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Archive for the ‘Elefantes’ Category

Elefante Pizarro 1873_small

El Elefante Pizarro en el Parque del antiguo Buen Retiro. (Grabado: La Ilustración Española y Americana, 1873).

Hubo en España un elefante que se hizo famoso en el último tercio del siglo XIX por sus lances con toros bravos de lidia de los que solía salir bien parado. Aunque vivía en Madrid -llegó en 1863-, su domador lo trasladaba a las plazas de todo el país para que el público pudiese admirar su habilidad y valor frente a los toros.

Atrapado por una argolla a una de sus patas, “Pizarro” o “Pizarrín“, como se le conocía, alargaba la cadena que le ataba a una estaca clavada en medio de la plaza y repelía como podía los embistes instintivos de la desconcertada res. Famoso fue su combate en 1865, en la antigua plaza de la Puerta de Alcalá contra cinco toros bravos. Este espectáculo se incluía en las tardes de toros a modo de “entremés”, a la vez que servía de reclamo para atraer a un mayor número de espectadores. El gusto por esta “atracción”, suponía un dudoso atavismo que  fue desapareciendo entre las aficiones populares, aunque lentamente, ya que hubo más “Pizarros”.

La anécdota de “Pizarro”

Se cuenta de este elefante una anécdota, que según quién lo haga y dónde se lea, puede aparecer como un hecho curioso y divertido, sin mayor importancia,  o al revés, como un suceso relevante y  grave, que dentro de su dramatismo pudo acabar aún peor. También se dice que, tal vez,  solo se trate de una leyenda y que, en realidad,  nunca ocurrió.

El caso es que el pobre “Pizarro” -según se cuenta- escapó de su triste reclusión una noche y, no sabiendo muy bien dónde ir, se dedicó a destrozar todo cuanto le estorbaba en su camino, para finalizar su evasión frustrada en una tahona en las cercanías de la calle Alcalá.

La anécdota, muy popular y con múltiples referencias en la prensa de la época y en internet, cuenta, sin embargo, con múltiples variaciones que sitúan el punto de partida de la fuga del elefante en sitios diferentes, variando lo que fue ocurriendo durante el periplo, así como la fecha y el momento del día, o la noche, en que esta sucedió. Así, nos encontramos con quien sitúa el inicio de la aventura en la Casa de Fieras del Retiro, alguno habla del coso de Las Ventas, en vez del de  la Puerta de  Alcalá que sería más adecuado, o bien en los jardines de los Campos Elíseos de Madrid.

Anuncio Pizarro

“Boletín de Loterías y Toros”, página 4 (5/9/1865)

El diario democrático La Discusión, el jueves  6 de abril de 1865,  publicaba: “Anteanoche martes 5 de abril á las diez y media de la noche se alarmó el pacífico vecindario que habita en las afueras de la puerta de Alcalá de esta corte. Fué el caso, que el corpulento y feroz elefante , encerrado en la plaza de toros de los Campos Elíseos, incomodado de que sus amos le abandonaran por las noches, rompió las cadenas que le tenían sujeto y, no contento con esta hazaña, se salió de la plaza, rompiendo las vallas, puertas y cerrojos, sin que nada ofreciera resistencia a sus colmillos y trompa“.
Con el ejercicio -añade la crónica- se le despertó el apetito y después de dar unos cuantos paseos por los jardines, rompiendo árboles, faroles y causar algunos destrozos en las plantaciones, con una destreza admirable, emprendió a trompadas con la puerta de salida (…)” -incluyendo la caseta del guarda y al guarda mismo que salió volando por los aires-. “Derribó la puerta de salida y “Pizarrito” ya se encuentra dando feroces rugidos en medio de la carreta de Aragón”.
Despiertan los vecinos, se asustan, se alarman, se echan a la calle y, armados de palos, pistolas y escopetas, tratan de dar alcance al elefante; pero este huye, se mete en la tela, embiste a tres carretas, las destroza, maltrata a algunos bueyes y se dirige a la tahona de San José al olor del pan…”  (La Discusión,6 de abril de 1865)

Esta misma noticia, en iguales términos y publicada el mismo día, aparecía en La Correspondencia de España (6/4/1865 pág 3),  La Época  (6/4/1865 pág 3),  La España  (6/4/1865 pág 4), y  La Esperanza  (6/4/1865 pág 3).

