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Archive for the ‘Comercios’ Category

Panaderia San Blas 1-01

Antigua tahona de San Blas nº 1. (Foto: CCIM, 1982)

Las panaderías y las lecherías abastecieron a la sociedad madrileña de tan nobles básicos productos. La escasez del pan o la subida de su precio originaba a menudo motines y revoluciones ciudadanas, acompañadas de caídas de ministros y de gobiernos, por lo que siempre fue un asunto presente en las agendas de la política de las instituciones.
En tiempos de Carlos III, el conocido motín de “Esquilache” tuvo su origen en el aumento del precio de los alimentos y en especial del pan.
En el Fuero Viejo” de Madrid , un conjunto de normas escritas para administrar la vida local de la villa medieval de Madrid, concedidas en 1202 por el rey Alfonso VIII de Castilla, ya se establecieron normas relativas al peso de las piezas de pan que vendían los panaderos.

Las panaderías

Desde el siglo XIII fueron numerosas las disposiciones que regulaban al gremio de panaderos en las ordenanzas municipales de la villa de Madrid, especialmente en lo referido al peso, al tamaño y al precio de los panes.
En cuanto a la comercialización de la harina, desde el siglo XVI el Real Pósito de la Villa de Madrid, administraba en régimen de monopolio el suministro del cereal evitando el desabastecimiento e intentando regular los precios. Dejó de prestar servicio a finales del siglo XIX.

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Panadería. (Foto: CCIM, 1982)

Durante el siglo XIX las fluctuaciones del precio del pan en Madrid fueron constantes y la intervención del ayuntamiento y del gobierno no conseguía solucionar el problema del desabastecimiento. A consecuencia de estas crisis eran habituales los desórdenes sociales reclamando pan barato.
En 1802, como consecuencia del alto precio del pan se produjo una revuelta en el Rastro, en la que se incendiaron los puestos dedicados a su venta. Esta misma causa motivó en 1854 un motín de los vecinos de Lavapiés.
Ante la escasez de cereal, panaderos, tahoneros y corredores de grano especulaban, defraudando en el peso y en la calidad del producto. En esta época, además, las nuevas ordenanzas municipales, imbuidas en las corrientes librecambistas, permitieron la libertad de comercio, fabricación y venta del pan sin tasas, lo que no hizo, sino, agravar el problema.

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Panadería en la calle del Olmo nº 5. (Foto: CCIM, 1982)

En los primeros años del siglo XX, para intentar abaratar el precio del pan, hubo intentos de de municipalizar su fabricación de manera que las tahonas municipales ajustasen los precios, evitando el abuso de los tahoneros particulares.

En 1914 se produjo en Madrid la llamada “cuestión del pan”. La subida del pan en el verano de ese año  provocó una sonada protesta  de las clases populares que tomó la forma de revueltas callejeras. En el barrio de la Prosperidad, por ejemplo,  algunas tahonas de la calle de López de Hoyos fueron asaltadas por grupos de mujeres y chiquillos , que de paso aprovecharon el momento y marcharon a la plaza exigiendo la rebaja de los precios de patatas y verduras.
Al mismo tiempo, junto con las disposiciones que regulaban la elaboración y venta del pan, se perfilaba la figura de los oficios relacionados con su fabricación, distinguiéndose tres grupos:
1. Tahonero, industrial con fábrica propia dedicado a elaborar pan diariamente, en uno o varios despachos. Muchos de estos vinieron de Francia durante los siglos XVII al XIX y se instalaron en los barrios de Madrid, dedicándose a la elaboración de panes “de boca” o de lujo, de harina e trigo, que con el tiempo sustituyeron al pan de centeno y terminaron por ser aceptados por la sociedad madrileña.
En el siglo XIX también hubo muchos propietarios “indianos” que invirtieron el dinero ganado de la emigración en el negocio, y también gallegos, llegados a Madrid para trabajar, que aprendido el oficio acabaron por tener tahonas en propiedad.
2. Panadero, persona que vende el pan en puestos callejeros o despachos, empleados de tahona.
3. Hornero, tahonero especializado en panes de lujo, que no cocía pan a diario. Muchos suministraban a la Casa Real.

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Panadería, en la calle de la Fe nº 8. (Foto: CCIM, 1982)

En el siglo XVII el pan se vendía en Madrid por piezas, con unos pesos estipulados que podían ser “roscas“, “panecillos“, “alcachofas“, “francesillas“, etc., y eran distribuidas todas las mañanas por los propios tahoneros en los puestos callejeros, establecidos en cajones, situados principalmente en la Puerta del Sol y sus aledaños.
En ese periodo se fundó la Casa de la Panadería para regular el negocio. El edificio forma parte del conjunto de la Plaza Mayor de Madrid. En un principio, sus bajos albergaban la tahona principal de la Villa y el despacho de pan, y desde 1732 se establecieron los despachos del Peso Real y del Fiel Contraste.

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Antigua tahona y panadería en la calle de Rodas nº 1. Edificio del siglo XVIII en el que hubo una importante tahona que surtía de pan al barrrio de Lavapiés y que se mantuvo hasta los años ochenta del siglo XX. En 2008 el estado de abandono del edificio, que amenazaba ruina y los negocios especulativos de los promotores afines al poder municipal determinaron su derribo en 2011. (Foto: Enrique F. Rojo, 2008)

Tipología panadería

Las panaderías de las que quedan registros descriptivos y gráficos eran todas de finales del siglo XIX y del primer cuarto del XX. Tipológicamente respondían a un patrón probablemente importado de Francia e Inglaterra, que variaba en la calidad de sus elementos ornamentales dependiendo de la localización de los establecimientos.
Como norma general de higiene y limpieza en el interior de las panaderías se estableció  el empleo de pintura al óleo en los techos y parte superior de las paredes, dejándose para el resto el azulejo y la baldosa para el suelo.

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Tahona y panadería en la calle de Rodas nº 1. En 2008 el estado de abandono del edificio, que amenazaba ruina y los negocios especulativos de los promotores afines al poder municipal determinaron su derribo en 2011. (Foto: CCIM, 1982)

El local era de forma regular con un mostrador y un pesebrón siempre de mármol. Las paredes podían tener alguna franja de color pintada o bien esmaltada en el azulejo, formando lacerías o temas florales típicos del Modernismo. Sobre el pesebrón podía haber un espejo y era habitual encontrar un reloj con caja de madera, que podía ser de péndulo, en alguna de las paredes.
El pavimento, por lo general de baldosa hidráulica, presentaba el típico dibujo geométrico de lacería o temas florales con color variado y fondo claro , muy habitual en las construcciones del siglo XIX.

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Panadería. Fachada y letrero. (Foto: CCIM, 1982)

En el exterior eran habituales las puertas de madera con cristales, con portalones o postigos también de madera. En la parte superior, encima de la puerta, se colocaba el rótulo pintado, bien sobre madera o sobre cristal, con una denominación genérica como “tahona“, “panadería” o “fábrica de pan“, y raras veces acompañada con alguna identificación propia tipo “Espiga de oro“. Habitualmente no había escaparate. (Ver: Ana María Gimeno, Panaderías y lecherías en Establecimientos tradicionales madrileños, Cuaderno III)

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Lecheria. Fachada y letrero. (Foto: CCIM, 1982)

Las lecherías

Aunque en la actualidad la leche se considera un alimento de primera necesidad, no sería hasta el primer o segundo cuarto del siglo XIX que la sociedad madrileña y española en general lo incluyese en su dieta diaria.
En el siglo XVI se inician en España las alusiones legislativas a la venta de leche y productos lácteos, que se resuelven ya en 1616, determinando el lugar donde deben ser vendidos.

