La canasta más alta del universo

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Estamos en el distrito madrileño de Fuencarral-El Pardo, en el antiguo pueblo de Fuencarral. Aquí se levantaron en los años 40-50 un conjunto de barriadas de construcción elemental destinadas a la población sin recursos. El tiempo ha eliminado la imagen pasada y los derribos de aquellos conjuntos de la miseria han dado lugar a nuevas edificaciones, actualizadas, democratizadas y globalizantes. Pero no todo el mundo agradece la iniciativa de uniformización. Algunos, por falta de recursos reocupan; otros resisten ante la ambigüedad de su situación legal; y, al final, los pintores y los que juegan al baloncesto, se aprovechan del abandono y plantan la canasta y hacen un campo en el descampado. A falta de mejores canastas en las que encestar, los moradores de un barrio sin nombre, lanzan alto sin llegar a tocar la tabla. Viendo la foto, se entiende que no lleguen al aro.

Estamos delante de la canasta mas alta del mundo. Quizás del universo; si es que se puede hablar de estadísticas de alturas de canastas en el universo. Al menos, tal vez  sea ésta la mayor canasta de España. Altísima, imposible de alcanzar. Imposible de imaginar con éxito. Utópica.

Mientras, el barrio sin nombre sucumbe. No era otro su destino. Extraordinariamente soportó la presión. Sin embargo, poco a poco, va cayendo, y se extinguirá.
Seguramente, la fantasía de mantener en pie las viejas casas del deshauciado barrio, se convirtió en la utopía de unos pocos. Un objetivo imposible, tan imposible como hacer tres puntos en esta canasta imposible. Tal vez, la más alta del universo. Tal vez…

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Finalmente, el edificio se derribó en la primavera de 2011. (FOTO: Enrique F. Rojo)

Las Ventas del Espíritu Santo

Foto de 1900. Muestra un merendero de los muchos que hubo en las Ventas del Espíritu Santo.

Rebuscando en La Ilustración Española y Americana, de 1897, encontré una crónica de la época firmada por Zeda -pseudónimo de Francisco Fernández Villegas (1856-1916)-, que describe una tarde de domingo en Las Ventas del Espíritu Santo, lugar muy conocido por sus merenderos y por ser camino del Cementerio del Este. El texto resulta muy ilustrativo y llama la atención por su estilo literario poco habitual en una revista, especialmente en estos tiempos de hoy donde prima el lenguaje de gacetilla y de reporterismo televisivo,  que ignora los subjuntivos, altera las concoordancias y  abusa sin motivo de extranjerismos y de «coletillas» inútiles.  Aprovechando el tema, me he apropiado de una imagen de 1900 que da fe de cuanto Zeda plasma en su texto. No cabe duda de que su intención es crítica y no se refiere el lugar con mucha simpatía, ni tampoco valora positivamente el tipismo o el carácter popular de las estampas descritas. Más bien, al contrario, parece preferir el ambiente de la misma calle Alcalá, pero unos cientos de metros más abajo, en su tramo noble y con menos aspecto de poblacho.

