Empezaremos por el Museo y por el proyecto del edificio. El edificio se inició en 1881 a cargo del arquitecto Fernando de la Torriente para albergar la  Exposición Nacional de Bellas Artes que tendría lugar en 1887.  Su fallecimiento en 1886 dejó a cargo de las obras a su colaborador Emilio Boix Merino, que las concluyó en la fecha concertada.
No obstante, su constructor, Federico Villalba, cedió desde el inicio de los trabajos los derechos de la empresa a la
Sociedad Anónima Internacional de Construcción y Contratas Públicas de Braine le Comte, de Bélgica, razón por la que algunos materiales, como apoyos, cúpula y cubiertas, fueron traidos de aquel país.

El edificio, nacido como Palacio de la Industria y las Artes,  tiene estructura de hierro, con columnas de fundición, pisos de viguetas metálicas y armaduras de cubierta de sistema Polonceau. Los cerramientos y paramentos de fachada son de ladrillo, con interesantes juegos geométricos en las líneas horizontales de imposta y especialmente en las cornisas. También estaba ornamentado con cerámicas, hoy casi desaparecidas.

Palacio de la Industria de las Artes, 1887. (MNCN y ETSII)

El 21 de mayo de 1887 fue inaugurada la primera Exposición Nacional de Bellas Artes por la reina regente, Maria Cristina. En esta fecha las ventanas fueron cegadas en parte, para evitar que la iluminación cenital dañara las pinturas expuestas. La última Exposición Nacional de Bellas Artes se celebró en 1899. A partir de 1903 el edificio pasó por una etapa de abandono hasta los traslados de la sección de Entomología del Museo (1906) y en 1907 de la Escuela de Ingenieros Industriales. El entonces director del Museo, Ignacio Bolívar y Urrutia, consiguió del Ministerio de Instrucción Pública la concesión de un nuevo local para las colecciones del Museo, que se amontonaban en los locales del Palacio de Biblioteca y Museos Nacionales.

Las obras de adaptación para el Museo de Ciencias Naturales se realizaron entre 1909 y 1910, que fue instalado en la fachada norte, el a la izquierda de la fachada principal y el ala derecha de la posterior. Durante un tiempo coexistieron con el Museo y la Escuela de Ingenieros otros organismos: El Museo del Traje, el Cuartel de la Guardia Civil y el Instituto Torres Quevedo. (MNCN, El museo)

“Luís Benedito aplicó las novedosas técnicas de taxidermia aprendidas en Alemania que consistían en el uso de jabones arsenicales, entre otros productos, para impedir que las pieles se apolillasen; la naturalización de los animales siguiendo un proceso denominado Dermoplastia, basad en la elaboración de una escultura del animal a tamaño natural, en pasta de turba y escayola sobre la que se adhería más tarde la piel humedecida sujetándola firmemente con alfileres.- Uso ojos de cristal de gran calidad que ofrecían a las piezas mayor realismo y rigor científico.
También  estudió la producción artística de los principales escultores, especialmente de los animalistas. Dotó a sus obras de una gran carga realista en los movimientos y especialmente en las anatomías. Captó en ellas las proporciones exactas, posturas reales y movimientos de los propios animales vivos, producto igualmente del estudio directo de los animales en el campo.
Aunque fundamentalmente hay que destacar la capacidad de dotarles de la expresión propia de cada especie e incluso de cada individuo”.(MNCN)


Alzados del Palacio de la Industria y las Artes, de Fernado de la Torriente y Emilio Boix (1887).


El elefante africano

En principio, el elefante (Loxodonta Africana) que se encuentra en el vestíbulo, justo a la entrada del museo,  fue donado por Jacobo Stuart y Falcó, duque de Berwick y de Alba, padre de la actual duquesa y patrono del Museo,  trás una expedición africana.  El animal fue abatido en  Stern Jack, Nilo Blanco, Sudán, el 22 de marzo de 1913.
En realidad, al elefante, una vez muerto, le arrancaron  los colmillos, que pasaron a engrosar la colección particular de trofeos del duque, y se le quitó la piel que luego se donó  al Museo de Ciencias Naturales. Previamente, los guías y ojeadores del safari clavaron sus lanzas en el animal muerto, que según se cuenta es la costumbre de estas gentes y el cuero del elefante quedó agujereado y rasgado en numerosas zonas.
Así, la piel mal cortada y en piezas fue enfardada y embarcó para España con destino al Museo. Ahí permanecieron los más de 600 kilos de la piel del paquidermo, arrinconados en los sótanos del edificio. El fardo se desenvolvió el 5 de noviembre de 1923 y nadie quiso o supo hacer  nada con él.  Por aquella época Luis Benedito acababa de tomar posesión de su cargo como Escultor Taxidermista del Museo y a él se le encargó la tarea de darle forma de elefante al fardo de piel reseca y cuarteada con el que se encontró. Benedito acababa de llegar de Alemania en donde se encontraba becado por la Junta para Ampliación de Estudios para ampliar conocimientos y aprender la nueva técnica de “dermoplastia” con el afamado especialista del Instituto de Zoología de la Universidad de Leipzig, Herman H. Ter Meer.

Benedito  construyó un armazón de 3.450 Kg utilizando madera, malla  metálica, escayola , un trozo de cráneo del elefante y ojos de cristal. Finalmete recubriría todo con la piel ya curtida y encolada que fue ajustando cuidadosamente, sujetándola con 77.000 alfileres hasta que la cola secase.

Así que  Luís Benedito se puso manos a la obra y puesto que en el museo no había espacio para acometer la empresa,  comenzó por trasladarse al Jardín Botánico con la  piel y con un nutrido equipo de ayudantes. Se cuenta que en algún momento fueron necesarios diez hombres para transportar la  pesada piel, que extendida medía 37 m2,  y se hizo preciso solicitar un medio de transporte adecuado a la carga.

Una vez en el Jardín Botánico se construyó una piscina de fábrica de ladrillo de 7,35 m2 (2.26 x 3.28) para curtir y flexibilizar la piel con sal (1.104 kg) y alumbre (600 kg). Durante este proceso, que duró dos meses,  se estaba levantando en el Jardín una segunda planta sobre la estufa fría principal. El montaje del elefante se iba a realizar en esta nueva dependencia, pero las propias obras y su retraso, acabaron por dificultar las labores de curtido que necesitaban mucho espacio para los 37 m2 que ocupaba la piel extendida en su secado.