Sin embargo, resulta curioso el relato de  La Ilustración de Madrid  de 28 de febrero de 1871,  en el que se dice que el 4 de octubre de 1863, el Ayuntamiento de Madrid ofrecía asilo al cansado elefante  para que, después de recorrer toda España, pasara allí sus últimos años de vida. Es en esta información donde las fechas y los lugares no “encajan”. Vemos que el episodio de la escapada es posterior y se produce en otro lugar, aunque próximo. Además, sigue publicitándose su participación en  espectáculos taurinos en 1869, cuando se supone que ya no “trabajaba”; y todavía en 1970 realizaba exhibiciones en las plazas de toros, como refleja una nota publicada en el Boletín de Loterías y Toros del 3 de enero de 1870. Probablemente la fecha que aparece en La Ilustración de Madrid esté mal por causa de una errata del periódico, o bien que por la calidad de la copia no se lea bien,  y el año que “Pizarro” se retiró pudiera haber sido entre 1870-1971, coincidiendo con la fecha de la publicación del artículo.

Anuncio Pizarro 1869

Cartel de 1869 en que se ve como el elefante seguía en “activo”. Se lee que todavía iba al trabajo.

En cualquier caso, la figura del elefante, objeto de admiración para unos pocos y motivo de diversión para el público en general,  que acudía al espectáculo seudotaurino de la lucha entre las dos bestias, acabó trascendiendo lo meramente popular y se convirtió en un elemento de chanza e ironía jocosa para lalgunos articulistas de la prensa como La Guirnalda, El Liberal, El Periódico para todos, La Ilustración Ibérica, Madrid Cómico, y muchos más. El Pais, por ejemplo, bromeaba en 1898, recogiendo la anécdota de la tahona, que ya comenzaba a desvirtuarse, diciendo: “El elefante Pizarro, encadenado en el Retiro tuvo un día hambre y, rompiendo las cadenas conquistó a trompadas en una tahona el pan que necesitaba. Moraleja: Los elefantes son más sesudos que los obreros hambrientos”. (El Pais, 22/2/1898, pág. 2)

Por su parte, mucho después, en 1913, cuenta el cronista Carlos Cambronero en La España Moderna, cómo en la primavera de 1865 la empresa que explotaba el parque de diversión denominado  Campos Elíseos llevó un elefante que dominaba algunas habilidades, entre ellas la lucha con otras bestias. Así, se le puso en la plaza de toros a medirse con dos toros bravos, los cuales lo acosaron , sin que este hiciese otra cosa que defenderse, por lo que la lid quedó en empate. El elefante, procedente de Ceilán, también dominaba el castizo arte del descorche de botellas de vino con la posterior ingesta del líquido contenido. Cuentan que en cierta ocasión, no se sabe cómo, el paquidermo se desató de las cadenas que lo sujetaban y paseando libremente por el jardín acertó a pasar delante de la fonda del recinto a la que entró.

Viendo a su disposición tantas botellas de vino expuestas para la clientela, se hizo dueño da las mismas y comenzó a ejercitar su aplaudida habilidad. Tal exceso de botellas de distintos brebajes descorchó y bebió, que el abuso le causó gran desconcierto y malestar -una buena trompa-, y perdiendo su habitual mansedumbre, el animal se dedicó a destrozar cuanto se le puso delante, acabando con la verja de la puerta de entrada, tras lo cual salió a la carretera de Alcalá, y ante el griterío de sorpresa y temor del vecindario, se cobijó en una tahona, llamada de San José aprovechando para ingerir con ansia cuanto panecillo estuvo al alcance de su probóscide, sin que el estupefacto panadero pudiera hacer nada para evitarlo. Finalmente pudo de ser sosegado por el domador, quien logró sujetarlo y llevarlo de vuelta al parque. (Basado en el texto de Carlos Cambronero. La España Moderna, Nº 296, Octubre 1913. Pág. 34 y sig.)

Parece que en este texto pueden caber algunas dudas en cuanto a su absoluta verosimilitud. Aunque lo probable es que el episodio de la huida responda al suceso tan como se inició,  el asunto del vino y del descorche de botellas puede ser más un recurso cómico del autor que quiso parangonar la escapada del gigante con las aventuras etílicas de algunos vecinos de la Villa.

No queda nada claro si el animal finalmente se sosegó al ver a su domador y regresó en calma a su encierro; si se enfrentó a los guardias hasta quedar exhausto; si hubo necesidad de drogarlo para reducir su fuerza; o si volvió él solo -sabida es la memoria del elefante para recordar el camino de vuelta a casa-, una vez calmó su hambre y su sed. En cualquier caso, la situación, más que de broma debió de ser tremenda.