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Lecheria. Fachada y pórtico. (Foto: CCIM, 1982)

En Madrid su venta se realizaba en las vaquerías, donde podía haber un número determinado de animales estabulados, o bien se surtían de leche que llegaba de pueblos cercanos. A veces también se vendía leche de cabra o de oveja.
Los animales procedían normalmente del norte de España, o se importaban de Holanda o Suiza. Las condiciones de mantenimiento de estos animales no contaban con ninguna garantía de salubridad, dependiendo de cada establecimiento, por lo que la higiene de la extracción y la calidad de la leche que se vendía directamente al consumidor era siempre una cuestión de azar.
Es probable que el negocio de las vaquerías comenzara en Madrid en el siglo XIX con la llegada de un conjunto de inmigrados procedentes del norte de España o de la antigua Castilla la Vieja, que instalaron el negocio y que siendo rentable se multiplicó por gran número de barrios.

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Lecheria de la calle de Buenavista nº 36. (Foto: CCIM, 1982)

Además de la vaquería, propiamente dicha, existía la lechería, donde exclusivamente se vendía el producto y algunos derivados lácteos como yogures, distribuidos por una central lechera, como Danone o Clesa.
A partir de 1965 las vaquerías desaparecen, pues se prohibe la venta de leche fresca no higienizada. Se mantienen las lecherías, que lentamente pierden sentido con la aparición de los comercios de alimentación general o los supermercados que les hacen una competencia incontestable.

Tipología lechería

La lechería era normalmente de pequeñas dimensiones. Solo aquellos locales que fueron vaquerías disponían de una trastienda de gran tamaño, pués conservaban el espacio de los primitivos establos .
Tenían un mostrador de mármol y muchas contaban también con una mesa, igualmente de mármol, junto a una pared, con sillas, recuerdo del tiempo en que siendo vaquería se podía consumir la leche en el local.
Las paredes estaban dispuestas a semejanza de las de las panaderías, con baldosas blancas en su totalidad o hasta media pared, luego rematadas con pintura al óleo, generalmente de color azul. Algunas veces los techos tenían molduras con motivos florales o geométricos. Excepcionalmente desarrollaban temas relacionados con el neoplateresco madrileño: medallones con bustos en perfil, mezclados con guirnaldas o lacerías pintadas.

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Lechería, Cascorro 17. Esta lechería tradicional en la zona de el Rastro constituye un ejemplo del modelo establecimiento de este tipo del Madrid tradicional de inicios del siglo XX, con con molduras,  guirnaldas y lacerías decorando las paredes. (Foto: CCIM, 1982)

En alguna de las paredes, detrás del mostrador era habitual que se colocara un gran espejo con marco de madera, con motivos diversos, que servía de elemento decorativo, ampliando el espacio, y como sistema de control de la clientela mientras el vendedor se daba la vuelta para elegir el producto solicitado. También era característico de las lecherías un pequeño lavabo, seguramente de la época de las vaquerías.
El acceso al local, cuya fachada podía recubrirse de marmol, se reducía a una puerta de madera acristalada, preferentemente de color verde.
Normalmente carecían de escaparates y el rótulo que anunciaba el local se podía pintar en madera o en cristal. Cuando la portada era de mármol las letras eran de latón dorado.
Algunas lecherías dilataron su existencia ampliando el negocio de los lácteos con el despacho de pan, en la época de las barras llamadas “pistolas“, que se fue extinguiendo a lo largo de la década de los setenta del siglo XX hasta desaparecer.
(Ver: Ana María Gimeno, Panaderías y lecherías en Establecimientos tradicionales madrileños, Cuaderno III)

NOTA: De los negocios dedicados a panadería, despacho de pan o lechería que habían iniciado su actividad a principios del siglo XX  o incluso antes, ninguno cruzó  la frontera del siglo XXI.

A continuación sigue una escueta lista  de negocios que funcionaban en 1982. Ninguno de ellos existe en la actualidad. Aunque las lecherias  desaparecieron mucho antes, por razones evidentes ya mencionadas en el texto anterior, muchas tahonas se mantuvieron activas, vendiendo el pan a panaderías de barrios y también despachando directamente. La moda de los panes congelados y de las franquicias panaderas acabaron con el vetusto negocio. Curiosamente, en 2020, el negocio del pan tradicional, no sólo recupera las viejas fórmulas sino que ha generado una moda de consumo. Es posible que estemos en el renacimiento del arte panadero y de los establecimientos dedicados exclusivamente a la venta de pan. Ahora, eso sí, mucho más sofisticados y también mucho más caro.   (Ver: Ana María Gimeno, Panaderías y lecherías en Establecimientos tradicionales madrileños, Cuaderno III)

Carlos Arniches 19 DERRIBADO
Buenavista 36,  REFORMA Y CAMBIO DE NEGOCIO
San Blas 1, REFORMA Y CAMBIO DE NEGOCIO
Fé 8,  REFORMA Y CAMBIO DE NEGOCIO
Arganzuela 21,  REFORMA Y CAMBIO DE NEGOCIO
Olmo 5,  REFORMA Y CAMBIO DE NEGOCIO
Mira el sol 4,  REFORMA Y CAMBIO DE NEGOCIO
Rodas 1 DERRIBADO
Cañizares 3,  REFORMA Y CAMBIO DE NEGOCIO
San Carlos 4,  REFORMA Y CAMBIO DE NEGOCIO
Ave María 41,  REFORMA Y CAMBIO DE NEGOCIO
Cascorro 17,  REFORMA Y CAMBIO DE NEGOCIO
Cardenal Silíceo 3 DERRIBADO

Referencias.-

Establecimientos tradicionales madrileños (Cuaderno III)
Edición Cámara de Comercio e Industria de Madrid
Madrid, 1982

Rojo F. Enrique
La Prosperidad, 1862-2012
Temporae Ediciones
Madrid, 2012 (5ª edición, 2019)

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Casa García-Mastral -1968-01

Casa García-Mastral en Raimundo Fernández Villaverde nº 67 (1968). Tenía planta baja y dos alturas con siete ventanas balconadas con forja de hierro de igual factura. La simetría de la fachada original mostraba la planta que daba a la calle con la entrada al portal en el centro y en los laterales dos bajos comerciales con tres huecos cada uno para acceso y escaparates.

En torno a 1920 el matrimonio García-Mastral, Pascuala y Enrique, ella procedente de Longares, en Zaragoza, y él de Madrid, después de haber adquirido una modesta parcela en los terrenos denominados de “García Montero” en el término municipal de Chamartín de la Rosa, junto a la Ronda del ensanche, y casi enfrente del hipódromo de la Castellana, comenzó la construcción de la casa, que hasta su derribo, sería su casa familiar.