El duque de Alba tenía gran interés en ver finalizada la obra para la cual había cedido la piel del elefante y Benedito se encontró con que a parte de ésta no disponía de referencia alguna acerca del animal. Es decir, desconocía su estructura, tamaño, morfología. Ni tan siquiera disponía el museo de un esqueleto de elefante entre sus fondos. Y es que Benedito no había visto un elefante en su vida. Como toda ayuda unas fotos del animal abatido en la cacería africana, la medida de los colmillos y un trozo de cráneo del animal proporcionados por el duque.  También se tuvo que documentar detalladamente para averiguar las proporciones del elefante y consultar a su maestro Ter Meer, que le envío unos dibujos del esqueleto de un elefante africano hembra procedentes del Instituto Groloph de Leizpig, los modelos reducidos de una pelvis y un cráneo del mismo instituto científico, el libro Scalking Big Game with Camera de Marius Monpwell, o las numerosas  fotografías de escasa calidad procedentes de recortes de periódico extranjeros que Benedito fue coleccionando y que aún se conservan en el museo.

Traslado del elefante africano “naturalizado” desde el Real Jardín Botánico hasta el Museo de Ciencias Naturales por el Paseo de la Castellana, en 1932. La estructura de madera con ruedas fue arrastrada por un camión. Esa misma estructura sigue portando al gigante y se puede ver junto con este en el Museo.

Cuando por fin acabaron las obras del Jardín Botánico, los trabajos de Benedito se agilizaron y se comenzó a diseñar la estructura que debía soportar la masa desde el interior,  elaborando una maqueta a escala del aspecto final deseado.  Esta maqueta  le  sirvió a Benedito de modelo para guiarse en la consecución  del diseño definitivo, tantas veces ensayado con patrones articulados de cartón a tamaño natural y bocetos escultóricos de diferentes dimensiones en bronce, piedra, barro, cerámica y terracota, o en la talla de la cabeza, trabajada independientemente.

Una vez llegado a algunas conclusiones consideradas válidas, Benedito  construyó un armazón de 3.450 kg utilizando madera, malla metálica, escayola, el trozo de cráneo del elefante y unos ojos de cristal. A continuación,  modelada en escayola a tamaño natural la figura del elefante, se recubriría por completo con la piel ya curtida y preparada para ser encolada,  ajustando cuidadósamente cada pieza, pliegues y arrugas,  y  sujetándola con  alfileres  ( 77.000) hasta que la cola secara por completo.

Por fin, en  abril de 1928, la figura quedó lista para que la piel se colocase. Después solo haría falta que las colas y resinas endureciesen, dar algunos retoques  finales y ya sería posible  su traslado al Museo  para su exposición. En la primavera de 1932 el elefante africano hacía su último viaje por el Paseo de Recoletos y por la Castellana con destino a los Altos del Hipódromo ante la atónita mirada de los transeuntes, esta vez ya como el elefante que había sido.  El coste total de la naturalización fue de 9.834 pesetas. (Ver VIDEO naturalización y montaje)

El elefante africano en la entrada del MNCN de Madrid fotografiado en 2011 y virado en sepia, desde un de los corredores de la planta primera del museo.  (Foto: Enrique F. Rojo, 2011)

“Este fue el mayor de los elefantes disecados que se conocían hasta la fecha. Pero a pesar del increíble resultado final y de la perfección de la obra acabada, se cometió un pequeño gran error… Inspirado en los órganos genitales del caballo, el taxidermista ignoró que los de los elefantes son internos y no quedan a la vista. Desde entonces, con esta tara de renacimiento, su elefante ha venido presidiendo cuantas muestras y exposiciones se han realizado allí, por ajenas que fueran a él y a su singular singladura, logrando finalmente haber dado muerte a su misma muerte”. (Ver Loxodonta AfricanaRicardo S. Lampreave -2010)

Referencias.-

S. Lampreave, Ricardo (2010)
Loxodonta Africana

Velasco Pérez, M. Carmen (2007)
Un elefante pasea por Madrid.
Historia de una naturalización
.

Página web del Museo Nacional de Ciencias Naturales (MNCN)

Museo de Ciencias Naturales de Madrid (Hemeroteca ABC, 8 de marzo de 1967) PDF

Sánchez Espinosa, Gabriel
Un episodio en la percepción cultural dieciochesca de lo exótico: La llegada del elefante a Madrid en 1773.
Goya 295-296 (2003), págs. 269-286.

Colapso, por falta de espacio en el MNCN” (El Mundo, 2007)

Exposición Nacional de Bellas Artes (La Ilustración Española y Americana, nº XIX, año 1887) PDF

Video Naturalización, montaje y traslado del elefante africano
(MNCN, CSIC, 2016) VIDEO MP4

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Dharavi: Ricos pobres

El suburbio de Dharavi, en Bombay creció en el pasado desmesuradamente por la indiferencia de las sucesivas administraciones y se ha mantenido , en especial,  debido a su importancia en la economía real de la ciudad. En este gran espacio urbano en el que las viviendas autoconstruidas marcan la tipología habitual junto con edificios de pisos de dudosa calidad y mal conservados,  se concentra una cantidad ingente de talleres de producción artesanal o más o menos industrial, alrededor de 15.000, que produce grandes beneficios en el mercado internacional y crean gran riqueza para algunos propietarios locales y para algunas multinacionales que acuden al lugar para negociar precios competitivos y hacer sus encargos. Entre ellas las más conocidas. No hace falta citar marcas.

El volumen de ventas anual estimado que se genera en el barrio oscila entre los 650 millones y los mil millones de dólares. Las mercancías llegan a todo el mundo y los encargos vienen de lugares tan remotos para ellos como Suecia, por poner un ejemplo. Tampoco hace falta dar nombres.

Dharavi se encuentra situado entre las dos líneas principales de ferrocarril de Bombay y al norte limita con el río Mithi, que desemboca en el mar Arábigo, lo que hace que en la época de lluvias -los monzones– su drenaje sea especialmente complicado y que se inunde fácilmente, con las consecuencias dramáticas imaginables.

