Derribos en La Prosperidad (Madrid)

Edificio de la calle de Pérez Ayuso número 5, derribado en 2022. (Foto: Enrique F. Rojo)

Como viene siendo  habitual  en Madrid, cuando la ciudad se vacía, se multiplican los derribos de edificios para dar paso a la renovación de los barrios con la construcción de nuevos proyectos.  Normalmente las demoliciones afectan a viejas construcciones sin más interés que el propiamente especulativo de los propietarios que las venden y el de los promotores o constructores  que las sustituyen.  Otras veces, también se abaten, tristemente, importantes edificaciones, igualmente bajo el mismo interés especulativo , que son notables símbolos de la historia del municipio y que, no teniendo protección alguna, desaparecen sin que apenas nos demos cuenta. Un día, ese edificio que siempre nos impresionó por su singular arquitectura deja de estar y, cuando reparamos en ello, es porque otra construcción ocupa su lugar. Por eso el verano es siempre un fiel aliado para cualquier tipo de tropelía, especialmente si es urbanística.

Barrio de la Prosperidad

En el barrio de la Prosperidad,  viejo suburbio de Madrid del siglo XIX, se edificaron viviendas que atendían a tipologías rurales que reproducían el estilo y hábitos de vida de sus moradores. En aquel periodo la arquitectura popular copiaba la corriente neomudéjar, que se aplicaba en edificios escolares, religiosos y de carácter festivo.  En la Prosperidad, arrabal que aspiraba a formar parte de la capital, el estilo arquitectónico popular de moda cuajó y las posibilidades de expresión que permitía el uso del ladrillo en la realización de originales aparejos y su relativa economía, permitieron la ejecución de numerosos proyectos. De toda aquella obra  -el tiempo y la especulación se encargaron de borrarla-  apenas quedan muestras en el barrio.

Talleres Raez, en la calle de García Luna número 20, derribados en 2022. (Foto: Google Maps, 2017)

Talleres Raez

En la calle de García Luna número 20 se establecieron en los años 50 del siglo XX los talleres Raez de carpintería, especializados en tableros de dibujo, y más adelante, en todo tipo de elementos y muebles de madera. El martes, 14 de julio de 2020, aparecía publicado en el número 134 del Boletín Oficial del Registro Mercantil el cese y la disolución de la empresa. En el verano de 2021 se derribaban las instalaciones dejando libre el solar para una nueva construcción. La recalificación de este tipo de antiguos suelos industriales situados en la primitiva periferia de la capital conduce a una cómoda reconversión urbanística que densifica poblacionalmente el barrio y genera importantes beneficios para los propietarios de las parcelas.

Solar tras el derribo de los talleres Raez, en la calle de García Luna número 20. (Foto: E. F. Rojo)
Viviendas en la calle de Pérez Ayuso 5 y 7. (Foto: Google Maps, 2008)

Viviendas en la calle de Pérez Ayuso

Un ejemplo muy interesante era la vivienda situada en la calle de Pérez Ayuso número 5. En 2022, en puertas del verano, se derribó esta casa, junto con la aneja, el número 7. Esta última, un conjunto de casas, con patio que ocupaba una parcela de 386 m², funcionó  probablemente hasta finales del siglo XX como taller industrial, de forja, mecánica o algo similar. Precisamente en la calle paralela de Benigno Soto número 1, hubo una forja activa más o menos hasta ese mismo periodo. La casa de Pérez Ayuso número 7, repartida en tres edificios con bajo y una planta,  de arquitectura sin especial interés, ocupaba una superficie construida de 282 m² y su construcción figura en el catastro fechada en 1940. El taller ocupaba, 209 m², el almacén 50 m². Había dos viviendas  de 104 m², que podían ser también oficinas. El cuerpo con fachada a la calle de Pérez Ayuso, bajo y una altura, en lugar de tejado tenía una azotea abalconada.

Solar tras el derribo de las viviendas en la calle de Pérez Ayuso nº 5 y nº 7. (Foto: E. Fidel Rojo)

Sin embargo, la casa con el número 5, de arquitectura neomudéjar, ya sin moradores desde principios del siglo XX, destacaba entre los edificios de  los escasos doscientos metros de la calle, no solo por ser la más antigua y por su pintoresca imagen, sino por ser la que mejor evocaba la esencia del primitivo barrio. Es probable que fuera la construcción más antigua de la Prosperidad.

Casa neomudéjar de Pérez Ayuso número 5

En efecto, es probable que la casa neomudejar de Pérez Ayuso 5 fuera la construcción más antigua de las que aún quedaban en la Prosperidad. La casa de Pérez Ayuso 5 debió de construirse a finales del siglo XIX o como muy tarde en la primera década del  XX.  Ya en los primeros años del nuevo siglo el ladrillo visto del  neomudéjar  perdía fuelle y se iba abandonando por fachadas enfoscadas con molduras, balaustradas y mucha decoración grandilocuente. El oropel le ganaba terreno a la sencillez elegante del ladrillo recocho.  Con una superficie construida de 282 m² en forma de “A” invertida, sobre una superficie de 314 m², el edificio contaba con 4 viviendas en la planta baja de 69 m², 2 viviendas en la primera  planta  de 69 m², 2 almacenes de 9 m² en la planta baja, dentro del pasillo del portal, y un patio trasero compartido de 20 m². Sobre la cubierta del portal había una terraza balconada.