Neron 1898

El gusto por esta “atracción” fue desapareciendo entre las aficiones populares, aunque lentamente, ya que hubo más “Pizarros”… Cartel del espectáculo de lucha entre el elefante “Nerón” y el toro “Sombrerito” , 1898. .

La muerte del elefante “Pizarro”

El 8 de julio de 1873,  la Ilustración Española y Americana publicaba: “Ha fallecido, la semana pasada, el monstruoso paquidermo que, desde hace algunos años, vegetaba tristemente en el jardín zoológico del Parque de Madrid. “Pizarro”, que tenía 58 años, era oriundo de Ceylan y viajó por diferentes naciones de América, atravesó el Atlántico y vino a parar a Francia y a España, siempre conducido por su hábil domador y propietario el norteamericano Mr. Eduardo Miller.”

Narra la crónica el episodio de la huida y su asalto a la tahona, del que sin abundar en detalles, dice que una vez saciado su apetito se dirigió de vuelta al recinto como si nada hubiera pasado.

Finalmente  -añade el cronista-“comprole el ayuntamiento de esta capital para el jardín zoológico del Parque de Madrid, y allí ha permanecido pocos años, encadenado, consumiéndose lentamente, siendo objeto de terror para los niños y de curiosidad para los forasteros”. Y acaba el artículo con una exhortación al Gabinete de Historia Natural (creado en 1776) para que se hiciese cargo de la conservación naturalizada del animal, aún entendiendo la dificultad por no haber medios para costearlo. (Ilustración española y americana, 8 de julio de 1873. Págs. 3 y 4)

Curiósamente el periódico Caras y Caretas de Buenos Aires, en 1914 en un artículo sobre el miedo cerval que los elefantes sienten por los ratones, hacía una breve alusión a “Pizarro”, asegurando que la causa de su muerte se debió a que un ratón le entró por la trompa atáscándosela…”. En fin, una leyenda más. ( Caras y Caretas, 17/1/1914. Pág. 18)

El caso es que sus huesos parece que se dejaron en el interior de uno de los estanques del Parque del Retiro dispuestos a macerarse para luego pasar al Gabinete de Historia Natural. Así lo aseguraba el Diario Oficial de Avisos de Madrid, si bien no añadía mayor información,  ni dejaba constancia de que los restos hubieran sido finalmente entregados al citado Gabinete de Historia.   (Diario Oficial de Avisos de Madrid el 17/7/1873 , pág. 4)

José Fernández Bremón, aseguraba un año después en el El Imparcial, en 1874,  que los huesos estaban enterrados en el Parque: “Hoy la osamenta de Pizarro yace bajo tierra. No se ha escrito su necrológica; la voz pública murmura sobre las causas de su muerte. Se habla de asesinato. Yo no acuso a nadie. Los sabios venideros que escarben el Retiro, cuando tropiecen con los huesos de Pizarro asegurarán que tal vez se criaban elefantes en Madrid en el periodo oscuro de la república española.” (El Imparcial, 8/6/1874. Página 4, Hemeroteca BNE)
Es más, el diario El Globo, el 10 de junio de 1875, acerca de la instalación en Madrid de la Protectora de Animales, menciona también que los huesos de Pizarro se encontraban enterrados en el Parque de la Villa. (El Globo, 10 de junio de 1875, Hemeroteca BNE).

Queda por conocer si en algún momento fueron desenterrados y  destinados a ser conservados.

Los elefantes del Museo de Ciencias Naturales

Actualmente en el Museo de Ciencias Naturales de Madrid, heredero del Gabinete de Historia Natural, hay dos elefantes naturalizados. Se trata de un elefante indio (Elephas indicus), que se colocaron en una peana el esqueleto y, en otra, el ejemplar naturalizado con la piel; y de un elefante africano (Loxodonta Africana), actualmente en el vestíbulo de entrada al museo. Del esqueleto y de la piel de “Pizarro” nada se sabe. Salvo lo ya contado más arriba.

El elefante indio, procedente de Malasia,  llegó a Madrid en 1773, regalo del gobernador de Filipinas al rey Carlos III. Embarcado vivo desde Manila, viajó por mar hasta Cádiz. De allí a pie hasta el Real Sitio de San Ildefonso pasando en su itinerario por Córdoba, Valdepeñas, Ocaña, Aranjuez, Carabanchel y Aravaca, a razón de tres leguas castellanas por jornada que sumaron 42 días de viaje. De San Ildefonso lo trasladaron a El Escorial y de allí a Aranjuez, donde llegó a primeros de noviembre. En aquel lugar tuvo su residencia definitiva en la “Casa de Vacas”, en un corral para él acondicionado. Seguramente por lo inapropiado de los cuidados, el clima y la alimentación, el elefante murió el 17 de noviembre de 1777.