Uno de los accesos al suburbio de Dharavi, uno de los mayores de Asia en el que vive cerca de un millón de personas. (Foto: Wikipedia, 2008,  freely licensed by Commons)

Rehabilitación-demolición del suburbio de Dharavi

Desde 2006 las autoridades de Bombay, amparadas por el Tribunal Supremo de la India, están procediendo a la enajenación del espacio ocupado por la población del suburbio para poner en marcha un plan que pretende rehabilitar la zona y crear una ciudad de referencia mundial repleta de centros comerciales y servicios ligados al consumo y al ocio. El presupuesto inicialmente aprobado para el rediseño urbano de Dharavi ronda los 2.300 millones de dólares.

Este barrio está en el centro del distrito financiero de Bombay lo que hace que su suelo sea uno de los más caros y cotizados del mundo.
En 2008 comenzó el derribo de viviendas “ilegales” en el sector del suburbio denominado Ganpat Patil, en en que vivían más de 10.000 personas, las cuales fueron desalojadas, ante las protestas de los vecinos, por medio de los intempestivos métodos habituales en la India en situaciones similares: a porrazos.

Dharavi padece severos problemas de salud pública, entre ellos la escasez de aseos en los hogares. Según estadísticas de 2007,  sólo existía un cuarto de baño por cada 1.500 personas residentes en el barrio.  El río Mahim se utiliza para sustituir la presencia de los aseos en la tarea del baño y el alivio de las necesidades fisiológicas, lo que produce continuos problemas de salud pública. También existen grandes carencias en el suministro de agua potable.
(Foto: Flickr by Marcus Fornell, 2007)


Crisis  inmobiliaria e industrial

El proyecto de reforma de Dharavi está dirigido por Mukesh Mehta, de MM Constructions, empresa radicada en Nueva York. Según el proyecto, la intención de esta titánica actuación transformará 174 hectáreas de las 223 que forman el suburbio, en una deslumbrante ciudad llena de parques, rascacielos, centros comerciales y espacios que aporten calidad de vida y generen negocio. El modelo de este proyecto se basa en el desarrollado en la ciudad china de Shanghài.
Para compensar el derribo de sus casas, los promotores ofrecían a cambio un piso con agua corriente y sanitarios. La mayoría preferían quedarse, ya que su medio de vida estaba en su barrio. Los talleres donde trabajaban y los puestos donde vendían sus productos, estaban ahí. El mismo lugar donde obtenían las 6.000 toneladas de basura que Bombay produce al día y que les daba un recurso necesario para vivir.

Sin embargo, la crisis mundial de estos últimos años está ralentizando esta intervención urbanística basada en modelos de los años 90, ya que algunas de las constructoras unidas al proyecto,  han quebrado o no han podido hacerse cargo de sus obligaciones. Además, la caida en las ventas de las pequeñas industrias de Dharavi en más de un 50 por ciento y las nuevas condiciones del mercado, está generando una migración inversa de sus habitantes hacia sus localidades de origen, en una cifra que se estima que supera ya las 100.000 personas.

Crecimiento desmesurado

En cualquier caso, parece que se hace necesaria una intervención seria que controle el crecimiento incontrolado de este tipo de suburbios que se prodigan en toda Asia, y que en el caso de India encuentra réplicas tanto en la misma ciudad de Bombay como en el resto de las grandes ciudades del país, e incluso en algunas de la vecina Pakistán. En este ejemplo de Dharavi las autoridades públicas escudándose en la ilegalidad de los asentamientos reniegan de las ayudas y de la dotación de servicios públicos a los habitantes, que carecen de escuelas, hospitales y en general de cualquier centro social estatal.

Imagen de una zona de  Dharavi. El suburbio de chabolas ocupa una gran extensión de Bombay  y sus residentes  temen por el futuro de su hogar y de su trabajo. (Foto:  Flickr, 2007  by Adrian Fisk)


Pobreza, necesidad y reciclaje

Curiosamente en este aparentemente miserable barrio de chabolas, la pequeña industria del reciclaje de materiales de deshecho está contribuyendo a la prosperidad de una economía “verde” en India, que nacida de la necesidad de aprovechar todo lo aprovechable parece definir pautas de comportamiento en algunos países occidentales sensibles en este asunto que copian fórmulas. Más del 80 por ciento de los plásticos que van a la basura en Bombay se reciclan en este lugar, ocupando a más de 10.000 personas, muchas de ellos niños. También Dharavi es una especie de referente para la sociología urbana y el urbanismo social, pues la espontaneidad en la creación de la trama urbana ha generado al tiempo un sistema de relaciones sociales complejo y muy completo en el que la participación y la división funcional del trabajo contribuye al buen funcionamiento del sistema.
Todo esto apunta a las fallas y a las desmesuras en la explotación de los recursos materiales y humanos del actual sistema económico mundial. Primar la acumulación de bienes en pocas manos a costa del trabajo y de la explotación laboral favorece la creación y desarrollo de la población que vive y trabaja en suburbios en pésimas condiciones de habitabilidad.

Dos niños de Dharavi sentados en el muro de su casa. El agua que transcurre bajo las piedras de los cimientos está muy contaminada ya que procede de los colectores del suburbio, que vierten directamente en este canal. (Foto:  Flickr, 2007  by Adrian Fisk)

Chabolismo, fotografía etnográfica, antropología social  y cine

En Dharavi vivían cerca de un millón de personas –cada vez menos-.  De un total de 20 millones de habitantes que tiene Bombay, incluyendo su alfoz urbano, alrededor de 10 millones vive en suburbios de infravivienda, de los cuales Dharavi es el mayor. En India viven más de mil millones de personas, trescientos de los cuales habitan en ciudades.

De estos, 65 millones lo hacen en suburbios de chabolas, sin contar con los millones que viven en edificios que están por debajo de los estándares mínimos de habitabilidad, en lo que llamamos chabolismo vertical.

Para nosotros, occidentales acostumbrados a otros usos, esto de la vida al margen de los estándares resulta tan llamativo, ajenos a esta realidad, que numerosas agencias de viajes orgnizan rutas turísticas por la barriada de chabolas para regocijo de los inquietos visitantes, a quienes se les  garantiza que se impregnarán del espíritu del lugar. Los turistas podrán hacer fotos y clasificarlas. Luego ésto dará pié a jugosas veladas entre amigos.