Que el pueblo de Madrid es uno de los más alegres de Europa, y que ni las penas le quitan su proverbial buen humor, ni las calamidades lo entristecen, ni los contratiempos lo quebrantan, cosas que fácilmente pueden ser comprobadas por cualquiera que se tome el trabajo de darse una vuelta, cualquiera de estas tardes, por los Cuatro Caminos, los Viveros, el Puente de Vallecas o por algún otro sitio de los llamados de recreo que en sus alrededores posee la capital de España. Al ver tales lugares llenos de gente bullanguera que canta, baila y se emborracha, libre feliz e independiente, podría suponerse con algún fundamento que si cada vecino de la Villa y Corte no echa a diario una gallina en su puchero, como para sus vasallos deseaba Enrique IV de Francia, tiene siempre en cambio un par de duros de sobra en el bolsillo para gastárselos en merendolas, regadas copiosamente con el tinto de Valdepeñas y amenizadas con el repiqueteo de los pianos de manubrio.”
Se arraiga en nosotros con mayor fuerza esta creencia si una tarde de toros o de novillos, de primavera, tomamos el camino de las Ventas. No tema el lector que me meta a describir el cuadro que presenta la calle de Alcalá cuando se avecina la hora solemne de comenzar la corrida. Tan brillante espectaculo ha sido pintado cien veces, y hartos de seguro estan cuantos los presentes renglones leyeren de ver enumerados, con lujo de metáforas y riqueza de color, los coches empavesados de sombrillas, las manuelas tripuladas por hembras de rompe y rasga, los tranvías cargados de gente alegre y voceadora, los ómnibus, las calesas procedentes del antiguo régimen, los carruajes, en fin, de cien formas distintas que, arrastrados al pasado galope de hipógrifos más o menos violentos, caminan hacia la plaza en medio de dos filas de infantes, los cuales jadeando entre el polvo que levantan los coches, acuden a presenciar la sangrienta lid dudosa, calificada , y con mucha razon, por la ilustre escritora Emilia Pardo Bazán, de fiesta helénica.”
Ciertamente, es menester mucho deseo de divertirse para pasar la tarde en la Ventas, que en vez del Espíritu Santo debieran llamarse del Espíritu del Vino. Imagínese el lector una carretera peor cuidada de lo que suelen estarlo las carreteras españolas: un puente tan inútil como el famoso de Coria. Por debajo de este puente, no el de Coria, sino el otro, se arrastra un arroyo inmundo y maloliente. A un lado y a otro de la carretera y del arroyo, barracones de tablas mal unidas, sucios y grasientos; tenduchos informes que ostentan colgados a los lados de sus puestos entrañas y carnes de reses; sórdidos merenderos que exhalan bocanadas de humo asfixiante de aceite frito.
La mayor parte de estos establecimientos, en los que se sirven cubiertos desde dos pesetas y cuyos platos más favorecidos son los de callos y caracoles, tienen nombres a cual más poéticos y atractivos….. Algunos ofrecen a la consideración de los paseantes sentencias como la siguiente:
“Mejor se está en este, que en el Este”. Hay también salones al aire libre. En el centro de ellos, en alta plataforma, está el piano de manubrio, y en su derredor bailan, según la manera chulesca, apreciables «Menegildas» con sus respectivos adoradores, militares sin graduación, o caballeros de aquellos que, según la copla del saineta, “enseñan la camisa por detrás”. Más allá, el Tío Vivo da furiosas vueltas; multitud de columpios oscilan locamente impulsados por sus tripulantes; parejas de ciegos cantan a grito pelado…
Y sobre todo este conjunto ruidoso, desagradable, abigarrado, flota una nube de polvo, cada vez más denso, levantado por los saltos de los danzantes, por el rodar de los coches y el trotar de las caballerías. Las ventas son el punto de cita de lo más escogido de la gente de escalera abajo: criados de servicio, horteras de tienda de ultramarinos, estudiantes de poco pelo, chulos y soldados. Cabe el mal oliente arroyo en los salones de baile, en los comedores de los merenderos.»

Merendero de la «Tía María» en el barrio de Arganzuela, 1934. La foto es de Consuelo Gracía Torrija.

«Aumenta la amenidad de aquellos lugares el contínuo ir y venir de carrozas fúnebres por delante de los merenderos. Allá lejos, sobre una colina de poca altura, en medio de la desolada aridez de los campos que se extienden al Oriente de Madrid, destácase la mancha oscura del cementerio del Este. A las Ventas llega de cuando en cuando el tañido lúgubre de la campana del camposanto.
El regreso de los carros mortuorios causa una impresión extraña, en la que se conbina lo repugnante y lo lúgubre con lo grotesco. Los cocheros, con sus ridículas libreas desabrochadas, con el sombrero cubierto de polvo, sonrientes, cínicos, arriman los carruajes a los
“tabernáculos” de las Ventas, y en lo alto del pescante échanse al coleto abundantes tragos, mientras los lacayos, tan ridículamente vestidos como los cocheros, trincan también alegremente, y bromean o retozan con las ninfas de fregadero que frecuentan las riberas del Abroñigal.
Conforme va avanzando la tarde acentúanse los efectos del vino peleón: el griterío aumenta, y el bailoteo es cada vez mán íntimo. Dicharachos soeces, insultos, bromas de la especie que mis lectores pueden suponer, parecen flotar entre el vaho irespirable de tabernas y merenderos. A lo mejor, por si tal o cual chulo miró o no miró, salen a relucir navajas….  y hasta llega a correr sangre. Allí Goya o D. Ramón de la Cruz hubieran podido encontrar modelos, el uno para sus lienzos, el otro para sus sainetes… También Zola podría hallar en las Ventas no pocos documentos humanos….»
ZEDA, La Ilustración Española y Americana nº XI (págs. 183-186).
22 de Marzo de 1897.