Plano Facundo Cañada 1902 sección Ronda de Ensanche copia

Sección del plano de Facundo Cañada de 1902. Se observa el tramo de la ronda del Ensanche o paseo de Ronda a la altura del hipódromo de la Castellana. En amarillo se muestra el lugar donde en 1925 se construyó la casa García-Mastral.

Construcción de la casa

Pudo ser una soleada mañana de junio de 1925. Enrique había sido joyero y emigró a Ginebra para trabajar como electricista en obras de edificios. Ahí aprendió el oficio de maestro albañil y, por su inquietud, su futuro oficio de relojero. Aquella mañana se encontró con su cuadrilla, algunos emigrantes, recién llegados como él y colegas de la construcción.

El terreno estaba situado al final de la calle de Modesto Lafuente, rodeado de quintas, como Villa Covadonga, algún tejar y huertas, como la de la tía Juliana, que aprovechaban el paso de la acequia del este para fabricar ladrillos y regar. Casi enfrente se encontraba el taller de precisión de artillería (derribado en 2017) y más lejos, hacia Cuatro Caminos, el hospital de jornaleros, el Grupo Escolar Cervantes y la Iglesia de Nª Señora de los Ángeles, en la calle de Bravo Murillo.

Plano parcelario 1947

Sección del plano parcelario de 1947 del Ayuntamiento de Madrid. La casa García-Mastral pasó de tener el número 15 de Raimundo Fernández Villaverde al 57 y más adelante, según se urbanizaba a ambos lados de la calle, el número 67. En color azul el “canalillo, flanqueado por filas de árboles.

Enrique levantó con su cuadrilla un edificio de 20 metros de fachada mirando a la Ronda (a la altura de la actual Raimundo Fernández Villaverde nº65), con casi seis metros de fondo. El estilo de la casa era neomudéjar bastante sobrio, muy de moda a principios del siglo XX especialmente en construcciones religiosas, escolares y muy habitual en las viviendas populares madrileñas.

La casa se hizo de ladrillo visto recocho, comprado en alguno de los tejares de la zona. Tenía planta baja y dos alturas con siete ventanas balconadas con forja de hierro, todas iguales. La simetría de la fachada mostraba la planta que daba a la calle con la entrada al portal en el centro y en los laterales dos bajos comerciales con tres huecos para acceso y escaparate.

Foto aérea 1967

Foto aérea de 1967 de la zona de Raimundo Fdez Villaverde. (Foto: NomeCalles, CAM)

Junto a la fachada oeste pasaba, haciendo una curva, la acequia de riego del este, conocida como el “canalillo“, que siguiendo esa dirección se abastecía de las aguas sobrantes del Canal de Isabel II. Tenía algo más de un metro de ancho y metro y medio de profundidad, y con el tiempo se fue soterrando hasta hacerlo desaparecer por completo en la década de los sesenta del siglo XX, quedando normalmente por encima un camino que seguía su recorrido y delataba su presencia.

Enrique García, alquiló parte del edificio y los locales, reservando  el primer piso para residir con su famila, que para entonces en 1927 se componía, además de él, de su mujer Pascuala y de su primera hija Encarna. Años más tarde nacería Gloria.

Padres Gloria y Encarna-1932

Pascuala Mastral y Enrique García de la Serna con su hija Encarna de cinco años paseando por el paseo de Ronda en los alrededores de su casa en el invierno de 1932.

Transformación del barrio

En noviembre de 1917 se había aprobado la nueva denominación del tramo del paseo de Ronda que iba desde el paseo de la Castellana hasta la glorieta de Cuatro Caminos, por lo que la casa, que estaba ya en Raimundo Fernández Villaverde, tuvo diferentes numeraciones según se iba urbanizando la calle a ambos lados: 15, 57 y 67.

En la década de los 30 del siglo XX casi enfrente de la casa de los García-Mastral se construía la colonia de casas de la Cooperativa de la Asociación  General de Ayudantes y Auxiliares de los Cuerpos de Ingenieros Civiles y Arquitectos del Estado, conocida como Colonia Maudes, por encontrarse junto al camino que conducía al caserío de Maudes en Chamartín de la Rosa.

Seguramente Enrique conoció a Manuel Cerrada y a los hermanos Borrella, miembros de la Cooperativa que construyó la colonia, que por aquella época andaban de arriba abajo liados con las obras. También pudo haber conocido a Fernando Sánchez Viloria y al doctor Álvaro Bobillo,  todos  miembros de la Sociedad Cooperativa constructora, y este último durante un tiempo médico del barrio.

Casa García-Mastral-1968 -02

Casa García-Mastral en Raimundo Fdez. Villaverde, 67. La calle tenía dos calzadas dobles para cada sentido separadas por un ancho paseo con dos filas de árboles en los laterales. En la foto se ven circulando dos taxis Seat 1500, y aparcados junto a la casa un Renault Gordini 600, una furgoneta Ebro-Fadisa de 1966 y un Citroën 2 cv. de 1963. El edificio de pisos más próximo es el actual número 61 de la calle.

La zona iba adquiriendo poco a poco un aspecto muy distinto al que había conocido la familia cuando llegó. Además de los hotelitos de la colonia Maudes que se comenzaron a levantar en 1931, en 1933 se derribaba el hipódromo de la Castellana para iniciar la construcción de los Nuevos Ministerios. También se edificó en 1940 el Colegio Patrocinio de San José, en el nº 59 de la calle y al que se accedía a través de un portón junto a la casa García-Mastral.

Construcción de AZCA 1973

Construcción de AZCA 1973. (Foto: Blog Historias Matritenses)

AZCA y el final del antiguo barrio

El conjunto AZCA  (Asociación Mixta de Compensación de la Manzana A de la Zona Comercial de la Avenida del Generalísimo -paseo de la Castellana-), surgió en los planes de ordenación del ensanche de Madrid de 1946. Antes hubo otros, que fueron modificándose hasta que en 1954 la Comisaría General de Ordenación Urbana de Madrid convocó un concurso  cuyo proyecto ganador, inspirado en los anteriores,  originó el Plan Parcial de 1957, definitivamente aprobado en 1964 y ejecutado al final de esa década.

AZCA se planteó como una supermanzana en el ensanche norte de la Castellana destinada a albergar viviendas en altura, viales subterráneos para la circulación de vehículos, enlace ferroviario, paseos peatonales, edificios comerciales y de oficinas y hasta un Teatro de la Ópera que nunca llegó a construirse.
Para poder desarrollar el proyecto se creó una Asociación Mixta de Compensación, controlada por el Ministerio de la Vivienda, que intervino en la negociación de las expropiaciones.

Inauguración Coste Inglés Castellana ABC 1969-02

Página publicitaria interior del diario ABC publicado el domingo 16 de noviembre de 1969 anunciando la inauguración del nuevo “centro comercial de El Corte Inglés de Generalísimo”, en Raimundo Fernández Villaverde núm. 79. (ABC, 16/11/1969)

Los propietarios de la zona, obligados a vender, poco a poco fueron cediendo y el suelo liberado quedó en manos de importantes promotoras de la construcción, entidades financieras y grandes propietarios del sector servicios.
A finales de 1968 se inició la urbanización de la supermanzana, así como el comienzo de la edificación del primer solar del conjunto, perteneciente a El Corte Inglés, al lado de la casa de la familia García-Mastral. Ese mismo año, el colegio Patrocinio de San José abandonó sus instalaciones y con la idemnización construyó otro centro.

