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Archive for the ‘cañas,la Prosperidad,Chamertín,López de Hoyos,bares,cervezas,Madrid’ Category

“Pequeñeces importantes” (IV)

“Pequeñeces importantes”. Según la RAE, pequeñeces son: “cosas de poco momento y de leve importancia“, pero si llegan a ser importantes son: “convenientes o interesantes, o de mucha entidad o consecuencia“. Es decir, merecen la pena.

Casa Emilio, López de Hoyos, en la Prosperidad (Foto: Enrique F. Rojo, 2019)

Casa Emilio, López de Hoyos, en la Prosperidad (Foto: Enrique F. Rojo, 2019)

Casa Emilio, “Pequeñeces…” (IV)

Casa Emilio, casa fundada en 1947. En López de Hoyos nº 98. Tiene fama de cañas bien tiradas. Dos generaciones dando nombre a la Prosperidad, en el distrito de Chamartín. Aunque austeros y de trato serio, son “encantadores” a decir de los vecinos. Y a decir de mi amigo Juan Diego, que sube regularmente a la Prospe a “cañear”, arrastrando a la familia y amigos.

Los responsables del local han conseguido que acudan al barrio gente de otros barrios de la capital para disfrutar de sus boquerones en vinagre, estupendos vermuts, mejillones en conserva, anchoas, patatas fritas, y de la cerveza fresca y rica que sirven.

Para los del barrio de siempre, Casa Emilio está  en frente del cine Moderno, que luego cambió de nombre y se llamó cine López de Hoyos; y luego dejo de ser cine y fue  posteriormente cambiado de nombre para ser un salon de bodas, bautizos y otros banquetes, y finalmente y hasta el momento un inmenso gimnasio. Es lo que se ha visto desde las puertas de Casa Emilio, mirando por encima de López de Hoyos desde 1947. Y algunas cosas más, que se callan porque ya no toca. Toda una institución de Chamartín en el barrio de la Prosperidad. Y de Madrid.

Cervezas Casa Emilio

Cervezas Casa Emilio. La foto es de Carlos Rodríguez Zapata, publicada en el libro de 2015 “Chamartín. Album de fotos”. (Temporae Ediciones).

Referencias.-

“Recuerdos del barrio de la Prosperidad”  Recuerdos de la Prosperidad  (Blog “Urban Idade”)

Pequeñeces  (Blog Urban Idade)

Crónica urgente “Presentación Chamartín. Album de fotos” (Blog Urban idade)

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La Asturiana era una taberna que ocupaba un bajo en el número 23 de la calle de  Vinaroz, en el barrio de la Prosperidad. En la fachada del local había un rótulo pintado a pulso cuyo título decía “Taberna La Asturiana”, con un hórreo dibujado en un extremo. Así no quedaban dudas de la procedencia de los dueños. Al entrar en el bar tenías la sensación de estar en una taberna de aldea. Por dentro todo era sobrio, sombrío y pobretón. La iluminación de tubos fluorescentes, como en una cocina de la época, era también tristísima. El suelo de aburrido y frío terrazo tenía un aspecto gastado y siempre sucio, aunque lo fregasen. Las paredes, algún día blancas, se veían amarillentas, casi marrones, impregnadas del alquitrán de los cigarrillos que fumaba la clientela. Igual que las botellas que había sobre los anaqueles detrás de la barra, marrones y con una añeja capa espesa de polvo, grasa y nicotina.

El bar lo atendía una pareja de mediana edad que con el paso del tiempo nunca dejó de mantener el mismo aspecto de mediana edad, aunque fueran envejeciendo. Se llamaban, Antonio y Cecilia y vivían en la Prosperidad, en un edificio moderno de los años 70 muy cerca de López de Hoyos. Creo recordar que eran de algún lugar de los alrededores de Salas, la puerta del Occidente de Asturias, según Wikipedia.
Antonio, que tabajaba como fontanero, se mostraba siempre serio, desconfiado y algo socarrón. A veces se desprendía cierto sarcasmo en sus lacónicas frases que siempre tenían una marcada entonación asturiana y una ironía indescifrable que desconcertaba.
Al igual que la taberna, Antonio tenía aspecto rudo de aldeano. Especialmente por su vestimenta que se componía siempre de pantalón de pana marrón y camisa de cuadros de franela tipo leñador, formando un conjunto muy rústico que evocaba su origen asturiano. Su mujer, Cecilia, cuando estaba en el bar siempre se ponía un mandilón con bolsillos, a cuadros azules con fondo blanco o al revés,  de esos que llevan las señoras mayores en los pueblos del norte de España.