Elefante indio (“Elephas indicus”), actualmente en el MNCN.

Y queriendo Carlos III que se le disacase, se solicitó al naturalista Juan Bautista Bru que dispusiera lo necesario para emprender el trabajo de disección y conservación del animal cuanto antes. Entre el 21 de noviembre de 1777 y el 28 de febrero de 1778, Bru trabajó con los restos del animal que dejó listos para su exposición en el Real Gabinete de Historia Natural, que había sido inaugurado en 1776. El coste total de la desecación del elefante asiático ascendió a 14.137 reales con 20 maravedís. (FUENTE: Sánchez Espinosa, Gabriel. Un episodio en la percepción cultural dieciochesca de lo exótico: La llegada del elefante a Madrid en 1773. Goya 295-296, 2003. Páginas. 269-286.)

En cuanto al elefante africano (Loxodonta Africana),  fue donado por Jacobo Stuart y Falcó, duque de Berwick y de Alba, padre de la actual duquesa y patrono del Museo en sus inicios, trás una expedición a África. El animal fue abatido en Stern Jack, Nilo Blanco, Sudán, el 22 de marzo de 1913.
En realidad, al elefante, una vez muerto, le arrancaron los colmillos, que pasaron a engrosar la colección particular de trofeos del duque, y se le quitó la piel que luego se donó al Museo de Ciencias Naturales.
Previamente, los guías y ojeadores del safari clavaron sus lanzas en el animal muerto, que según se cuenta es la costumbre de estas gentes y el cuero del elefante quedó agujereado y rasgado en numerosas zonas.
Así, la piel mal cortada y en piezas fue enfardada y embarcó para España con destino al Museo. Ahí permanecieron los más de 600 kilos de la piel del paquidermo, arrinconados en los sótanos del edificio. El fardo se desenvolvió el 5 de noviembre de 1923 y nadie quiso o supo hacer nada con él. Por aquella época Luis Benedito era el  Escultor Taxidermista del Museo y a él se le encargó la tarea de darle forma de elefante al fardo de piel reseca y cuarteada con el que se encontró.

El elefante africano en la entrada del MNCN de Madrid fotografiado en 2011 . (Foto: Enrique F. Rojo, 2011)

Benedito construyó un armazón de 3.450 kg utilizando madera, malla metálica, escayola, el trozo de cráneo del elefante y unos ojos de cristal. A continuación, modelada en escayola a tamaño natural la figura del elefante, se recubriría por completo con la piel ya curtida y preparada para ser encolada, ajustando cuidadósamente cada pieza, pliegues y arrugas, y sujetándola con alfileres ( 77.000) hasta que la cola secara por completo.
En abril de 1928, la figura quedó lista para que la piel se colocase. Después solo haría falta que las colas y resinas endureciesen, dar algunos retoques finales y ya sería posible su traslado al Museo para su exposición. En la primavera de 1932 el elefante africano hacía su último viaje por el Paseo de Recoletos y por la Castellana con destino a los Altos del Hipódromo ante la atónita mirada de los transeuntes, esta vez ya como el elefante que había sido. El coste total de la naturalización fue de 9.834 pesetas. (Más datos en el artículo “El elefante del Museo de Ciencias Naturales“, en Urban Idade)

Referencias.-

La Discusión,  (6/4/ 1865) en la Hemeroteca BNE

La Ilustración de Madrid  (28/2/1871), en la Biblioteca Virtual de Madrid

Campos Elíseos de Madrid
  (Urban Idade)

Luchas de toros con otros animales
Francisco López Izquierdo
ABC Hemeroteca (22/05/1962)

El elefante del Museo de Ciencias Naturales (Urban Idade)

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Baile en los Campos Elíseos, 1865.