Afectada por la influencia en la zona del Plan de Ordenación Urbana, la colonia Maudes se comenzó a demoler en 1976 y desapareció totalmente en 1978. Su solar lo ocupó un conjunto de modernos y lujosos edificios de viviendas denominados Géminis I y II.

Precisamente durante esta década de los setenta se concluyeron definitivamente las negociaciones con las últimas propiedades que todavía no habían eceptado los términos de las expropiaciones y aún mantenían litigios con el Ministerio de la vivienda.

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Casa Garcia-Mastral, 1968. (Foto: Blog Historias Matritenses)

Fue el caso de la familia García-Mastral que en 1973 aceptó los términos del Ministerio y entregó su casa. Es probable que la derribaran ese mismo año, o en 1974. En su lugar se construyó una de las torres más emblemáticas de Madrid, no solo por la complejidad del proyecto, sino por el suceso que significó su final: la torre Windsor.

En la actualidad, tras la demolición de la torre Windsor debido al incendio que sufrió, se levantó una nueva torre, la torre Titania, ligada al complejo comercial de El Corte Inglés, que ocupa el mismo número 65 de la calle, el antiguo 67 de la casa García-Mastral.

Calle Raimundo Fernandez con Orense_colegio Patrocinio San José 1968

Calle Raimundo Fernandez con Orense. Al fondo se ve la colonia Maudes y en el centro de la foto el colegio Patrocinio San José. (Foto, circa 1968)

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Raimundo Fdez. Villaverde a la altura del edificiotorre Titania, que ocupa el lugar donde estuvo latorre Windsor” y con anterioridad la casa García-Mastral. (Foto:  © Google Maps, 2013)

Referencias.-

Colegio Patrocinio de San José (Blog Historias Matritenses, 2011)

Hospital de jornaleros San Francisco de Paula (Blog Urban Idade, 2016)

AZCA (Wikipedia)

Torre Windsor (Wikipedia)

Colonia Maudes de Ayudantes de Ingeniería (Blog Historias Matritenses, 2008)

VV.AA.
Arquitectura de Madrid. Ensanches
Fundación COAM
Madrid, 2003

Rojo Escobar, Enrique
Rodríguez Zapata, Carlos
Chamartín. Album de fotos
Temporae Ediciones
Madrid, 2015

Hemeroteca ABC

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“Pequeñeces importantes” (IV)

“Pequeñeces importantes”. Según la RAE, pequeñeces son: “cosas de poco momento y de leve importancia“, pero si llegan a ser importantes son: “convenientes o interesantes, o de mucha entidad o consecuencia“. Es decir, merecen la pena.

Casa Emilio, López de Hoyos, en la Prosperidad (Foto: Enrique F. Rojo, 2019)

Casa Emilio, López de Hoyos, en la Prosperidad (Foto: Enrique F. Rojo, 2019)

Casa Emilio, “Pequeñeces…” (IV)

Casa Emilio, casa fundada en 1947. En López de Hoyos nº 98. Tiene fama de cañas bien tiradas. Dos generaciones dando nombre a la Prosperidad, en el distrito de Chamartín. Aunque austeros y de trato serio, son “encantadores” a decir de los vecinos. Y a decir de mi amigo Juan Diego, que sube regularmente a la Prospe a “cañear”, arrastrando a la familia y amigos.

Los responsables del local han conseguido que acudan al barrio gente de otros barrios de la capital para disfrutar de sus boquerones en vinagre, estupendos vermuts, mejillones en conserva, anchoas, patatas fritas, y de la cerveza fresca y rica que sirven.

Para los del barrio de siempre, Casa Emilio está  en frente del cine Moderno, que luego cambió de nombre y se llamó cine López de Hoyos; y luego dejo de ser cine y fue  posteriormente cambiado de nombre para ser un salon de bodas, bautizos y otros banquetes, y finalmente y hasta el momento un inmenso gimnasio. Es lo que se ha visto desde las puertas de Casa Emilio, mirando por encima de López de Hoyos desde 1947. Y algunas cosas más, que se callan porque ya no toca. Toda una institución de Chamartín en el barrio de la Prosperidad. Y de Madrid.

Cervezas Casa Emilio

Cervezas Casa Emilio. La foto es de Carlos Rodríguez Zapata, publicada en el libro de 2015 “Chamartín. Album de fotos”. (Temporae Ediciones).

Referencias.-

“Recuerdos del barrio de la Prosperidad”  Recuerdos de la Prosperidad  (Blog “Urban Idade”)

Pequeñeces  (Blog Urban Idade)

Crónica urgente “Presentación Chamartín. Album de fotos” (Blog Urban idade)

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Ciudad Verde

¿Es mi barrio habitable? La ciudad verde.

¿Qué hace que un espacio resulte atractivo?

No todos los espacios públicos de las urbes, mayores o menores, resultan igual de atractivos. Hay lugares poco acogedores que crean malestar entre sus habitantes; y otros que son ejemplo de bienestar y de convivencia.
Los espacios públicos son excelentes cuando atraen la celebración de actividades públicas de todo tipo, en las que se producen intercambios sociales y económicos; cuando en ellos quedan los amigos para verse y las culturas se mezclan; cuando la calle es el acceso amable, libre de barreras arquitectónicas, de ruidos, de contaminación y de vehículos a motor, para llegar caminando a los servicios públicos (bibliotecas, polideportivos, escuelas) donde interactuamos los ciudadanos, entre nosotros y con la Administración. Cuando estos espacios funcionan bien, se convierten en escenario de nuestra vida pública. (Ver: What Makes a Successful Place? PPS, 2018.)

¿Por qué unos espacios tienen éxito y otros no?

En las ciudades, o en los barrios, para ser habitables, tiene que primar la calidad del  espacio público.
Según un estudio de la organización sin ánimo de lucro  PPS (Project for Public Spaces) existen cuatro características comunes en los espacios públicos funcionales de éxito: son accesibles y la gente puede realizar cualquier actividad; son agradables y visualmente atractivos; y por último, invitan a la sociabilidad (donde encontrarse con los amigos y, por ejemplo, adonde llevar a quienes visitan la ciudad).

La ciudad habitable, así como el barrio o la calle habitable tienen una densidad media o baja, poseen espacios verdes, son transitables o “paseables”, priman al peatón frente al vehículo privado -impulsando el transporte público y el uso de bicicletas, patinetas, etc.-, abriendo calles peatonales que antes fueron exclusivas del coche; combinan el uso residencial con el comercial, potenciando el comercio de proximidad y evitando la elitización residencial; gestionan el agua y los residuos de manera eficiente. Y, sobre todo, priorizan la seguridad, la igualdad y la libertad de sus vecinos.

Para facilitar el análisis de cualquier espacio urbano y concluir si es bueno o es malo, PPS ha elaborado una sencilla herramienta en forma de diagrama. (Ver: What Makes a Successful Place? PPS, 2018.)

¿Cómo utilizar el gráfico?