Perspectiva de Las Ventas del Espíritu Santo. La fotografía, de 1933, parece estar tomada en las cercanías de la Plaza de Toros de Las Ventas, al otro lado del puente sobre el arroyo Abroñigal.

Referencias.-

La Ilustración Española y Americana (Cervantes Virtual)

La Quinta del Sordo

La casa fue conocida como «La quinta del sordo». Se dice que el nombre ya lo tenía cuando Goya la compró, por padecer su propietario del mismo mal que ya aquejaba al pintor desde hacía varias décadas. La finca, cercana a la rivera del río Manzanares la adquirió Goya en el año 1819, contando con 72 años, y allí pintó -supuestamente- las atormentadas pinturas negras, que en realidad eran frescos realizados en las paredes de la casa. En la Quinta vivió hasta su traslado a Burdeos en 1824, donde murió.

22    La Quinta del Sordo  d'après un dessin de Ferrat
En esta ocasión vuelvo a hablar de una casa perdida, como otras muchas del Madrid antiguo, que sin embargo ha pasado a la historia de la ciudad por haber estado habitada por un insigne y, en ciertos aspectos, misterioso personaje: Francisco de Goya, pintor. La casa fue conocida como «La quinta del sordo«. Se dice que el nombre ya lo tenía cuando Goya la compró, por padecer su propietario del mismo mal que ya aquejaba al pintor desde hacía varias décadas. La finca, cercana a la rivera del río Manzanares la adquirió Goya en el año 1819, contando con 72 años, y allí pintó -supuestamente- las atormentadas pinturas negras que, en realidad, eran frescos realizados en las paredes de la casa. En la Quinta vivió hasta su traslado a Burdeos en 1824, donde murió.

La casa, una vez el pintor marchó para Francia, quedó en manos de un nieto, que la vendió. Finalmente se hizo con ella el Barón francés de L’Erlanger que, con la pretensión de hacer negocio con las pinturas, las retiró de los muros y mandó pasarlas a lienzo para vendérselas al Museo del Louvre de París, que las rechazó. Este traslado y el mal estado de conservación parece que dañó bastante los frescos, que tuvieron que ser restaurados.
La Quinta del sordo, una vez le retiraron las pinturas, fue perdiendo interés y cayó en un abandono total, lo cual significó su ruina irremediable y la posterior enajenación de la propiedad. La debieron de derribar en algún momento de las primeras décadas del siglo XX. Tal vez en los años 30.

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Con respecto a las pinturas negras, tan estudiadas por los especialistas en la materia y muy apreciadas dentro de la obra de Goya, traigo a colación un curioso asunto. En el año 2003 el investigador y Catedrático de historia del arte Juan José Junquera puso en duda la autenticidad de la ejecución por Goya de los frescos. Las tesis que sostiene el profesor para apoyar su polémica afirmación son múltiples: desde las fechas de realización de aquellas obras hasta los materiales empleados; desde la posibilidad de que el hijo del artista, Javier Goya, también pintor, fuera el verdadero artífice, hasta la utilización de las pinturas como reclamo para vender la casa. Según este profesor, cuando Goya dejó la Quinta en herencia a su nieto Mariano, en 1823, antes de partir para Burdeos, no se hablaba nada de aquellos trabajos. Además, cuando Goya vivía en la Quinta, ésta sólo tenía una planta y parte de las pinturas negras son de un piso construido después de su partida. Esto sucede en el momento en el que el nieto intenta venderla pero no encuentra comprador. Al parecer la casa no era de muy buena construcción y tenía difícil venta. El nieto se da cuenta de que el cebo son las pinturas que había allí. Y es al morir su padre -Javier Goya, el hijo del genio-, en 1854, cuando empieza toda la historia: se realizan los inventarios de la casa y se atribuyen los murales a Francisco de Goya. Bueno, no es una mala hipótesis. Tendrá que demostrarlo muy bien demostrado. También hay que tener en cuenta que esta hipótesis apareció publicada en una revista de divulgación de arte perteneciente al grupo que edita el diario El Mundo... Por lo demás, no parece que se haya hablado mucho del tema.
Dejando las pinturas negras, volvamos a la casa, que es en realidad lo que en un principio me ocupaba.