La Asturiana recreación 2018

Cuando entrabas en la taberna, cuando franqueabas la puerta de aluminio gris  del local,  parecía que habías atravesado una barrera espacio-temporal, y de estar en una calle de la Prosperidad madrileña aparecías de golpe y porrazo en un lugar cualquiera del agro asturiano. Curiosa sensación, cada vez más difícil de experimentar. (Foto/Montaje: Enrique F. Rojo, 2018)

Los parroquianos de La Asturiana eran peculiares. Había gente mayor, la mayoría. Tal vez jubilados a los que les debían de echar de casa sus mujeres para que no molestasen mientras ellas limpiaban o hacían la comida y les mandaban a que se entretuviesen dando paseitos y dándole de comer a las palomas. Podían pasar media mañana en el Nicolás Salmerón, centro de mayores de referencia para esta generación, jugando al tute, al mus o al dominó. Pero luego, a eso del mediodía, lo que hacían era gastar el resto de la mañana y la pensión bebiendo un vino tras otro. También había gente más joven, algunos habituales, de borrachera diaria y ya con problemas serios de adicción al alcohol. Los fines de semana se juntaban todos y la combinación resultaba chocante. También había otros clientes, menos fieles, de sábados por la tarde, que llenaban el pequeño bar fumando, bebiendo cerveza y charloteando a gritos con los conocidos. La tele, cuando se encendía, se ponía a todo trapo. Antonio siempre fue duro de oido. También iba a menudo por allí su hijo Fermín, simpático y pragmático, que ayudaba a sus padres con gran tesón. Fermín acabó siendo el encargado de “confraternizar” con la clientela más joven que acudía a La Asturiana los fines de semana con ánimo festivo.

En "La Asturiana", el vino se trasegaba de unos bidones pásticos a las frascas de vidrio grueso, que se iban vaciando mientras llenaban un vaso tras otro. (Foto: Enrique F. Rojo, 2012)

En “La Asturiana”, el vino se trasegaba de unos bidones pásticos a las frascas de vidrio grueso, que se iban vaciando mientras llenaban un vaso tras otro. (Foto: Enrique F. Rojo, 2012)

El vino que se servía, era a granel, del barato barato, y se trasegaba de unos bidones de plástico grandes en los que llegaba del camión de reparto, a botellas de cristal o a frascas que iban a parar a los vasos cortos de duralex en los que se consumía con avidez por la sedienta, aburrida y tristona clientela.
También se especializo la Asturiana en la venta de cervezas de litro El Águila, cuando todavía venían cerradas con chapa y se abrían con abridor o en el canto de la mesa o de la barra, a hurtadillas. Y después fueron pioneros en la distribución del nuevo cierre a rosca cuando todavía era una novedad en Madrid, incluso en las grandes superficies. Vendían las litronas por cientos al día, especialmente los fines de semana. Y cuando había fiestas en el barrio, seguramente llegaran al millar.
Para quien gustase de la sidra natural con certificación de origen de Asturias, también la había. La traían los veranos a la vuelta de vacaciones. Tenían café de puchero por las tardes, porque la maquina de expreso solo la encendían para el desayuno. Y para hambrientos, hacían una fabada Litoral exquisita recién sacada de la lata.

Cartel Pinchu

El pinchu que aquí vos damos ye un obsequiu del PATRÓN…”

En una de las paredes del bar había un cartelito con un texto que decía: El pinchu que aquí vos damos ye un obsequiu del PATRÓN si protestes lu quitamos nun seas tú protestón, que pa poder ponelu cuéstanos casi un riñón. Non mires tantu el tamañu mira solo la atención. Non te olvides, ye un regalu y non una OBLIGACIÓN . Por supuesto, era pura socarronería, porque no daban pincho y lo único que había de comer eran pipas de Tarancón, patatas fritas “Santa Teresa” -de una fábrica de patatas fritas de la calle Canillas 35-, huevos duros, y la mencionada fabada Litoral, que había que pagar como una consumición más.

Cuando Fermín se casó y marchó a vivir fuera de Madrid, Antonio y Cecilia mantuvieron la taberna abierta unos cuantos años más hasta que decidieron que era hora de jubilarse. Debió de cerrar en 1997 o 1998.
La fachada se modificó y la puerta se transformó en ventana, convirtiéndose el local en vivienda. En la actualidad quien no conociera el bar, difícilmente podrá encontrar su ubicación ya que no queda el más mínimo rastro de su existencia.

(Extraido de “Recuerdos de la Prosperidad“)

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