Y mientras los turistas en busca de lo exótico se dejan llevar por los avezados guías, la antropología social tampoco se quiere quedar atrás y algunos profesores  como Franco La Cecla, reniegan de las modas de cocineros, diseñadores y arquitectos superstars,  y descubre  la eficacia de la división social del trabajo, desde la ortodoxia de la sociología que planteó Émile Durkheim, en la red social generada en el suburbio de Bombay.

Tambien el cine se ha hecho eco de este paisaje y de la tremenda y difícil realidad de estos hidúes que viven temerosos atados a su presente y temerosos de su futuro, en manos de los políticos.

Futuro incierto o difícil

El futuro de este barrio, “slum”, poblado, suburbio o como se lo quiera llamar, es un  futuro incierto para sus pobladores y más que evidente para quienes gestionan la ciudad. Los políticos tienen claro que lo deseable es acabar con este espacio feo e indeseable y reorganizar el espacio público de modo rentable. Según los medios que miran de reojo el proyecto de reforma, para los poderes públicos lo prioritario es el desalojo frente al realojo. La urdimbre de las redes sociales y económicas que existen en el barrio se romperá con su desaparición. Aunque los moradores del suburbio rehagan su vida en barrios nuevos en las nuevas periferias -desestructurados- y lleguen a poseer viviendas de mayor calidad, rehacer nuevamente la estructura con la que contaban puede ser una tarea complicada. De hecho, en sistemas que poseen una estructura altamente especializada, su disolución provoca una situación de desconcierto de compleja solución, especialmente cuando los poderes públicos se desligan del problema a la espera de que los grupos sociales  se auto-regulen de forma espontánea. Como parece que puede ser el caso, conocida la ideología presente de la élite política del país.

(Foto: Flickr by Marcus Fornell, 2007)

Referencias.-

Galería fotografica en Flickr Dharavi Slum (Bombay)

Artículo: “The reality of life in Mumbai’s Dharavi slum”, 2009

Página Web sobre Dharavi: Dharavi.org

VIDEO 1

VIDEO 2

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Hubo en Madrid unos conocidos Almacenes, llamados “Saldos Arias” especializados en productos de mediana calidad, a los que acudían siempre que podían las “amas de casa”,  pues se compraba barato y eran buen recurso para estirar la economía escasa de gran cantidad de hogares. Pero el infortunio persiguió desde sus inicios a esta empresa familiar que se cebó con ella en la forma de terribles y dramáticos incendios, que acabaron por desvanecer la presencia de esta saga emprendedora y la de sus negocios. Esta es la crónica de dos de los incendios más espectaculares y desafortunados de la historia de Madrid del siglo XX. Es también la historia de “Saldos Arias”.

Incendio en 1964

Atitulaba el diario ABC en su edición del 22 de enero de 1964 la noticia del incendió que acabó con los Almacenes Arias de Madrid : “El incendio de los Almacenes Arias, en la calle de la Montera y la Plaza del Carmen, es uno de los más grandes que ha habido en Madrid.” Almacenes Arias estaba situado en el número 29 de la calle de la Montera.
Poco después de las tres de la tarde del día 21 se declaraba uno de los incendios de mayores proporciones que se habían dado en la capital en los últimos tiempos. Ardieron las cinco plantas y los dos sótanos del edificio, en un lugar en el que estuvo emplazada la iglesia parroquial de San Luís, incendiada por militantes del Frente Popular en la primavera de 1936.
Después de la llegada de los bomberos las dimensiones del siniestro alcanzaron cotas desproporcionadas, lo que hizo necesario solicitar nuevas dotaciones que reforzasen el contingente. Llegaron coches de todos los parques de Madrid hasta un número de diez e intervinieron más de setenta bomberos. Entre las dotaciones había numerosos tanques-bomba ya que las bocas de riego a las que en un principio se recurrió no tenían la presión suficiente para alcanzar todas las plantas del edificio, lo que dificultó las labores de extinción. También acudieron varios coches de escaleras de cincuenta metros de longitud, una de las cuales dejó de funcionar correctamente en las maniobras de repliegue.
A las cuatro de la tarde las llamas se habían hecho con todo el inmueble de “Saldos Arias“, como popularmente se conocía a estos almacenes, convirtiéndolo en una
gigantesca antorcha, visible desde buena parte de la ciudad.

En ese momento se procedió al desalojo del colindante número 31 de Montera, en cuya planta baja había unas pañerías que anunciaban ofertas de fin de temporada, pues las llamas apuntaban en aquella dirección. Durante todas las maniobras de extinción, que se prolongaron hasta pasadas las ocho de la tarde, numeroso público se arremolinó por los alrededores del lugar del siniestro para ver de cerca lo sucedido. En la Plaza del Carmen eran miles las personas que contemplaban el trabajo de los bomberos. A eso de las nueve, los trabajos de extinción estaban ya concluidos y las dotaciones de vigilancia de la Policía Armada daban por finalizada su tarea y se retiraban del lugar. Solamente se mantuvo un retén de doce hombres del Servicio de Incendios con dos camiones por si se diera cualquier eventualidad a lo largo de la noche.

Esta fotografía muestra un momento en que los bomberos trabajan en la extinción del incendio de los almacenes Saldos Arias el 21 de  enero de 1964. Como se ve, la celle de la Montera se había cortado al tráfico de vehículos, pero no faltaban curiosos viendo el “espectáculo”.

En esta imagen vemos otro momento de los trabajos realizados por los bomberos en la extinción del fuego.


En incendio ocurrió estando el centro comercial cerrado, entre las tres y cinco de la tarde, por lo que había ni clientes ni nunguno de los 275 empleados. La prensa de la época se preguntaba qué hubiera ocurrido de haberse iniciado el incendio en horario comercial y se planteaba la magnitud que podría haber alcanzado el siniestro.
¿Hasta qué punto disponen de salidas de emergencia todos los grandes locales comerciales? -se preguntaban desde el semanario Blanco y Negro– (B y N, Madrid, 25 de Enero de 1964). Este edificio tenía salidas a la calle de la Montera y a la Plaza del Carmen y su evacuación habría de hacerse por medio de las escaleras mecánicas que unían las cuatro plantas y los dos sótanos.

