El desastre del barrio de "La Estrella" (Mosqueruela, Teruel)

Casa en el barrio de la Estrella. (Foto: Enrique F. Rojo, 2012)
Casa en el barrio de la Estrella. (Foto: Enrique F. Rojo, 2012)

Barrio de La Estrella

El barrio de La Estrella , también llamada la Villeta por las gentes del lugar, se sitúa al Este del pueblo de Mosqueruela en el Maestrazgo turolense, a unos treinta kilómetros de distancia, en un valle cerrado, colgado a  850 metros sobre el nivel del mar. Limita con Villafranca del Cid, Benasal y Vistabella, en Castellón, a la margen izquierda del río Monleón (Montleó) en un terreno escabroso y pobre, entre breñas, de escasa tierra y suelo pedregoso que nada deja producir y retiene mal el agua, y rodeado de peñascos.

Casa del cura en el barrio de la Estrella. (Foto: Enrique F. Rojo, 2012)
Casa del cura en el barrio de la Estrella. (Foto: Enrique F. Rojo, 2012)

El río Monleón o río Seco se mantiene sin agua casi todo el año y solo aflora en los periodos de lluvia cuando estas son abundantes, ya que de haber sequía en la época húmeda, pueden pasar varios años sin que fluya ninguna agua sobre su lecho. El suelo calizo hace que esta se suma en su interior a través de la roca, dejando poco flujo en la superficie. Solo cuando las lluvias son muy copiosas la piedra se colmata y el río aumenta su caudal.

Edificios abandonados en el barrio de la Estrella. (Foto: Enrique F. Rojo, 2012)
Edificios abandonados en el barrio de la Estrella. (Foto: Enrique F. Rojo, 2012)

La noche de la gran tormenta

La noche del 9 de octubre de 1883 fue una noche aciaga de triste recuerdo para la comarca. Una gran tormenta descagaba con furia sobre Mosqueruela  y el caserío de La Estrella. Con tanta intensidad llovió, que el río, casi siempre sin agua, se elevó más de seis metros sobre su cauce, llevándose el puente de troncos de chopo que permitía pasar a la margen derecha. Aunque las viviendas se encontraban en un primer momento a salvo de la crecida por estar bastante elevadas con respecto al río, nadie imaginaba que un peligro aún mayor amenazaba desde lo alto de las peñas.

Sobre las ocho o nueve de la noche una fuerte tromba de agua caía entre «el peldaño» y «el canto de las peñas» generándose una riada que fue arrastrando cuanto encontraba a su paso. Por las abruptas laderas avanzaba el torrente desbocado  que sorprendería a los vecinos de La Estrella esa fatídica noche. El agua, que llevaba consigo árboles, rocas y barro, golpeó con fuerza  las primeras 17 casas que encontró en su camino, que quedaron completamente destrozadas, arrastrando a sus moradores, enseres y muebles. Las restantes 28 casas quedaron también afectadas.

Inscripción recordando a las víctimas del desastre de La Estrella, en la fachada de un eificio de la aldea.
Inscripción recordando a las víctimas del desastre de La Estrella, en la fachada de un eificio de la aldea. (Foto: Enrique F. Rojo, 2012)

Expedición de rescate

La noticia del desastre llegó a Mosqueruela de mano de unos jóvenes vecinos que a toda prisa emprendieron el camino a la población, distante a más de cinco horas y que debieron de hacer en menos de cuatro. Conocido el hecho por el alcalde, se preparó una expedición compuesta por gran número de vecinos  que portaron al día siguiente a La Estrella, ropas, alimentos y cuantos recursos pensaron que podrían ser útiles para aliviar el sufrimiento a las victimas.

Durante los trabajos de desescombro para localizar los cadáveres, que realizaron más de cien braceros, se hallaron los cuerpos de un padre y sus cinco hijos. La esposa y madre, respectivamente, se encontraban en la casa de un hermano del finado cuya mujer estaba dando a luz en el momento de la catástrofe. Perecieron madre y recién nacido, así como las dos mujeres y otras dos más que también ayudaban en el parto. De la familia solo se salvó el marido de la parturienta, Antonio Meseguer, que ante el próximo nacimiento y encontrándose enferma la mujer, había acudido a Villafranca a dar aviso al médico. Cuando regresó, al día siguiente, pues el temporal impidió que lo hiciese la misma noche, se encontró  el espantoso panorama. Su casa había desaparecido y con ella toda su familia. Según parece uno de los cadaveres, el de la mujer que daba a luz, fue encontrado asiendo el cordón umbilical del bebé recién nacido.