Aporto a estos apuntes una foto de la Quinta del sordo tomada en torno a 1920-1930 y firmada por Manuel Asenjo y la hago acompañar de un texto exquisito de Pedro de Répide titulada la Quinta del padre Goya, perteneciente a El Madrid de los abuelos y publicada en 1908. La poética y melancólica descripción de Pedro de Répide probablemente se ajuste a lo que en su momento éste viera y conociera de la casa. Y lo que debió de ver quizás fuese algo muy similar a lo que la foto nos muestra. De manera que por unos instantes nuestros ojos y los de de Répide se confundirán en una misma o parecida mirada y en una misma o parecida sensación.
Lo que a continuación toca es disfrutar con la imagen y con el prestado texto. Es hora de ejercitar la imaginación.

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La Quinta del Padre Goya


Yo, ayer, estuve en un pensil.. Sin ir más allá de las afueras de la corte, entré en un vergel ultraterreno y me aparté a una gran distancia del mundo en que vivimos. Hubo de serme para ello suficiente bajar la cuesta de la Vega, trasponer luego la puente Segoviana, subir por un suavísimo otero que los trigos verdecían y las amapolas salpicaban, y dí conmigo en la cima de tal alcor, que fue como llegar hasta la cumbre del Olimpo. Eran allí un jardín con una vieja casa que están muy lejos del mundo y de la vida.

La casa es un antiguo palacete abandonado. Sólo de verla se siente que allí han pasado muchas cosas y que por los ámbitos de sus salones fríos y solitarios pasan a veces algunas almas de otro tiempo. En el jardín, más bello desde que ninguna mano viviente acude a su cuidado, se siente también un misterioso espíritu que pasa. No cabe duda de que allí ha vivido alguien que era muy alguien. Cierto que allí vivió D. Francisco de Goya y Lucientes.

El viejo palacete tiene una noble y magna puerta. Su verjería deja ver como a través del cancel de una capilla, el vestíbulo y la escalera. Sobre los hierros del zaguan hay un ducal blasón. Y se ve luego el pavimento de un pórfido rojizo, y cómo después de una breve gradería de mármol se desdobla la escalinata en sendas ramas elegantes (…).

Delante de la casa, donde había una terraza de arena finísima, pisada por las duquesas manolescas que allí iban para hacerse inmortales y divinas, ungidas sus imágenes con el óleo del genio, tiende ahora su muy suave tapiz una hu¡ierba de olvido. Y las ventanas de la casa muerta fulgen al sol último de la tarde tenuemente, como los ojos vidriosos y verdosos de un cadaver. Jazmines seculares cubren la vieja casa con una verde túnica: Cuando el estío llega, todo ese manto de verdor florece, y vestida con todas sus flores albas, la casa muerta duerme bajo un sudario de jazmín (…).

Pasaba el genio del silencio. Y luego no se percibía otro rumor que el del río. El Manzanares, que allá abajo pasaba murmurando una salmodia: Como si rezara por la vieja y noble casa que se había muerto. La casa del padre Goya, que se ha muerto como se murió su señor. Como todo se muere.
Pedro de Répide

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Quinta del Sordo en foto tomada en 1905.
(¿Quiénes serían las personas que posan frente al fotógrafo?)
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Abajo, en el centro, se puede ver la estación de Goya, ocupando el lugar en donde un día estuvo la casa del pintor. La foto debió de ser tomada mucho antes de la demolición de la citada estación, en 1970. Este lugar se encuentra entre las actuales calles de Caramuel, Juan Tornero y Doña Mencía, que ahora pertenecen al distrito de Latina.

 


Referencias.-

De El Madrid de los abuelos (Ed. M. Pérez Villavicencio, Madrid, 1908 ), en
Madrid visto y sentido
Edición Ayto.de Madrid/ Ediciones Librería
Madrid, 2002
(De la edición original de 1948 publicada por el Ayto. de Madrid)

Recorrido pictórico virtual por la Quinta del Sordo
Diaporama obras de Goya
La desconocida enfermedad de Goya
Las pinturas negras
Donde estuvo la Quinta del Sordo
(Acerca de la antigua estación de tren, llamada de Goya, que ocupó el solar de la Quinta.)
Visita a la Quinta del Sordo (El País, 1/12/2015)