Residencial Pérez Ayuso5/7

El solar resultante tras el derribo de las dos propiedades, de 700 m² de superficie, servirá para la construcción de un reducido complejo de apartamentos al que se ha llamado «Residencial Pérez Ayuso5/7» y que oferta la exclusividad habitual en este tipo de proyectos.

Residencial Pérez Ayuso5/7, infografía de la empresa promotora, 2022.

Referencias.-

Derribos en la Prosperidad (Madrid). La desaparición del barrio primitivo. Blog Urban Idade.

Derribos en La Guindalera y la Prosperidad. Blog Urban Idade.

Casa Emilio, la Prosperidad “Pequeñeces…” (IV)

“Pequeñeces importantes” (IV)

“Pequeñeces importantes”. Según la RAE, pequeñeces son: “cosas de poco momento y de leve importancia“, pero si llegan a ser importantes son: “convenientes o interesantes, o de mucha entidad o consecuencia“. Es decir, merecen la pena.

Casa Emilio, López de Hoyos, en la Prosperidad (Foto: Enrique F. Rojo, 2019)
Casa Emilio, López de Hoyos, en la Prosperidad (Foto: Enrique F. Rojo, 2019)

Casa Emilio, “Pequeñeces…” (IV)

Casa Emilio, casa fundada en 1947. En López de Hoyos nº 98. Tiene fama de cañas bien tiradas. Dos generaciones dando nombre a la Prosperidad, en el distrito de Chamartín. Aunque austeros y de trato serio, son «encantadores» a decir de los vecinos. Y a decir de mi amigo Juan Diego, que sube regularmente a la Prospe a «cañear», arrastrando a la familia y amigos.

Los responsables del local han conseguido que acudan al barrio gente de otros barrios de la capital para disfrutar de sus boquerones en vinagre, estupendos vermuts, mejillones en conserva, anchoas, patatas fritas, y de la cerveza fresca y rica que sirven.

Para los del barrio de siempre, Casa Emilio está  en frente del cine Moderno, que luego cambió de nombre y se llamó cine López de Hoyos; y luego dejo de ser cine y fue  posteriormente cambiado de nombre para ser un salon de bodas, bautizos y otros banquetes, y finalmente y hasta el momento un inmenso gimnasio. Es lo que se ha visto desde las puertas de Casa Emilio, mirando por encima de López de Hoyos desde 1947. Y algunas cosas más, que se callan porque ya no toca. Toda una institución de Chamartín en el barrio de la Prosperidad. Y de Madrid.

Cervezas Casa Emilio
Cervezas Casa Emilio. La foto es de Carlos Rodríguez Zapata, publicada en el libro de 2015 «Chamartín. Album de fotos». (Temporae Ediciones).

Referencias.-

«Recuerdos del barrio de la Prosperidad»  Recuerdos de la Prosperidad  (Blog «Urban Idade»)

Pequeñeces  (Blog Urban Idade)

Crónica urgente «Presentación Chamartín. Album de fotos» (Blog Urban idade)

Taberna «La Asturiana», en Madrid


La Asturiana era una taberna que ocupaba un bajo en el número 23 de la calle de  Vinaroz, en el barrio de la Prosperidad. En la fachada del local había un rótulo pintado a pulso cuyo título decía “Taberna La Asturiana”, con un hórreo dibujado en un extremo. Así no quedaban dudas de la procedencia de los dueños. Al entrar en el bar tenías la sensación de estar en una taberna de aldea. Por dentro todo era sobrio, sombrío y pobretón. La iluminación de tubos fluorescentes, como en una cocina de la época, era también tristísima. El suelo de aburrido y frío terrazo tenía un aspecto gastado y siempre sucio, aunque lo fregasen. Las paredes, algún día blancas, se veían amarillentas, casi marrones, impregnadas del alquitrán de los cigarrillos que fumaba la clientela. Igual que las botellas que había sobre los anaqueles detrás de la barra, marrones y con una añeja capa espesa de polvo, grasa y nicotina.

El bar lo atendía una pareja de mediana edad que con el paso del tiempo nunca dejó de mantener el mismo aspecto de mediana edad, aunque fueran envejeciendo. Se llamaban, Antonio y Cecilia y vivían en la Prosperidad, en un edificio moderno de los años 70 muy cerca de López de Hoyos. Creo recordar que eran de algún lugar de los alrededores de Salas, la puerta del Occidente de Asturias, según Wikipedia.
Antonio, que tabajaba como fontanero, se mostraba siempre serio, desconfiado y algo socarrón. A veces se desprendía cierto sarcasmo en sus lacónicas frases que siempre tenían una marcada entonación asturiana y una ironía indescifrable que desconcertaba.
Al igual que la taberna, Antonio tenía aspecto rudo de aldeano. Especialmente por su vestimenta que se componía siempre de pantalón de pana marrón y camisa de cuadros de franela tipo leñador, formando un conjunto muy rústico que evocaba su origen asturiano. Su mujer, Cecilia, cuando estaba en el bar siempre se ponía un mandilón con bolsillos, a cuadros azules con fondo blanco o al revés,  de esos que llevan las señoras mayores en los pueblos del norte de España.