Casas abandonadas en el barrio de la Estrella. (Foto: Enrique F. Rojo, 2012)
Casas abandonadas en el barrio de La Estrella. (Foto: Enrique F. Rojo, 2012)

El día 20 de octubre se daba por finalizada la búsqueda de los desaparecidos. Fueron hallados 21 cadáveres. Faltaban cinco vecinos a los que también se dio por muertos y que se supuso fueron arrastrados por las aguas. Nunca se los encontró. En total murieron 26 personas, de estas, cuatro fueron niños y siete niñas. Fueron todos enterrados en el cementerio del barrio de La Estrella. (Texto elaborado con información de la Memoria de la inundación de La Estrella el 9 de octubre de 1883, por Juan Antonio García Ibáñez, Secretario del Ayuntamiento de Mosqueruela en aquella fecha, y de la noticia sobre la catástrofe publicada por el periódico de Madrid El Liberal, 17/10/1883.)

Cementerio de La Estrella. (Foto: Enrique F. Rojo, 2012)
Cementerio de La Estrella. (Foto: Enrique F. Rojo, 2012)

«Saldos Arias», un extraño final.

Hubo en Madrid unos conocidos Almacenes, llamados «Saldos Arias» especializados en productos de mediana calidad, a los que acudían siempre que podían las «amas de casa», pues se compraba barato y eran buen recurso para estirar la economía escasa de gran cantidad de hogares. Pero el infortunio persiguió desde sus inicios a esta empresa familiar que se cebó con ella en la forma de terribles y dramáticos incendios, que acabaron por desvanecer la presencia de esta saga emprendedora y la de sus negocios. Esta es la crónica de dos de los incendios más espectaculares y desafortunados de la historia de Madrid del siglo XX. Es también la historia de «Saldos Arias»

Hubo en Madrid unos conocidos Almacenes, llamados «Saldos Arias» especializados en productos de mediana calidad, a los que acudían siempre que podían las «amas de casa»,  pues se compraba barato y eran buen recurso para estirar la economía escasa de gran cantidad de hogares. Pero el infortunio persiguió desde sus inicios a esta empresa familiar que se cebó con ella en la forma de terribles y dramáticos incendios, que acabaron por desvanecer la presencia de esta saga emprendedora y la de sus negocios. Esta es la crónica de dos de los incendios más espectaculares y desafortunados de la historia de Madrid del siglo XX. Es también la historia de «Saldos Arias».

Incendio en 1964

Atitulaba el diario ABC en su edición del 22 de enero de 1964 la noticia del incendió que acabó con los Almacenes Arias de Madrid : «El incendio de los Almacenes Arias, en la calle de la Montera y la Plaza del Carmen, es uno de los más grandes que ha habido en Madrid.» Almacenes Arias estaba situado en el número 29 de la calle de la Montera.
Poco después de las tres de la tarde del día 21 se declaraba uno de los incendios de mayores proporciones que se habían dado en la capital en los últimos tiempos. Ardieron las cinco plantas y los dos sótanos del edificio, en un lugar en el que estuvo emplazada la iglesia parroquial de San Luís, incendiada por militantes del Frente Popular en la primavera de 1936.
Después de la llegada de los bomberos las dimensiones del siniestro alcanzaron cotas desproporcionadas, lo que hizo necesario solicitar nuevas dotaciones que reforzasen el contingente. Llegaron coches de todos los parques de Madrid hasta un número de diez e intervinieron más de setenta bomberos. Entre las dotaciones había numerosos tanques-bomba ya que las bocas de riego a las que en un principio se recurrió no tenían la presión suficiente para alcanzar todas las plantas del edificio, lo que dificultó las labores de extinción. También acudieron varios coches de escaleras de cincuenta metros de longitud, una de las cuales dejó de funcionar correctamente en las maniobras de repliegue.
A las cuatro de la tarde las llamas se habían hecho con todo el inmueble de «Saldos Arias«, como popularmente se conocía a estos almacenes, convirtiéndolo en una
gigantesca antorcha, visible desde buena parte de la ciudad.