El centro del diagrama circular representa un lugar específico de cualquier agregado urbano: un barrio, una calle, una plaza, un parque, etc. Se puede hacer una valoración de un espacio conocido en virtud de cuatro criterios situados en los cuadrantes coloreados del segundo círculo. El anillo siguiente muestra un grupo de aspectos intuitivos, subjetivos o cualitativos para valorar el espacio, (como amigable, cómodo o seguro, etc). El anillo exterior marca aspectos objetivos o cuantitativos que se pueden medir estadísticamente, (como datos de delincuencia o niveles de renta, etc).

Que hace que un lugar resulte atractivo
Herramienta en forma de diagrama elaborada por PPS -Project for Public Spaces-. (Ver: What Makes a Successful Place? , PPS, 2018.)      Adaptación del gráfco: URBAN IDADE

Referencias.-

What Makes a Successful Place? (Project for Public Spaces (PPS), 2018.

Hacia una calle más habitable: nuevas tecnologías y movilidad sostenible
Blog Master Nuevas tecnologías y movilidad sostenible.
Miguel Mayorga Cárdenas 10 Octubre, 2018
Universitat Oberta de Catalunya

Urbanismo y Sostenibilidad Urbana
Ministerio de Fomento. Gobierno de España

Reparto Modal
¿Cómo nos movemos en España? PDF
Observatorio de la Movilidad Metropolitana (OMM)
Congreso Nacional del Medioambiente(CONAMA), 2014.

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Fontanería Urban IdadeBB

Mi abuelo tenía un negocio viejo en el que vendía llaves, grifos, racors, codos, empalmes y tuberías de todo tipo desde mucho antes del siglo XXI. También vendía gutapercha, enchufes e interruptores y cables de cobre ; y pez y minio en botes negros, y para sellar las tuberías de plomo estopa de cáñamo enrollable. Y más cosas. Todo un negocio viejo, rentable antes del siglo XXI.

En el número 46 de la calle del Ventisco de la capital se estableció en 1927 mi abuelo, el fundador del negocio. Lo llamó Urban Idade porque le gustó el regusto arcaico del nombre y porque le pareció que le daba empaque un letrero que sonaba a latín.

En España, en el siglo pasado -tal vez hoy también- se vivía muy atento a la imagen que sugería el siempre contundente cartelón de un comercio, cuyos matices aseguraban calidad y buen servicio. En realidad, Urban Idade nunca fue una empresa pionera; siempre fue un pequeño comercio familiar con poca proyección.

La fontanería se llamó Urban Idade, en castellano, aunque sonara a latín. Un nombre imposible para una fontanería que pretendía ser universal en una ciudad como la nuestra, que siendo la capital, era como un pueblo grande sin pretensiones. Por eso, el tiempo impuso la razón del idioma o el idioma impuso su razón en el tiempo y el viejo negocio imposible de fontanería de mi abuelo tuvo que reconvertirse en blog universal sobre  las redes urbanas, algo parecido a la fontanería; y también dificil de leer: URBAN IDADE.

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Casa Pajuelo, Atocha 95 (Foto: Enrique F. Rojo, 2018)

Casa Pajuelo, Atocha 95 (Foto: Enrique F. Rojo, 2018)

“Pequeñeces importantes” (III)

“Pequeñeces importantes”. Según la RAE, pequeñeces son : “cosas de poco momento y de leve importancia“, pero si llegan a ser importantes son : “convenientes o interesantes, o de mucha entidad o consecuencia“.

Casa Pajuelo

Subiendo por Atocha hacia el barrio de las Letras hay un comercio abierto en 1946 especializado en productos apícolas: la miel y sus derivados. Es Casa Pajuelo (Atocha, 95) donde venden todo tipo de mieles en sus variedades de acacia, espliego, tomillo, brezo, cantueso y azahar, entre otras. Venden también caramelos, legumbres, semillas  y artículos para la matanza: tripa natural o artificial  para embuchar chorizos y todo tipo de embutido, cordeles para atarlos y sazonadores como salchichonal, chorizol o butifarrol.

Casa Pajuelo Interior

Casa Pajuelo (Atocha, 95), interior de la tienda (Foto: , 2015)

Butifarrol

Preparado de “Matanza” para elaborar butifarra de la casa RUCA de Granada que se puede encontrar en Casa Pajuelo.

¿De cuánto tiempo contamos para que este tipo de negocios deje de formar parte del paisaje madrileño? Es la pregunta que angustia a los propietarios, a los comprometidos clientes y también a los observadores, escritores, escribidores blogueros, periodistas entusiastas, historiadores y a toda la ralea de pensadores urbanos que sufren viendo el panorama.
Desconocemos el futuro, pero lo auguramos funesto. Si alguien tiene el remedio, que lo diga.

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“Pequeñeces importantes”.

Vamos a hacer antítesis de términos con significados en apariencia opuestos pero que pueden ser complementarios .
Según la RAE, pequeñeces son : “cosas de poco momento y de leve importancia“, pero llegan a ser  importantes  si son : “convenientes o interesantes, o de mucha entidad o consecuencia“.

A partir de esta entrada veremos algunas pequeñeces importantes. Espacios urbanos, construcciones, edificaciones, comercios, bares, que tuvieron interés en la vida de la ciudad. En su momento, de exigua importancia, insuficiente para destacar,  pero, con el tiempo interesantes y,  más allá, consideradas de gran valor. La mayoría ya no existen y algunos sobreviven adaptados a los nuevos tiempos. Su valor lo testimonian las imágenes actuales y otras anteriores de cuando aquellas pequeñeces eran actuales.
La fotografía aporta el valor testimonial de la importancia de aquellos lugares aparentemente pequeños que ahora podemos calificar definitivamente como importantes.

Librería médica Nicolás Moya. Calle Carretas, 29_1980

Librería médica Nicolás Moya. Calle Carretas, 29 (1982).

Librería médica Nicolás Moya

La Librería Nicolás Moya es un emblemático establecimiento fundado, por Nicolás Moya, en 1862. Está situado en la calle Carretas, 29, muy cerca de la Puerta del Sol y de la Plaza Jacinto Benavente. Por situarnos temporalmente, en aquellos años estaban surgiendo, por ejemplo, barriadas como la Prosperidad o la Guindalera, barrios paradigmáticos de la nueva periferia madrileña, en una ciudad que disparaba su crecimiento, surgida a partir del Ensanche de Carlos María de Castro de 1860.

Originariamente la librería se especializaría en la venta de libros de Medicina, aunque con el paso de los años fue ampliando las áreas científicas o profesionales, como la Veterinaria, ganadería y agricultura, o la náutica.

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Librería médica Nicolás Moya. Calle Carretas, 29  en Madrid. (Foto: El mochilero gráfico, 2015)

Inaugurada en octubre de 1862 por el señor Nicolás Moya, abrió con la intención de vender solo libros médicos.  Pero Nicolás Moya quiso ampliar el espectro y añadió volúmenes de otras ciencias que se alimentaban en las tertulias de eruditos que acudían a su trastienda. Uno de sus más asiduos visitantes fue el Premio Nobel de Medicina, Santiago Ramón y Cajal Fue precisamente Nicolás Moya quien editó y publicó toda su obra.