Madrid en el siglo XIX
Después de la muerte de Fernando VII, los dos últimos tercios del siglo XIX se caracterizaron por una constante inestabilidad política, pero al mismo tiempo fueron testigos de la modernización del país y del desarrollo de una industria tímida, más notable en las capitales de la periferia.
Madrid, como capital del Estado, poseía una amplia población compuesta por burgueses, comerciantes de todo tipo, terratenientes, nobles y una ingente población de inmigrantes con escasos recursos, muchos de ellos sin trabajo.
Los rentistas y burócratas difícilmente se cansaban por lo escaso de sus ocupaciones, al igual que los pequeños comerciantes que pasaban el tiempo apoyados en el mostrador de su negocio. Y aunque el Madrid de Isabel II era una ciudad con poca actividad económica, si tenía gran afición por el ocio y  la diversión, en especial porque si algo le sobraba a la población era tiempo libre.
Ya en 1834 la sociedad española experimentaba ese impulso renovador de los nuevos tiempos políticos y sociales que se vivían y lo cierto es que las costumbres también experimentaban cambios. Fue entonces cuando la capital comenzó a contar con jardines públicos para solaz de sus habitantes en las noches de estío. Estos fueron el Tívoli, las Delicias y el Apolo. El primero estaba donde ahora se encuentra el Hotel Ritz, lugar donde allá por 1885 se halló el Circo Hipódromo y adonde después se trasladó el teatro de Maravillas que acabó por llamarse Tívoli también. El jardín de las Delicias se encontraba en Recoletos, por donde más adelante se levantó el primer Circo de Price. Y el Apolo, que estaba en lo alto de la calle de Fuencarral, entre la calle del Divino Pastor y la calle que se llamó de Peninsular, más tarde de Malasaña.

Interior de la Salón de Conciertos y bailes de Los Campos Elíseos de Madrid. Ilustración de Severini publicada el 16 de julio de 1865 en el número 29 de “Museo Universal”.


Los Campos Elíseos
Siguiendo la estela de lugares de ocio ya existentes en París, Burdeos o Barcelona, y continuando la moda de los espacios de “socialización” ya citados en el Paseo del Prado como los jardines del Paraíso o los del Elíseo Madrileño (más adelante se construirían los del Buen Retiro, en la antigua huerta de San Juan, hoy Ayuntamiento de Madrid, y alguno más superado el ensanche), el promotor catalán José Casadesús encargó al arquitecto Lucas María Palacios y Rodríguez (Castropol, 1819) la elaboración del proyecto de unos jardines de recreo, los Campos Elíseos. La sociedad creada para tal fin contó con un capital de ocho millones y medio de reales en acciones. El Ayuntamiento de Madrid autorizó la obra, si bien con carácter provisional, pues el ensanche de Castro se encontraba en pleno desarrollo y la urbanización de la ampliación oriental de la ciudad promovida por el marqués de Salamanca se habría de ejecutar en breve.

Baile en los Campos Eliseos. (Botella, R.)

En 1864, en unos terrenos a la izquierda de la carretera de Aragón, poco más allá de la plaza de toros, se construyeron los jardines de los Campos Elíseos, bosque improvisado en el que se levantó un magnífico teatro que se llamó “Rossini”, un original y elegante salón de conciertos capaz para dos mil personal. Y además se levantó una pequeña plaza de toros para los amantes de esta actividad. Por una ría navegaban barcas y un vapor modelo. Había una amplia explanada utilizada para fuegos de artificio, gimnasia y ejercicios de tiro. Para poder asistir a los jardines todo el año, se abrieron abonos a 12 duros por persona. Estos abonos, lo mismo que el pago de entrada general, daban solo derecho a pasear y disfrutar de los espectáculos y diversiones al aire libre. Para disfrutar de las otras atracciones habría de abonarse una pequeña cantidad.

Inauguración de los Campos Elíseos
Los Campos Elíseos se extendían por las actuales calles de Alcalá, Velázquez, Goya y Castelló. Para la inauguración, el 18 de junio de 1864, los habitantes de Madrid, que apenas tenían diversiones en las tórridas noches de verano más allá de los Círcos Príncipe Alfonso y Price, acudieron en masa al acto. El sitio era amplio, pero como fue creado con gran prisa, carecía de lo indispensable en todo jardín. Las plantas, flores y árboles aún no disponían del tamaño suficiente como para hacer fronda y dar alivio y frescor a los visitantes, si bien la temperatura en la noche era agradable en este lugar.

El teatro  “Rossini”  era muy grande,  decorado con buen gusto, en cuyo escenario se dieron representaciones de ópera,  para lo cual se contrató una compañía de instrumentistas y cantantes cuyo director de orquesta fue el maestro  Asenjo Barbieri. La butaca valía  26  reales  y  la entrada general  2 reales. El teatro, aunque fresco y bien alumbrado, por defectos de diseño, tenía mala visibilidad, especialmente en los laterales, y carecía de condiciones acústicas. Las butacas eran cómodas, de rejilla. (Grabado Teatro Rossini, El Periódico Ilustrado, 1865.)