La Asturiana recreación 2018
Cuando entrabas en la taberna, cuando franqueabas la puerta de aluminio gris  del local,  parecía que habías atravesado una barrera espacio-temporal, y de estar en una calle de la Prosperidad madrileña aparecías de golpe y porrazo en un lugar cualquiera del agro asturiano. Curiosa sensación, cada vez más difícil de experimentar. (Foto/Montaje: Enrique F. Rojo, 2018)

Los parroquianos de La Asturiana eran peculiares. Había gente mayor, la mayoría. Tal vez jubilados a los que les debían de echar de casa sus mujeres para que no molestasen mientras ellas limpiaban o hacían la comida y les mandaban a que se entretuviesen dando paseitos y dándole de comer a las palomas. Podían pasar media mañana en el Nicolás Salmerón, centro de mayores de referencia para esta generación, jugando al tute, al mus o al dominó. Pero luego, a eso del mediodía, lo que hacían era gastar el resto de la mañana y la pensión bebiendo un vino tras otro. También había gente más joven, algunos habituales, de borrachera diaria y ya con problemas serios de adicción al alcohol. Los fines de semana se juntaban todos y la combinación resultaba chocante. También había otros clientes, menos fieles, de sábados por la tarde, que llenaban el pequeño bar fumando, bebiendo cerveza y charloteando a gritos con los conocidos. La tele, cuando se encendía, se ponía a todo trapo. Antonio siempre fue duro de oido. También iba a menudo por allí su hijo Fermín, simpático y pragmático, que ayudaba a sus padres con gran tesón. Fermín acabó siendo el encargado de «confraternizar» con la clientela más joven que acudía a La Asturiana los fines de semana con ánimo festivo.

En "La Asturiana", el vino se trasegaba de unos bidones pásticos a las frascas de vidrio grueso, que se iban vaciando mientras llenaban un vaso tras otro. (Foto: Enrique F. Rojo, 2012)
En «La Asturiana», el vino se trasegaba de unos bidones pásticos a las frascas de vidrio grueso, que se iban vaciando mientras llenaban un vaso tras otro. (Foto: Enrique F. Rojo, 2012)

El vino que se servía, era a granel, del barato barato, y se trasegaba de unos bidones de plástico grandes en los que llegaba del camión de reparto, a botellas de cristal o a frascas que iban a parar a los vasos cortos de duralex en los que se consumía con avidez por la sedienta, aburrida y tristona clientela.
También se especializo la Asturiana en la venta de cervezas de litro El Águila, cuando todavía venían cerradas con chapa y se abrían con abridor o en el canto de la mesa o de la barra, a hurtadillas. Y después fueron pioneros en la distribución del nuevo cierre a rosca cuando todavía era una novedad en Madrid, incluso en las grandes superficies. Vendían las litronas por cientos al día, especialmente los fines de semana. Y cuando había fiestas en el barrio, seguramente llegaran al millar.
Para quien gustase de la sidra natural con certificación de origen de Asturias, también la había. La traían los veranos a la vuelta de vacaciones. Tenían café de puchero por las tardes, porque la maquina de expreso solo la encendían para el desayuno. Y para hambrientos, hacían una fabada Litoral exquisita recién sacada de la lata.

Cartel Pinchu
El pinchu que aquí vos damos ye un obsequiu del PATRÓN…»

En una de las paredes del bar había un cartelito con un texto que decía: El pinchu que aquí vos damos ye un obsequiu del PATRÓN si protestes lu quitamos nun seas tú protestón, que pa poder ponelu cuéstanos casi un riñón. Non mires tantu el tamañu mira solo la atención. Non te olvides, ye un regalu y non una OBLIGACIÓN . Por supuesto, era pura socarronería, porque no daban pincho y lo único que había de comer eran pipas de Tarancón, patatas fritas “Santa Teresa” -de una fábrica de patatas fritas de la calle Canillas 35-, huevos duros, y la mencionada fabada Litoral, que había que pagar como una consumición más.

Cuando Fermín se casó y marchó a vivir fuera de Madrid, Antonio y Cecilia mantuvieron la taberna abierta unos cuantos años más hasta que decidieron que era hora de jubilarse. Debió de cerrar en 1997 o 1998.
La fachada se modificó y la puerta se transformó en ventana, convirtiéndose el local en vivienda. En la actualidad quien no conociera el bar, difícilmente podrá encontrar su ubicación ya que no queda el más mínimo rastro de su existencia.

(Extraido de «Recuerdos de la Prosperidad«)