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Librería Nicolás Moya, en el número 29 de la calle de Carretas. En el escaparate anuncian la liquidación de sus fondos por “cese de actividad”. (Foto: ULY MARTIN, El País, 2019)

NOTA (21/01/2019): La librería Moya, ante la imposibilidad de seguir vendiendo libros por falta de clientes, ha anunciado la “liquidación total por cese de actividad”.

Referencias.-

Esta es la historia de la librería más antigua de Madrid (Revista GQ, 11 /mayo/2015)

Librería médica Nicolás Moya. Calle Carretas, 29 (El mochilero gráfico, 18 abril, 2015)

Librería Nicolás Moya, páginas de ciencia centenaria (Expansión, 7 de marzo de 2018)

VV. AA.
Establecimientos tradicionales madrileños. Cuaderno III
Cámara de Comercio e Industria de Madrid
Madrid, 1982

Rojo Escobar, Enrique F.
La prosperidad. 1862-2012
Temporae Ediciones
Madrid, 2012

La librería Nicolás Moya echa el cierre (El País, 21/Enero/2019)

 

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Plaza central del mercado de Bolhão, 1920. Arquivo Municipal do Porto

El mercado de Bolhão de Oporto

El Mercado de Bolhão en la ciudad portuguesa de Oporto se constuyó en 1915 sobre el espacio que ya ocupaba un primitivo mercado de calle que cubría una manzana completa.
Sus dos alturas salvan la diferencia de nivel entre los dos extremos más alejados de la manzana, además de acondicionar una zona comercial cubierta que no existía en origen. El proyecto lo realizó António Correia da Silva , un arquitecto becado por la École des Beaux Arts y que acabó siendo Arquitecto del Ayuntamiento de Oporto en 1911.

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Barracas en la plaza interior del mercado. Año 1923.  Anuário da Câmara Municipal do Porto,

Su construcción se caracteriza por su monumentalidad, propia de la arquitectura neoclásica. Hay cuatro entradas principales a diferentes espacios: la entrada sur da acceso al piso de planta baja, las entradas laterales por la calle de Sá da Bandeira y por la calle Alexandre Braga dan acceso a un área intermedia con escaleras que la conectan a ambos pisos, y finalmente, la entrada norte por la calle de Fernandes Tomás, que da acceso directo al piso superior. Los vendedores del mercado se distribuyen en los dos pisos.

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Planta del mercado del proyecto original de Correia da Silva. (Arquivo Municipal do Porto)

El mercado goza de mucha fama y a diario lo visitan gran cantidad de vecinos y de turistas. Del conjunto arquitectónico destacan sus piezas más humildes, pero más fantásticas: los pabellones centrales, más conocidos como las Barracas – construcciones en miniatura de inspiración más o menos regionalista, pero especialmente pintorescas, con un diseño y una profusión de detalles que llaman la atención: celosías de madera, ventanas de guillotina neo-góticas, columnatas; y una variedad de chimeneas de ventilación y tejadillos de pizarra más que interesantes.

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Planta y alzado del modelo de mayor tamaño de las barracas del mercado. (Arquivo Municipal do Porto)

Este espacio se diseñó como una plaza cerrada de dos pisos, con tiendas, almacenes y restaurantes en ambas plantas, unos con vistas a la calle y otros al patio interior. El proyecto original contemplaba una cubierta de hierro y vidrio sobre el mercado, solución original pero costosa que nunca avanzó más allá del papel.

El 22 de febrero de 2006 fue declarado edificio de interés público y en 2013 se lo clasificó como monumento de interés público.

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Barracas en la plaza interior del mercado. Año 1923.  Anuário da Câmara Municipal do Porto,

Tipologías de las “barracas”

A decir verdad, en medio del escenario aparentemente caótico del mercado, las barracas conservan su atractivo y su función. El diseño peculiar y los detalles tan característicos de arquitectura regionalista portuguesa contrastan notablemente con las estructuras, arcos y cúpulas de las naves principales de estilo Beaux-Arts.

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Barraca grande, en la actualidad bar-cafetería. (Foto: OPS, 2014)

Existen diferentes tipologías de “barracas”, repartidas en cuatro tamaños: grandes, medianas, pequeñas y muy pequeñas.; las de mayor tamaño disponen de arcos;  las medianas no, y se sustituyen por ventanas de guillotina posteriores, con paños de vidrios mayores que contrastan en escala con el resto. Al nivel más bajo de la pared destacan las parrillas de ventilación, junto al pavimento.

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Barraca grande, en la actualidad dedicada a la restauración. (Foto: OPS, 2014)

En estos recintos cabe una tienda pequeña, con sus arcos, celosías y las chimeneas de ventilación que les dan un aspecto tan peculiar, especialmente cuando se ven desde la calle más elevada del mercado. Las columnas vinculadas a los cimientos están revocadas y entre éstas hay siempre un mínimo espacio dedicado a azulejos simples, tan característicos de la arquitectura tradicional portuguesa.

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Barraca grande con frente de columnas de hormigón. decorado con celosías de madera y azulejos. El tejado de madera y antes de la última reforma, cubierto con lajas de pizarra, actualmente recubierto de material bituminoso. (Foto: OPS, 2014)

Las ventanas de guillotina son de algún momento posterior a la construcción original de las barracas. Llaman la atención por ser un género poco habitual, más propio del mundo anglosajón, con más vidrios en la parte baja que en la superior, con patrones de 6 sobre 9 divisiones, 4 sobre 6, e incluso 12 sobre 18 rectángulos. Destacando que la hoja inferior, a pesar de ser más alta, abre completamente.

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Vista general desde el corredor de la segunda planta del mercado. (Foto: Wikipedia Commons)

Ventanas de guillotina

Ventanas de guillotina en una barraca de tamaño pequeño. (Foto: OPS, 2014)

Algunas de las barracas inferiores en tamañao se presentan sin ventanas, cerradas por vidrieras con bastidores de clara inspiración neogótica del siglo XIX, con varios modelos dentro del mismo diseño. Otras, también de tamaño reducido, se presentan más anchas y en versión “abierta” y “cerrada”. La abierta se asemeja a una interpretación tradicional de una columnata de la Antigüedad o de un templo clásico extendido ad infinitum.

Barraca de tipo

Barraca de tipo “pequeño” abierta, sin ventanas. (Foto: OPS, 2014)

Las “barracas” clasificadas como muy pequeñas están situadas en los laterales del mercado y son tan pequeñas que muchas de ellas se utilizan principalmente como mostradores con el dependiente situado fuera. A penas son más que una columnata doble cubierta.

Barraca, calificada como

En esta barraca, calificada como “muy pequeña”, el intercolumnio se cubre con ventanas de guillotina de varios tamaños. La dependienta espera a la clientela fuera del local. (Foto: OPS, 2014)

Barraca de tipo

Barraca de tipo “pequeño” en su versión abierta sin ventanas, con intercolumnio desarrollado “ad infinitum”, a modo de templo clásico.. (Foto: OPS, 2014)

Rehabilitación del mercado

Al margen de la malograda ejecución del proyecto original, con el tiempo el patio central del mercado se pobló de puestos con cubierta, las “barracas”, que ahora se pueden ver, con su original arquitectura, y que aportan la imagen más característica y llamativa del mercado. En estos momentos, la falta de mantenimiento adecuado ha provocado la urgencia de su reparación.