En la inauguración, se estrenó el baile “Gisela o Las Willis”, baile fantastico en dos actos obra de Theophile Gautier ,que fue todo un éxito. El jueves 25 de junio de 1864, santos de San Guillermo confesor y Santa Orosía, virgen y martir, se daba la primera representación de ópera en el teatro de los Campos Elíseos para la presentación de la compañía de ópera con la obra Guillermo Tell de Rossini, dirigida por el maestro Francisco Asenjo Barbieri, con la Garelli, que se hizo aplaudir con profusión. El resto de la compañía cumplió más que sobradamente. Y el domingo 28, se celebró el primer concierto al aire libre con orquesta, coros y banda militar bajo la batuta del propio Barbieri.
La sala era amplia y de planta rectangular, con cuatro pisos de altura. En las tres primeras plantas se repartían los palcos. Los antepalcos tenían capacidad para cinco o seis personas cómodamente distribuidas. El techo estaba pintado con gusto exquisito y elegante sencillez. Y el escenario, aunque no tan espacioso como la sala, tenía buenas dimensiones. Poseía cuatro lucernas a gas, de fino gusto, colgadas cerca de los ángulos y en la parte interior de éstos había bustos que representaban personajes célebres, así como en las explanadas del piso principal que miraba al jardín. Sobre el telón que escondía la embocadura y completamente fuera se leía el nombre del inmortal Rossini, a quien dicen que se le pidió permiso para llamar al teatro con su nombre y que acepto el honor gustósamente.
A pesar de las carencias ya comentadas, este teatro llegó a competir, tanto en precio como en espectáculos con el mismísimo Teatro Real, al que suplía en la temporada de verano.
También era agradable el salón de conciertos, en forma de tienda de campaña, cuya orquesta compuesta por 70 profesores y 100 voces de ambos sexo, interpretaba celebradas piezas conocidas por todos.

Vista de la ría de los Campos Eliseos de Madrid. Ilustración publicada en el número 24 de “Museo Universal” el 26 de Junio de 1864.

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         La Violeta, Madrid, 17/ 04/ 1864.

“Hoy podemos dar algunas noticias acerca de los Campos Elíseos: se abrirán definitivamente el 1.° de junio. Las funciones se inaugurarán con una de convite con que obsequian los dueños del local á las primeras autoridades de la provincia, á sus amigos y á la prensa. En el teatro habrá cuarenta v cinco palcos plateas ó igual número de palcos bajos: las demas localidades se espenderán por asientos en el patio: no habrá butacas, sino sillas do caoba, con asientos de rejilla. Alternará con la compañía de ópera otra de baile: las representaciones líricas se inaugurarán con la ópera Guillermo Tell; las coreográficas con el baile La Gissella, para cuyos espectáculos se están pintando las decoraciones. Los primeros bailarines, que ya están contratados, son la Sra. Bossi y el Sr. Dervine. Los fuegos artificiales estarán dirigidos por un célebre profesor parisién. Al lado del local destinado para café se está construyendo un estenso salón para colocar las mesas de billar. Habrá una máquina de las que conoce el pueblo con el nombre del Tío Vivo, con cincuenta y seis caballos, seis elegantes coches y varios columpios giratorios. El alumbrado del teatro será de gas; ya están colocadas cuatro arañas con 126 luces cada una, y el resto hasta 700 se distribuirán por el local en magníficos candelabros. Ademas de las luces necesarias, habrá en los jardines diez mil faroles de papel y tela, de diversos colores. Varias barquillas tripuladas por bateleras vestidas á la veneciana, y dos vapores, uno de hélice y otro de ruedas, surcarán la ria. Oportunamente anunciaremos el personal de las compañías de ópera y ecuestre que han de actuar en los Campos Elíseos.”

Otras instalaciones
Además, el parque contaba con otros entretenimientos y diversiones como la plaza de toros, aprovechada de una antigua plaza de becerros que funcionaba desde principios de 1860 y que tras ser denunciada por deficiencias estructurales, se demolió en 1874 para hacer un nuevo coso diseñado por el arquitecto José Asensio Berdiguer que la hizo de treinta y dos metros de radio, muros de fábrica y pies derechos de madera con sus zapatas. La plaza desaparecería hacia 1881, siendo junto con el templete descrito por  Pedro de Répide en La Esfera y que se reproduce más abajo,  las últimas construcciones que sobrevivieron de estos Campos Elíseos.
La montaña rusa construida de mampostería y maderos, de vertiginosas pendientes, rodeaba el coso y hacía las delicias de los jóvenes. También tenía Casa de baños, Tiro de pistola y de palomas, Sala de billar, Columpios, Balanza, Cosmorama, Fonda, Café y Ría con vapor de ruedas y cinco falúas.
La entrada a los jardines costaba 2 reales hasta las cinco de la tarde y 4 desde esta hora en adelante. Había un servicio, al parecer escaso, de ómnibus desde la Puerta del Sol hasta los Campos, a real por asiento.