Familia Arias, los seis hermanos Arias Escribano (Luís Miguel, Ángel, Isidro, Alejandro, Esteban y Federico) y en el centro el patriarca Esteban Arias . (FOTO: Diario ABC, 1964)

El cálculo de pérdidas se elevó al menos a cuarenta millones de pesetas, entre género y mobiliario.
El propietario del comercio, Esteban Arias, sensiblemente afectado, pero con una entereza admirable, -según se detallaba en las crónicas- se quejaba al indicar que el edificio de estructura metálica (construido en 1955) y su contenido no se encontraban asegurados por su valor real, y aclaró que la póliza no se había actualizado desde que se subscribiese en el citado año y además el original se había perdido en el incendio, ya que se encontraba en el interior del edificio. A esta pérdida habría que añadir la que se producía durante el periodo que el negocio se mantuviese cerrado.  Según el propietario la compañía aseguradora podría abonar por el siniestro unos diez millones de pesetas, cantidad exigua, conocido el valor de lo perdido. Esta información dejaba fuera de toda sospecha la posible intencionalidad del incendio.
Según informaba el semanario Blanco y Negro, Esteban Arias dirigía la cadena de establecimientos Arias, diez en Madrid y otros quince repartidos por otras provincias, junto con sus diez hijos, cuatro hembras y seis varones. El esteblecimiento vendía géneros de punto, zapatos, tejidos, artículos de plástico, etc. Era la primera vez que sucedía un suceso de estas características en una comercio de la cadena familiar.

El edificio, de estructura metálica, se rehizo y se levantaron unos nuevos almacenes. El número 31, medianero al nuevo edificio, también albergaría parte del comercio y almacén de mercadería para repuestos del centro comercial.

Fotos de la  Plaza del Carmen. Cuando los bomberos llegaron al lugar del siniestro, todo el edificio era una inmensa hoguera. Los artículos de “nylon” y plástico facilitaron la rápida propagación del fuego en los locales, afortunadamente vacíos al público. Los curiosos se concentraron por millares. En la foto, aspecto de la Plaza del Carmen durante el incendio, en la que se ve la nutrida concurrencia. (B y N, 1964) Abajo, imagen del edificio totalmente destruido por las llamas.

Nuevo incendio  en 1987

El 4 de septiembre de 1987 se originaba un nuevo incendio en los Almacenes Arias. El fuego, que se inició sobre las siete y media  de la tarde, se propagó desde la tercera planta al resto del edificio, alcanzado al anejo número 31 de la calle de la Montera que también formaba parte de los almacenes. Al llegar el fuego a la quinta planta, el género almacenado en su interior hizo que las llamas cobrasen mayor intensidad, lo que produjo que a medianoche parte de la fachada de la Plaza del Carmen se desmoronase. Según informaba la prensa, el infortunio parecía cebarse con la empresa de los Arias. Al incendio de 1964 había que sumar otro sucedido el 11 de marzo de 1981 en unos almacenes en Barcelona , en el que hubo varios  fallecidos, y del que se especuló la posiblilidad de que fuese provocado, y por último este que lo asolaba ahora y que terminaría también en tragedia.

En el momento en el que comenzó el fuego, se encontraban en el interior del edificio más de sesenta empleados y quedaban ya pocos clientes. Según los primeros testimonios, el fuego se originó en una caja de ropa, tal vez por alguna colilla que cayera sobre esta o por una lámpara fluorescente que estalló. En cualquier caso, ya desde las primeras investigaciones el origen del incendio constituye -como casi siempre- un asunto de difíciles conclusiones. Dado que el avance del fuego fue en un primer momento bastante lento, hubo tiempo suficiente para el desalojo que se hizo con relativa calma.

El entonces alcalde de Madrid, Juan Barranco, presenció las tareas de extinción del incendio, que parecía estar controlado dos horas después de su comienzo y el cual, en un principio, sólo había causado la intoxicación de ocho bomberos. Sin embargo, nadie presagiaba lo que unas horas después iba a ocurrir.

Poco después de las 02.30 horas de la madrugada del día 5, cuando la situación ya parecía dominada, se abrió un gran boquete en el sótano que hizo que unas vigas del forjado de las primeras plantas cedieran, arrastrando seis de los ocho pisos del edificio, que se desplomaron sobre algunos bomberos que se encontraban controlando que el fuego no se avivase mientras otros revisaban y  aseguraban la estructura del inmueble. El siniestro alcanzaba así unos tintes aún más dramáticos. Las horas siguientes consistieron en una ardua tarea de desescombro para buscar supervivientes y lograr recuperar los cuerpos de los fallecidos. En total fueron diez los bomberos que quedaron atrapados bajo los escombros. Ninguno sobrevivió al desastre. Fueron necesarios más de cuatro días  para que los trabajos de desescombro permitieran rescatar el último de los cadáveres de los diez bomberos muertos.

Pasado el tiempo las investigaciones, que se centraron más en averiguar las causas del hundimiento del edificio que las del origen del fuego, apuntaron a una mala realización de la estructura metálica del edificio, construido en 1965.

Sin embargo, el juez que investigaba el caso hubo de contemplar la posible intencionalidad del incendio debido a que varios testigos, entre ellos bomberos,  dijeron ver tres diferentes focos de origen del incendio. Además, la existencia de un video grabado por un aficionado parecía confirmar la tesis de los tres puntos diferentes -en el mismo nivel- como origen del fuego. Al respecto la familia Arias se lamentaba de la “fatalidad que perseguía a su familia y se cebaba con su carrera empresarial“. La empresa, según declaró una empleada, atravesaba momentos difíciles, lo que la había obligado a hacer una reestructuración de plantilla. Uno de los titulares del negocio, en nombre de la empresa manifestaría “lo ridículo” de cualquier sospecha que apuntase a la propiedad en relación a la posible intencionalidad del incendio. (ABC, 8/9/87)

El sumario judicial relativo al incendio  continuaba abierto en 1990, fecha en la que  el juez encargado del caso tenía que decidir el archivo de la causa, como así se produjo, después de que los familiares de las víctimas retirasen  los cargos contra los hermanos Arias y el Ayuntamiento, por posible imprudencia temeraria. El solar que ocupaban los almacenes, en la calle de la Montera, se negoció por la propiedad y fue  adquirido por la empresa británica Virgin para montar una “megastore” de discos que, finalmente no se llevaría a cabo. En la actualidad el espacio de los antiguos Almacenes Arias lo ocupa una multisala de cines.