En ese momento se procedió al desalojo del colindante número 31 de Montera, en cuya planta baja había unas pañerías que anunciaban ofertas de fin de temporada, pues las llamas apuntaban en aquella dirección. Durante todas las maniobras de extinción, que se prolongaron hasta pasadas las ocho de la tarde, numeroso público se arremolinó por los alrededores del lugar del siniestro para ver de cerca lo sucedido. En la Plaza del Carmen eran miles las personas que contemplaban el trabajo de los bomberos. A eso de las nueve, los trabajos de extinción estaban ya concluidos y las dotaciones de vigilancia de la Policía Armada daban por finalizada su tarea y se retiraban del lugar. Solamente se mantuvo un retén de doce hombres del Servicio de Incendios con dos camiones por si se diera cualquier eventualidad a lo largo de la noche.

Esta fotografía muestra un momento en que los bomberos trabajan en la extinción del incendio de los almacenes «Saldos Arias« el 21 de  enero de 1964. Como se ve, la celle de la Montera se había cortado al tráfico de vehículos, pero no faltaban curiosos viendo el «espectáculo».

En esta imagen vemos otro momento de los trabajos realizados por los bomberos en la extinción del fuego.


En incendio ocurrió estando el centro comercial cerrado, entre las tres y cinco de la tarde, por lo que había ni clientes ni nunguno de los 275 empleados. La prensa de la época se preguntaba qué hubiera ocurrido de haberse iniciado el incendio en horario comercial y se planteaba la magnitud que podría haber alcanzado el siniestro.
¿Hasta qué punto disponen de salidas de emergencia todos los grandes locales comerciales? -se preguntaban desde el semanario Blanco y Negro– (B y N, Madrid, 25 de Enero de 1964). Este edificio tenía salidas a la calle de la Montera y a la Plaza del Carmen y su evacuación habría de hacerse por medio de las escaleras mecánicas que unían las cuatro plantas y los dos sótanos.

Familia Arias, los seis hermanos Arias Escribano (Luís Miguel, Ángel, Isidro, Alejandro, Esteban y Federico) y en el centro el patriarca Esteban Arias . (FOTO: Diario ABC, 1964)

El cálculo de pérdidas se elevó al menos a cuarenta millones de pesetas, entre género y mobiliario.
El propietario del comercio, Esteban Arias, sensiblemente afectado, pero con una entereza admirable, -según se detallaba en las crónicas- se quejaba al indicar que el edificio de estructura metálica (construido en 1955) y su contenido no se encontraban asegurados por su valor real, y aclaró que la póliza no se había actualizado desde que se subscribiese en el citado año y además el original se había perdido en el incendio, ya que se encontraba en el interior del edificio. A esta pérdida habría que añadir la que se producía durante el periodo que el negocio se mantuviese cerrado.  Según el propietario la compañía aseguradora podría abonar por el siniestro unos diez millones de pesetas, cantidad exigua, conocido el valor de lo perdido. Esta información dejaba fuera de toda sospecha la posible intencionalidad del incendio.
Según informaba el semanario Blanco y Negro, Esteban Arias dirigía la cadena de establecimientos Arias, diez en Madrid y otros quince repartidos por otras provincias, junto con sus diez hijos, cuatro hembras y seis varones. El esteblecimiento vendía géneros de punto, zapatos, tejidos, artículos de plástico, etc. Era la primera vez que sucedía un suceso de estas características en una comercio de la cadena familiar.

El edificio, de estructura metálica, se rehizo y se levantaron unos nuevos almacenes. El número 31, medianero al nuevo edificio, también albergaría parte del comercio y almacén de mercadería para repuestos del centro comercial.