Casa de Baños en las instalaciones de los Campos Eliseos de Madrid. Ilustración publicada en el número 24 de “Museo Universal” el 26 de Junio de 1864.

La Fonda o restaurante tenía gabinetes aislados, con el nombre de cada una de las provincias de España. Según se cuenta en crónicas de la época, en los primeros días la fonda dejaba mucho que desear, pues a partir de las diez de la noche no solía quedar más que cerveza y limonada.
No obstante, El Imparcial el 29 de junio de 1870,  hacía mención en su sección de espectáculos, a los méritos ganados con el tiempo en los servicios de restaurante y café con precios, calidad y atención tan excelentes como en los mejores establecimientos de la capital. También encomiaba los espectáculos del teatro Rossini y las actuaciones que se hacían en los jardines del parque para entretenimiento del público.

Un poco más arriba de la fonda, subiendo por dos escalinatas que partían de la explanada “polivalente” se encontraba la Casa de Baños. A la entrada de este establecimiento había un salón de descanso con el techo pintado con aguadas. Los cuartos de las pilas daban a un jardincillo triangular. Más adelante se encontraba un salón circular con palcos junto al arco de la circunferencia, que servía para el baile.

El divertido caso del elefante asiático

Contaba el cronista Carlos Cambronero en La España Moderna, que en la primavera de 1865 la empresa llevó al parque un elefante que dominaba algunas habilidades, entre ellas la lucha con otras bestias. Así, se le puso en la plaza de toros a medirse con dos toros bravos, los cuales lo acosaron , sin que este hiciese otra cosa que defenderse, por lo que la lid quedó en empate. El elefante, procedente de Ceilán, también dominaba el castizo arte del descorche de botellas de vino con la posterior ingesta del líquido contenido. Cuentan que en cierta ocasión, no se sabe cómo, el paquidermo se desató de las cadenas que lo sujetaban y paseando libremente por el jardín acertó a pasar delante de la fonda del recinto a la que entró.

Viendo a su disposición tantas botellas de vino  expuestas para la clientela, se hizo dueño da las mismas y comenzó a ejercitar su aplaudida habilidad. Tal exceso de botellas de distintos brebajes descorchó y bebió, que el abuso le causó gran desconcierto y malestar -una buena trompa-, y  perdiendo su habitual mansedumbre,  el animal se dedicó a destrozar cuanto se le puso delante, acabando con la verja de la puerta de entrada, tras lo cual salió a la carretera de Alcalá, y ante el griterío de sorpresa y temor del vecindario, se cobijó en una tahona, llamada de San José aprovechando para  ingerir con ansia  cuanto panecillo estuvo al alcance de su probóscide, sin que el estupefacto panadero pudiera hacer nada para evitarlo. Finalmente pudo de ser sosegado por el domador, quien logró sujetarlo y llevarlo de vuelta al parque. (Adapatación del texto de Carlos Cambronero. La España Moderna, Nº 296, Octubre 1913. Pág. 34 y sig.)

Equilibrista ascendiendo por la Montaña en espiral en la antigua plaza de toros de Madrid. (FOTO: J. Laurent, 1857)

Equilibrista ascendiendo por la Montaña en espiral en la antigua plaza de toros de Madrid. (FOTO: J. Laurent, 1857)