Referencias.-

Incendio de Almacenes Arias, 1964 (ABC Hemeroteca)

Cuarenta millones de pesetas ardieron en dos horas
El incendio de la calle de la Montera pudo tener consecuencias más graves

(Reportaje Semanario Blanco y Negro, 1964)

Posible intencionalidad del incendio
Diario ABC, 1987)

POSIBLE CAUSA DERRUMBAMIENTO DEFICIENTE SOLDADURA ESTRUCTURA (El País, 1987)

Tragedia Almacnes Arias 1ª Parte (VIDEO)

Incendio Almacenes Arias (VIDEO TVE)
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Trabajadoras de laboratorios Abello 1933Operararias de los Laboratorios “Abelló” posan en el exterior de las instalaciones. Foto de 1933 cedida por Liliane Salvetat (Toulouse, Francia).

Laboratorios Abelló

La Fábrica de Productos Químicos y Farmacéuticos “Abelló” fue fundada en 1925 por Juan Abelló Pascual y se instaló en el extrarradio de Madrid en el barrio de la Prosperidad, en la calle Vinaroz nº 15, ocupando una parcela esquinera de aproximadamente 8.200 m2.

Juan Abello PascualJuan Abelló Pascual (fallecido en 1983) era químico farmacéutico y propietario fundador de la fábica. El encargado de la sección de investigaciones químicas y responsable de los productos elaborados era el profesor Rius Miró. En la fábrica trabajaban unos 30 técnicos entre químicos, farmacéuticos, medicos e ingenieros, arropados por más de 600  operarios de ambos sexos, aparte del personal de la filial de León. En la sede de Madrid se elaboraban aquellas especialidades farmacéuticas cuya base se fabricaba en León (agua oxigenada, éter, cloroformo, perborato sódico, hexametilentetramina, sulfotiazoles, efedrina, y otras materias básicas).

Elaboración de alcaloides

La fábrica farmacéutica Abelló fue la primera fábrica española capaz de obtener alcaloides derivados del opio y de la coca, consiguiendo licencia para dedicarse al tratamiento de estos alcaloides . Esta circunstancia hizo que alcanzase gran prestigio y un importante beneficio económico. Los productos que salían de la fábrica de la calle Vinaroz nº 15 eran todos los elaborados a partir de los alcaloides del opio y la coca, como la morfina, la codeina, dionina, papaverina y cocaina, que se empezaron a elaborar en 1936. También se dedicaron en los laboratorios a obtener por síntesis testosterona y sintestrol, andrógenos y estrógenos de gran valor en la terapeútica del momento.

Fábrica Abello_1946Fábrica de Productos Químicos y Farmacéuticos “Abelló”, en la calle Vinaroz nº 15, con García Luna. Las instalaciones comprendían  un tramo de ambas calles y todavía alcanzaban parte de la calle Suero de Quiñones. La foto es de 1946. (FOTO: 15/12/1935 – Blanco y Negro (Madrid) – Página 155)

Los productos que salían de la fábrica de la calle Vinaroz nº 15 eran todos los elaborados a partir de los alcaloides del opio y la coca, como la morfina, la codeina, dionina, papaverina y cocaina

Otras secciones de la fábrica eran el Laboratorio de análisis a cargo del doctor Jiménez, en el que se comprobaba la pureza de las materias primas para la elaboración de los preparados; el Laboratorio de fabricación química industrial, a cargo del doctor Esteve, donde se elaboraban el Orosanil B (aurotiosulfato de quinina), Monotion (tiosulfato sódico), Lumcalcio (sal cálcica del ácido feniletilbarbitúrico), Oloyod (aceite yodado), etc.

Trabajadores laboratorios abello 1933Operararias de los Laboratorios “Abelló” posan en el exterior de las instalaciones. Foto de 1933 cedida por Liliane Salvetat (Toulouse, Francia).

Según recogía la prensa, en junio de 1936 el entonces ministro de Marina y catedrático de la Facultad de Farmacia José Giral, visitaba las instalaciones de la fábrica farmacéutica Abelló de la Prosperidad, para comprobar de primera mano lo aventajado de las instalaciones cuya importancia excedía el ámbito puramente nacional. El ministro recorrió los diferentes departamentos acompañado por el director propietario de la fábrica Juan Abelló y por miembros del personal técnico de la misma. (27/06/1936 – ABC (Madrid) – Página 36)

ABELLO-ABC Página 155 de Blanco y Negro (Madrid) publicada el  15/12/1935.

Abello-1975Asímismo decía ABC en 1935: “Desapercibida para la mayor parte de los madrileños, alejada del casco urbano central, la Fábrica de Productos Químicos y Farmacéuticos Abelló se levanta majestuosa, como protectora de los modestos inmuebles que la rodean y que en verdad acoge en su seno y proporciona trabajo a muchos obreros del laborioso barrio de la Prosperidad, donde puede decirse que el núcleo de la zona pertenece a aquella en que está situada.”  ( Hemeroteca digital ABC– )

En 1976 se demolió el complejo fabril de la Prosperidad, liberándose el suelo para la construcción de viviendas

Abandono y derribo de la vieja fábrica

En 1975, la fábrica se mudó a unas nuevas instalaciones en la calle de Julían Camarillo 8, enajenando las viejas instalaciones que contaban ya con 50 años.  En 1976 se demolió el complejo, liberándose el suelo para la construcción de viviendas. El nuevo uso residencial permitió la construcción de más de 35.000 m2 para un total de 330 viviendas. La promotora de estas viviendas fue la inmobiliaria Lintos S.A. que edificó en varias fases, la última de las cuales finalizó en 1982, dando por acabado cualquier vestigio de la fábrica.

Laboratorio Abello_Aerea 1975Localización de la Fábrica farmacéutica “Abelló” en el barrio de la Prosperidad en una fotografía aérea del año 1975, antes de que el edificio fuera demolido. La zona remarcada muestra las instalaciones, muy próximas a la prolongación de “General Mola”, abierta en 1972.