Mercado de Bolhão (Wikipedia)

Exterior del mercado de Bolhão de Oporto (Foto: Wikipedia Commons)

La primera vez que se planteó la necesidad de abordar una rehabilitación profunda del mercado fue en 1984, después de que los servicios municipales de Oporto detectasen algunas patologías estructurales graves. A raíz de estas anomalías, los técnicos resolvieron la necesidad de una intervención de consolidación y rehabilitación del recinto. El Ayuntamiento convocó un concurso internacional  cuyas bases fueron: mantener el carácter general del edificio, en cuanto a sus elementos formales y funcionales; la continuidad del mercado tradicional; y la recuperación de los espacios perdidos.  El concurso lo ganó, en 1992, el proyecto presentado por el arquitecto Joaquim Massena, que se ejecutó entre 1996 y 1998.

Proyectos actuales

Pasado el tiempo, parece que los trabajos de la intervención de hace tres lustros no ha logrado mantener la buena salud del complejo, por lo que se hace necesario acometer una nueva reforma. Para su rehabilitación se han presentado diferentes propuestas, algunas de ellas con la idea de convertir el espacio en oficinas, en un centro comercial al uso del siglo XXI, o incluso en un rascacielos.
Uno de los proyectos más interesantes apuesta por mantener su función principal como mercado, mirando por la restauración de los detalles originales del edificio y eliminando los añadidos modernos fuera de contexto. Esto por lo que respecta al edificio principal. Sin embargo, en cuanto a las “barracas”, la idea general aboca a su demolición para substituirlas por una genérica “reinterpretación moderna”. Queda claro, que parte del corazón del recinto desparecería de producirse la demolición. Por este motivo ya se han alzado algunas voces que reclaman al consistorio de Oporto la conservación de las construcciones, como la de los arquitectos Alexandre Gamelas y Catarina Santos quienes desde su web solicitan firmas para sacar adelante su petición.

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Aspecto ideal de la reforma del mercado con las barracas recuperadas.

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Imagen del proyecto de rehabilitación del mercado que prevé la reinterpretación de los pabellones de la plaza (barracas) a partir de construcciones de nueva planta. Câmara Municipal do Porto

Referencias.-

Old Portuguese Stuff (Web portuguesa de arquitectura)
Mercado de Bolhão (Wikipedia)
Mercado do Bolhão e Livraria Lello classificados como monumentos de interesse público (Público, 20/09/2013)
Dupla de arquitectos do Porto tenta preservar barracas do Bolhão (Público, 06/08/2015)

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(Foto: © Enrique F. Rojo, 2015)

Gatos de Madrdid

De los oriundos de Madrid muchos se han referido como gatos y así ha quedado el término como uno de sus gentilicios más festivos.

Aunque dice una leyenda local que en la conquista de Madrid, en tiempo del Rey Alonso VI de León, fue la habilidad gatuna de un soldado que trepó la muralla  la que dio por llamar así a los madrileños, podría valer cualquier otro argumento para dar por justificado el mote.

Gatos noctámbulos

Por ejemplo, el gusto de los habitantes de la villa por recorrer de noche sus calles. Hábito que aún hoy se conserva y legitima el apelativo. Ya se sabe que la noche es el territorio del género felino o, mejor, de la especie felina,así no hay duda,  especialmente en Madrid, capital del reino, donde a pesar de pacata y monacal, la vida licenciosa y libertina se ejercía tras el ocaso con fruición, atrayendo a gentes de todas partes.

Esta tesis inventada podría valer, con muchas licencias, para acreditar etimológicamente el origen gatuno de los madrileños de antaño que, enmascarados en la oscuridad de la noche serían gatos negros; más gatos aún, pués sabemos que de noche todos los gatos son pardos.

El gato Negro …

El Gato Negro de la calle de Bravo Murillo, número 164, vende uniformes, chandals y polos de colegio. No en vano se encuentra a pocos metros del C.E.I.P. Jaime Vera, extraordinaria muestra de arquitectura escolar debida a Antonio Flórez Urdapilleta, arquitecto vinculado a las construcciones escolares desde los años 20 hasta la Guerra Civil  que dirigió el Departamento de Construcciones Escolares del Ministerio de Instrucción Pública de la II República Española donde ejecutó múltiples trabajos en colaboración con el Ayuntamiento de Madrid como los grupos escolares Menéndez Pelayo, Joaquín Costa, Concepción Arenal, Pérez Galdós y Pardo Bazán.

… el colegio  y la Residencia …

De los edificios proyectados por Antonio Flórez se conservan los ya citados grupos escolares y los Pabellones Gemelos y el Pabellón de Laboratorios o Transatlántico (1913) , de la Residencia de Estudiantes, en la calle Pinar, en la llamada por Juan Ramón JiménezColina de los Chopos“.

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C.E.I.P. Jaime Vera, extraordinaria muestra de arquitectura escolar debida a Antonio Flórez Urdapilleta.   (Foto: © Enrique F. Rojo, 2008)

El Gato Negro, mantelería, jerséis, sábanas de algodón …

En la calle de Bravo Murillo, número 164, trás el escaparate de amplia vitrina y chillones marcos amarillos se ofrece interesante género de ese que a menudo no sabemos dónde encontrar. A parte de los chandals de algodón, tactel y, quién sabe si todavía quedan muestras de aquellos de aspuma azul con rayas laterales blancas que se disolvían con el calor y/o el rozamiento, encontramos pijamas 100 % algodón, mantelería fina, jerseis o “jarsei” que dicen alguno/as (los mismo/as que confunden  Majadahonda con “majalonda“, refiriéndose a la primera, aunque ambas existan) y ricas sábanas de apretado algodón, también cien por cien. He dicho apretado algodón.

Las sábanas de algodón cien por cien en su modalidad apretada, densa o compacta constituyen un placer excelso e indiscutible. Eso creo yo.

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El Gato Negro, Bravo Murillo, número 164, con calle Ávila. (Foto: © Enrique F. Rojo, 2007)

Telas de algodón

Para todos aquellos que hayan tenido el infortunio relativo de dormir en una cama de un hospital público o la suerte indiscutible de hacerlo en un hotel de más de tres estrellas, la pregunta es la misma: ¿dónde venderán esas sábanas tan acogedoras? Seguramente es un truco de ambas instituciones para que no te vayas y el secreto forme parte de la conspiración. Porque te necesitan.

Pués bien, con toda probabilidad en el Gato Negro las tendrán. Igual que tienen camisas de hombre, ropa de mujer, vestuario laboral, excelentes monos de trabajo azules  y …, en fin,  muchas sorpresas dignas de un noctámbulo gato negro.

El Gato Negro, con sus telas de algodón, se encuentra en los bajos de un bonito edificio de elaborados aparejos de ladrillo de hace más de un siglo (c. 1900). Sin saber a qué fecha se remonta el origen del establecimiento, si parece que debió de llegar al viejo inmueble cuando todavía no aparentaba vejez alguna. Más de medio siglo, seguramente mucho más.