Últimos años del parque
Pasados tres años de su inauguración, en 1867, el empresario y músico Joaquín Gaztambide que ya había arrendado la plaza de toros para dar 40 funciones de toretes, alquiló el parque de atracciones durante el verano, programando actuaciones de la banda militar dirigida por Julio Mateos en la gran plaza que había delante del teatro, amenizándolo con ascensos en globo Montgolfier y fuegos de artificio a la noche. Se destinó, además, un espacio para bailes campestres con entrada de 2 reales billete de pago aparte. Para ello contrató a la orquesta Vilamala, auna compañía mímico-veneciana, dirigida por los hermanos Lorenzo y Antonio Chiarini, uno como maschera dell’Arlechino y el otro como maschera del Pierrot, representando numerosas piezas teatrales. También se animaba al público a participar en el juego de la cucaña, con premios de veinte reales. Los hermanos Onofri ejecutaban en el interior del teatro arriesgados ejercicios gimnásticos en el aire utilizando anillas suspendidas, escaleras y trapecios. Y el gimnasta Mr. Ethardo ascendía y descendía de pie sobre una gran esfera la montaña espiral en un diabólico ejercicio de equilibrio.
Para hacer más atractivo el programa, Gaztambide llamó a Barbieri para que diese una serie de conciertos en la conocida como “tienda de campaña”, a la que acudio mucha gente pasando muy buenos ratos.
En 1968 la compañía de ópera del Teatro Rossini inauguró su temporada el día 10 de junio con Don Bucéfalo, de Cagnoni. Sin embargo, se suspendieron las funciones en julio para sustituirlas por pequeñas representaciones de piezas declamadas o bailadas, que marcaban el creciente desinterés por lo que en los Campos se hacía. La Revolución de Septiembre de 1868 agudizó aún más la situación.
Aún así, el parque de recreo siguió funcionando, cada vez con menos interés para los madrileños, hasta finales de 1880, fecha en la que expiraba el periodo máximo de contrato de 15 años, y bajo la presión del nuevo barrio de Salamanca que se extendía lentamente hacia el Este de la capital.

El templete de los Campos Elíseos: “A la derecha de la entrada a la calle de Velázquez, recogido dentro de la verja de un hotel, quedaba en 1915 el resto de un frondoso jardín de altos y copudos árboles, entre los cuales destacaba la presencia de un elegante templete helénico. Esta construcción existía ya antes de que se abriese la calle, justo al lado de donde estuvo el viejo Horno de San José que tapaba su acceso y mucho antes de que existiese el propio barrio de Salamanca. Formaba parte este templete del gran parque de los Campos Elíseos”.
(Pedro de Répide en La Esfera, nº 99, 20 de noviembre de 1915. Pág. 7)

Pero cayeron las tapias de Madrid en 1869. El barrio de Salamanca creció con rapidez enorme, y la misma plaza de toros inmediata a la Puerta de Alcalá, tuvo que resignarse a sucumbir mientras se alzaba en sitio entonces lejano el nuevo coso, y los Campos Elíseos, los únicos jardines de esa índole que ha habido en Madrid, dignos de una gran capital, decayeron hasta desaparecer, cuando su copioso arbolado, desarrollado con una profundidad y una fuerza extraordinarias, había convertido al vergel en un bosque hermosísimo.
Había comenzado la época de los jardines del Buen Retiro, nombre que se dio a aquella parte del antiguo Real Sitio que se llamaba huerta del Rey o de San Juan. La corte de Don Amadeo de Saboya comenzó a ponerlos de moda. Las piezas bufas y las revistas políticas atraían el público a su teatrillo (…)
Y murieron los Campos Elíseos. Recuerdo de una época de ansiedades, de impulsos nuevos, de conmoción violenta en nuestra historia. Como vestigio de aquellos jardines, ahí queda ese pedazo de ellos, librado ya de una completa desaparición l quedar acotado dentro del recinto de una casa particular. Ese alcor que corona un templete griego de aquellos tiempos de parodia helénica en que retozaban no sólo juguetonas, sino también demoledoras, las notas alegres y crueles de los can-canes de Offembach.” (Pedro de Répide,  La Esfera, nº99 , pág. 7,   20/11/1915).

Referencias.-

El Periódico Ilustrado, 1865.

Escenas Contemporáneas
Revista Biográfica Tomo I.
Madrid, 1861

El Imparcial, 1 de agosto de 1868

La Violeta. Revista Hispano-Americana, nº 79
5 de junio de 1864

Almanaque musical para 1865. Capellanes, 10. Imprenta de josé Mª Ducazal, Plaza de Isabel II, nº 6. 1865

Biblioteca Digital Hispanica (BNE)

La Esfera, nº 99, 20 de noviembre de 1915

La España Moderna, Nº 296, Octubre 1913

Revista “Museo Universal“, 26 de Junio de 1864

La Ilustración Española y Americana, 1864-66.

VV.AA.
Madrid. Historia de una capital.
Alianza Editorial. Madrid, 1995

VV.AA.
El Ensanche de Madrid. Historia de una capital
Editorial Complutense
Madrid, 2008

Sánchez Menchero, M. (2009). Cinco cuadros al fresco. Los jardines de recreo en Madrid (1860-1890). Culturales, 141-168.

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