Referencias.-

Hemeroteca digital ABC

(15/12/1935 – Blanco y Negro (Madrid) – Páginas 154-55-56

26/08/1947 – ABC (Madrid) – Página 11

11/06/1946 – ABC (Madrid) – Página 11

27/06/1936 – ABC (Madrid) – Página 36

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Traperos1

Hasta finales de los años setenta todavía se hablaba en Madrid de los traperos, cuando aún el servicio municipal de recogida de basuras no era regular en todos los barrios. En algunas zonas, en los límites de lo que entonces era extrarradio, pasaban los camiones Pegaso particulares que retiraban los cubos de basura. En aquella época no había bolsas como ahora y la inmundicia iba de cada casa a unos cubos negros que los traperos recogían y arrojaban también, a saco, sin clasificar, a la caja del camión. Ya se encargaría alguien posteriormente de elegir de entre la basura. Todavía eran tiempos de mucha miseria. El trapero pasaba a final de mes un “recibillo” por el servicio y todos tan contentos. Era la época de los “aguinaldos”, cuando en vísperas de Navidad desfilaban puerta por puerta serenos, porteros, barrenderos y, por supuesto,  los traperos.  Entregaban una tarjetita de imprenta burda y barata, solicitando la voluntad, que podía ser de diez, veinte, cincuenta o más pesetas, según consignasen en la expeditiva cartulina.

Traperos2
Esta ocupación traperil de los años 70 era ya una actividad residual y testimonio de una época en la que los únicos responsables de la retirada de residuos fueron los traperos, muchos lustros atrás. Se trataba además de una fuente de ingresos para muchas familias, que se lo distribuían de acuerdo al grado de acceso al deshecho, pués sacaban mayor provecho quienes primero hacían la busca, eligiendo lo mejor de la basura, dejando lo peor para la rebusca, cosa de chiquillería.

En este contexto, el dramaturgo anti-sistema intelectualmente malogrado , Alfonso Sastre escribía acerca de los traperos este curioso e interesante texto testimonial:

“La Busca sigue siendo un mundo misteriosamente “adyacente”. Es como si se hallara en una dimensión que lo hiciera inaccesible a la vivencia burguesa. Pués, en general, lo que se hace es apartar la mirada o dejar que resbale, pasiva, al paso próximo y, sin embargo, lejanísimo del carro de la basura…, del cacharreto por trapos…, del trapero portacubos de plástico rojo, azul…, del niño paleando su basurita en el vertedero suburbial…, de la mujer inclinada sobre la carbonilla en el solar calenturiendo del verano…
¡Oh el mundo de los chamarileros…, de las escogedoras…, de los barrenderos…, de los basureros municipales apalancados en las traseras de sus metálicos mastodontes…, de los buscones que completan, con este trabajo madrugador, casi vergonzantemente, sus menguados jornales de peones de la construcción o mozos de mercado…, de los chatarreros…, de los negociantes de la casa de los establos y otros escondidos corrales urbanos! El mundo por estos pagos de la Busca es sucio y huele mal: es el reino del desperdicio y su recuperación. Nosotros nos lo hemos pateado, día a día, durante muchos años, por estas Ventas del espíritu Santo. Por lo que fue el pueblo de Canillas; por la calle de la Persuasión; por el Barrio de san Pascual; por el Tejar de Lucio… Por el viejo Barrio de la Alegría. Y, más allá, por el Barrio de la Humedad y otros santos lugares. No conocemos, sin embargo, la Busca de Tetuán de las Victorias –aunque de pequeños, bien nos llamaba la atención, en nuestro Barrio de Chamberí, la procesión de los traperos por Santa Engracia, hacia la Glorieta de Cuatro Caminos…”

catala41zj8_traperoDice un trapero en el texto de Sastre: “En cuanto a los recorridos, cada uno hace el suyo. Yo, por ejemplo, que vivo hacia López de Hoyos, me hago el Cerro de la Cabaña, la Ciudad Lineal, Colonia de Chamartín, Colonia de la Prensa, Colonia de los Socialistas -unos hotelitos, ¿sabe usted?, que están por la parte de Alfonso XIII, San Pascual, y barrio Ibarrondo.” (FOTO: Catalá Roca)

Alfonso Sastre (Triunfo nº. 466 Año:XXVI Pág. 26 08/05/1971)

carreros-en-madrid

Mi abuela, que llegó a Madrid en los años 40, siempre me ha hablado de los traperos que recogían ropas viejas a cambio de cachivaches (platos, vasos, bandejas) y que iban en sus carros tirados por caballos o burros. No sé si el de la foto de arriba corresponde a un carrero clasificador, ni conozco la fecha de la foto, pero bien pudiera ser una trapera pasando por la Gran Vía. (Del BLOG Proyecto Basurama de México)

traperos_madrid

“Cuando han terminado su penosa tarea [los traperos] llevan los despojos a los basureros. Es en ellos en los que los pobres niños de Tetuán han de hacer “la rebusca”. […] La niña rebusca carbón, trapos, huesos, papel, hierros, goma, mineral, cristal, balines, botes, etc. […] Cuando llega a casa empieza a cribar y limpiar la busca que ha recogido y luego va al trapero y la vende le dan por el kilo de papel, cinco céntimos: cada bote, quince céntimos; la goma encarnada, a 1,60 o así; la negra, a dos pesetas, y el cristal a veinticinco céntimos.”

“[…] Los traperos dejan limpio Madrid, cuando Madrid todavía no se ha despertado, y se alejan camino de Tetuán con su “preciosa” carga.

[…] Maribel baila el “claque” en el basurero, no sólo porque ha salido el padre Sol, sino por haber encontrado un pedazo de neumático por el que van a darle lo menos dos pesetas…” (Texto perteneciente al libro Maribel, la trapera de Tetuán ,1944)

(Del BLOG Proyecto Basurama de México)

Referencias.-

BLOG Proyecto Basurama de México

Maribel, la trapera de Tetuán (1944)

Alfonso Sastre (Wikipedia)

Alfonso Sastre (Triunfo nº. 466 )  Año:XXVI

Tetuán de las Victorias, un barrio de Madrid (Urban Idades)

Ciudad Jardín Madrileña (Urban Idades)

Archivo fotográfico de Catalá Roca

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ALQUITRAN-1898Obreros removiendo alquitrán caliente para pavimentar una vía madrileña en la que se colocaban los railes del tranvía. Esta  conocida  foto es de 1898.