Otros Gatos Negros

En Madrid hay por lo menos dos Gatos Negros más. En Alcalá 39, una administración de lotería que con su nombre conjura retóricamente la falta de suerte con la fortuna en una divertida paradoja; y un histórico almacén de lanas nacido en Valencia que llegó a Madrid, a la calle de la Paz, en 1915, para establecerse definitivamente en la calle de la Sal, Plaza Mayor,  en 1919. Según cuentan, de este comercio, bastante grande en su origen, apenas queda una cuarta parte. El resto se ha vendido y se ha convertido en una tienda de bisutería y en una panadería belga.

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La Asturiana era una taberna que ocupaba un bajo en el número 23 de la calle de  Vinaroz, en el barrio de la Prosperidad. En la fachada del local había un rótulo pintado a pulso cuyo título decía “Taberna La Asturiana”, con un hórreo dibujado en un extremo. Así no quedaban dudas de la procedencia de los dueños. Al entrar en el bar tenías la sensación de estar en una taberna de aldea. Por dentro todo era sobrio, sombrío y pobretón. La iluminación de tubos fluorescentes, como en una cocina de la época, era también tristísima. El suelo de aburrido y frío terrazo tenía un aspecto gastado y siempre sucio, aunque lo fregasen. Las paredes, algún día blancas, se veían amarillentas, casi marrones, impregnadas del alquitrán de los cigarrillos que fumaba la clientela. Igual que las botellas que había sobre los anaqueles detrás de la barra, marrones y con una añeja capa espesa de polvo, grasa y nicotina.

El bar lo atendía una pareja de mediana edad que con el paso del tiempo nunca dejó de mantener el mismo aspecto de mediana edad, aunque fueran envejeciendo. Se llamaban, Antonio y Cecilia y vivían en la Prosperidad, en un edificio moderno de los años 70 muy cerca de López de Hoyos. Creo recordar que eran de algún lugar de los alrededores de Salas, la puerta del Occidente de Asturias, según Wikipedia.
Antonio, que tabajaba como fontanero, se mostraba siempre serio, desconfiado y algo socarrón. A veces se desprendía cierto sarcasmo en sus lacónicas frases que siempre tenían una marcada entonación asturiana y una ironía indescifrable que desconcertaba.
Al igual que la taberna, Antonio tenía aspecto rudo de aldeano. Especialmente por su vestimenta que se componía siempre de pantalón de pana marrón y camisa de cuadros de franela tipo leñador, formando un conjunto muy rústico que evocaba su origen asturiano. Su mujer, Cecilia, cuando estaba en el bar siempre se ponía un mandilón con bolsillos, a cuadros azules con fondo blanco o al revés,  de esos que llevan las señoras mayores en los pueblos del norte de España.

La Asturiana recreación 2018

Cuando entrabas en la taberna, cuando franqueabas la puerta de aluminio gris  del local,  parecía que habías atravesado una barrera espacio-temporal, y de estar en una calle de la Prosperidad madrileña aparecías de golpe y porrazo en un lugar cualquiera del agro asturiano. Curiosa sensación, cada vez más difícil de experimentar. (Foto/Montaje: Enrique F. Rojo, 2018)

Los parroquianos de La Asturiana eran peculiares. Había gente mayor, la mayoría. Tal vez jubilados a los que les debían de echar de casa sus mujeres para que no molestasen mientras ellas limpiaban o hacían la comida y les mandaban a que se entretuviesen dando paseitos y dándole de comer a las palomas. Podían pasar media mañana en el Nicolás Salmerón, centro de mayores de referencia para esta generación, jugando al tute, al mus o al dominó. Pero luego, a eso del mediodía, lo que hacían era gastar el resto de la mañana y la pensión bebiendo un vino tras otro. También había gente más joven, algunos habituales, de borrachera diaria y ya con problemas serios de adicción al alcohol. Los fines de semana se juntaban todos y la combinación resultaba chocante. También había otros clientes, menos fieles, de sábados por la tarde, que llenaban el pequeño bar fumando, bebiendo cerveza y charloteando a gritos con los conocidos. La tele, cuando se encendía, se ponía a todo trapo. Antonio siempre fue duro de oido. También iba a menudo por allí su hijo Fermín, simpático y pragmático, que ayudaba a sus padres con gran tesón. Fermín acabó siendo el encargado de “confraternizar” con la clientela más joven que acudía a La Asturiana los fines de semana con ánimo festivo.

En "La Asturiana", el vino se trasegaba de unos bidones pásticos a las frascas de vidrio grueso, que se iban vaciando mientras llenaban un vaso tras otro. (Foto: Enrique F. Rojo, 2012)

En “La Asturiana”, el vino se trasegaba de unos bidones pásticos a las frascas de vidrio grueso, que se iban vaciando mientras llenaban un vaso tras otro. (Foto: Enrique F. Rojo, 2012)

El vino que se servía, era a granel, del barato barato, y se trasegaba de unos bidones de plástico grandes en los que llegaba del camión de reparto, a botellas de cristal o a frascas que iban a parar a los vasos cortos de duralex en los que se consumía con avidez por la sedienta, aburrida y tristona clientela.
También se especializo la Asturiana en la venta de cervezas de litro El Águila, cuando todavía venían cerradas con chapa y se abrían con abridor o en el canto de la mesa o de la barra, a hurtadillas. Y después fueron pioneros en la distribución del nuevo cierre a rosca cuando todavía era una novedad en Madrid, incluso en las grandes superficies. Vendían las litronas por cientos al día, especialmente los fines de semana. Y cuando había fiestas en el barrio, seguramente llegaran al millar.
Para quien gustase de la sidra natural con certificación de origen de Asturias, también la había. La traían los veranos a la vuelta de vacaciones. Tenían café de puchero por las tardes, porque la maquina de expreso solo la encendían para el desayuno. Y para hambrientos, hacían una fabada Litoral exquisita recién sacada de la lata.

Cartel Pinchu

El pinchu que aquí vos damos ye un obsequiu del PATRÓN…”

En una de las paredes del bar había un cartelito con un texto que decía: El pinchu que aquí vos damos ye un obsequiu del PATRÓN si protestes lu quitamos nun seas tú protestón, que pa poder ponelu cuéstanos casi un riñón. Non mires tantu el tamañu mira solo la atención. Non te olvides, ye un regalu y non una OBLIGACIÓN . Por supuesto, era pura socarronería, porque no daban pincho y lo único que había de comer eran pipas de Tarancón, patatas fritas “Santa Teresa” -de una fábrica de patatas fritas de la calle Canillas 35-, huevos duros, y la mencionada fabada Litoral, que había que pagar como una consumición más.

Cuando Fermín se casó y marchó a vivir fuera de Madrid, Antonio y Cecilia mantuvieron la taberna abierta unos cuantos años más hasta que decidieron que era hora de jubilarse. Debió de cerrar en 1997 o 1998.
La fachada se modificó y la puerta se transformó en ventana, convirtiéndose el local en vivienda. En la actualidad quien no conociera el bar, difícilmente podrá encontrar su ubicación ya que no queda el más mínimo rastro de su existencia.

(Extraido de “Recuerdos de la Prosperidad“)

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