Sirvan esta notas, a modo de gacetilla local para poner texto “ad hoc” a las imágenes que ilustran el articulito de hoy, objeto último del mismo. En realidad  traer el tema del asfalto, betunes, breas y negros alquitranes  se debe a  la coincidencia temporal que supone el inicio de las campañas municipales de adecentamiento y reparación de algunas de las calles de la trama urbana madrileña.

Y es que,  como todos los veranos, desde hace décadas, en el mes de agosto, mes de vacaciones por excelencia, las calles de Madrid se cubren de negro. Aprovechando que la ciudad se vacía el Ayuntamiento pone en marcha la “Operación Asfalto“, todo un despliegue de toneladas de alquitrán que se repartirán por las calles más vistosas, en ocasiones también las más castigadas por el tránsito de vehículos.

Este año, la Operación se adelantó al mes de abril y, tal vez por la avanzadilla,  agosto será menos ajetreado en cuanto a labores de asfaltado que otros años. “La intervención pretende la mejora de un total de 78 calles o tramos y una superficie total de 365.260 metros cuadrados. Una operación, que se prolongará hasta finales de agosto y corresponde a la segunda fase de los trabajos iniciados el pasado mes de abril”. (La Gaceta Local)

ASFALTO02Este grabado de Ricardo Baroja, aborda el mismo tema de los “asfaltadores” trabajando de noche en las calles del centro de Madrid. La obra es de 1900.

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guarda-gitano-toni_obra_2008

Con el boom del negocio inmobiliario ciertas industrias auxiliares ligadas al sector experimentaron un auge cierto. Y entre ellas estaba el de la seguridad de las obras.  Esta actividad ya había sido ejercida por el colectivo gitano, que resurgió con fuerza en su desempeño durante los recientes años de bonanza de la construcción. A pesar de que vivimos una época de gran fijación-obsesión por la seguridad, y que se cuentan por  cientos las empresas que se dedican a este negocio, las obras han quedado en manos de los gitanos. Curioso asunto.

Los gitanos, que fueron caldereros y estañadores en el pasado,  en la actualidad se especializan en la chatarra y en la vigilancia de obras, como actividad laboral marginal, amén de otras muchas cosas.   Seguro que muchos de nosotros nos habremos topado alguna vez con una obra en la que había un tosco cartelón avisando de la presencia de un guarda gitano. Según se cuenta, si el promotor no acepta el pago mensual requerido por sus servicios, la construcción aparece sin materiales o incendiada.  La tarifa ronda los 1.300 euros al mes. El procedimiento para ofrecerse consiste en aparecer por las obras nuevas y avisar de lo que puede ocurrir si no le encargan la vigilancia. En caso de no llegar a un acuerdo, dicen, las advertencias se cumplen. En caso de ser aceptado, el vigilante planta su cartelón en la entrada de la obra y en algunos casos también la “bandera gitana“. Se habla de clanes familiares (¿primos?) dedicados a esta actividad y también de procedimientos mafiosos y de extorsión y amenazas. A pesar de ello, ellos defienden su proceder y justifican su actividad, como el Tío Castro, de Terrassa.

Hay gran cantidad de vigilantes, repartidos principalmente por Cataluña y Madrid, aunque  los hay por todo el estado. Cada cual con su peculiaridad y con su propio estilo guardés. “Guarda Jitano“; “Juarda Jitano“; “hay guarda jitanos; aquel que bajo el lema “hay Guarda Gitano, respetar” nos insta a la observancia de  no se sabe qué norma implícita en el sui generis imperativo , ni bajo qué condición; aquel otro que avisa que “ahi guarda gitano“; y también un polémico vigilante de una obra en Torrejón de Ardoz  (Madrid), que haciendo gala de sus expeditivos métodos extendió una tela a guisa de pancarta en la valla de la obra en la que advertía de su presencia haciéndose llamar “Gitano pego tiros“.

En la otra banda, encontramos el papel que los empresarios de la construcción tienen en este guíón de cine negro.
Se dice, se comenta, que en algunos casos los promotores negocian con los vigilantes para hacer frente al fenómeno real de los saqueos. Al  mismo tiempo, al no recurrir a una empresa de seguridad regularizada, se ahorran bastante dinero. Y, por último, es un buen método para deshacerse de dinero negro, tan abundante en el sector de la construcción, el cual es fácil hacer legal incluyéndolo en la contabilidad en cualquier concepto.

También se han dado casos de “contratación” ilegal de inmigrantes para labores de vigilancia, allá donde los clanes gitanos no llegan, como el recogido por la prensa en enero de  2008, en el cual un vigilante hondureño murió accidentalmente y la propiedad de la obra negó su relación con el vigilante aduciendo que se trataba de un mendigo. En fin, que en todas partes cuecen habas.

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Las aceras de la Corredera Baja de San Pablo dieron cobijo desde 1835 a las casetas exteriores del famoso mercado de San Ildefonso, un edificio modernista levantado según el proyecto del arquitecto Lucio Olavieta en la plazuela del mismo nombre. Durante cerca de 145 años, esta construcción que fue el primer mercado cubierto que se construyó en Madrid, prestó su servicio a los vecinos de esta zona de la capital. Debido a un plan de alineamiento de las calles del barrio de Maravillas, en 1965 un pleno municipal aprobó demolerlo, lo que se hizo efectivo en 1970. Según Enrique de Aguinaga, cronista de la Villa, “la demolición del Mercado de San Ildefonso, se inscribe en la operación de rescate de las plazas públicas ocupadas, -a partir del siglo XIX, por edificaciones de mercados. Y es en los años sesenta cuando aquella operación se promueve en el Ayuntamiento de Madrid.

1930. Mercado de San Ildefonso

El mercado en pleno proceso de demolición, en 1970.

Uploaded on September 16, 2007 by greta y doraimon

Referencias.-

Arquitecturas Perdidas :Mercados

Mercados, cuestión de supervivencia

La venganza fascista

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