Fotos de la  Plaza del Carmen. «Cuando los bomberos llegaron al lugar del siniestro, todo el edificio era una inmensa hoguera. Los artículos de «nylon» y plástico facilitaron la rápida propagación del fuego en los locales, afortunadamente vacíos al público. Los curiosos se concentraron por millares. En la foto, aspecto de la Plaza del Carmen durante el incendio, en la que se ve la nutrida concurrencia«. (B y N, 1964) Abajo, imagen del edificio totalmente destruido por las llamas.

Nuevo incendio  en 1987

El 4 de septiembre de 1987 se originaba un nuevo incendio en los Almacenes Arias. El fuego, que se inició sobre las siete y media  de la tarde, se propagó desde la tercera planta al resto del edificio, alcanzado al anejo número 31 de la calle de la Montera que también formaba parte de los almacenes. Al llegar el fuego a la quinta planta, el género almacenado en su interior hizo que las llamas cobrasen mayor intensidad, lo que produjo que a medianoche parte de la fachada de la Plaza del Carmen se desmoronase. Según informaba la prensa, el infortunio parecía cebarse con la empresa de los Arias. Al incendio de 1964 había que sumar otro sucedido el 11 de marzo de 1981 en unos almacenes en Barcelona , en el que hubo varios  fallecidos, y del que se especuló la posiblilidad de que fuese provocado, y por último este que lo asolaba ahora y que terminaría también en tragedia.

En el momento en el que comenzó el fuego, se encontraban en el interior del edificio más de sesenta empleados y quedaban ya pocos clientes. Según los primeros testimonios, el fuego se originó en una caja de ropa, tal vez por alguna colilla que cayera sobre esta o por una lámpara fluorescente que estalló. En cualquier caso, ya desde las primeras investigaciones el origen del incendio constituye -como casi siempre- un asunto de difíciles conclusiones. Dado que el avance del fuego fue en un primer momento bastante lento, hubo tiempo suficiente para el desalojo que se hizo con relativa calma.

El entonces alcalde de Madrid, Juan Barranco, presenció las tareas de extinción del incendio, que parecía estar controlado dos horas después de su comienzo y el cual, en un principio, sólo había causado la intoxicación de ocho bomberos. Sin embargo, nadie presagiaba lo que unas horas después iba a ocurrir.

Poco después de las 02.30 horas de la madrugada del día 5, cuando la situación ya parecía dominada, se abrió un gran boquete en el sótano que hizo que unas vigas del forjado de las primeras plantas cedieran, arrastrando seis de los ocho pisos del edificio, que se desplomaron sobre algunos bomberos que se encontraban controlando que el fuego no se avivase mientras otros revisaban y  aseguraban la estructura del inmueble. El siniestro alcanzaba así unos tintes aún más dramáticos. Las horas siguientes consistieron en una ardua tarea de desescombro para buscar supervivientes y lograr recuperar los cuerpos de los fallecidos. En total fueron diez los bomberos que quedaron atrapados bajo los escombros. Ninguno sobrevivió al desastre. Fueron necesarios más de cuatro días  para que los trabajos de desescombro permitieran rescatar el último de los cadáveres de los diez bomberos muertos.

Pasado el tiempo las investigaciones, que se centraron más en averiguar las causas del hundimiento del edificio que las del origen del fuego, apuntaron a una mala realización de la estructura metálica del edificio, construido en 1965.

Sin embargo, el juez que investigaba el caso hubo de contemplar la posible intencionalidad del incendio debido a que varios testigos, entre ellos bomberos,  dijeron ver tres diferentes focos de origen del incendio. Además, la existencia de un video grabado por un aficionado parecía confirmar la tesis de los tres puntos diferentes -en el mismo nivel- como origen del fuego. Al respecto la familia Arias se lamentaba de la «fatalidad que perseguía a su familia y se cebaba con su carrera empresarial«. La empresa, según declaró una empleada, atravesaba momentos difíciles, lo que la había obligado a hacer una reestructuración de plantilla. Uno de los titulares del negocio, en nombre de la empresa manifestaría «lo ridículo» de cualquier sospecha que apuntase a la propiedad en relación a la posible intencionalidad del incendio. (ABC, 8/9/87)

El sumario judicial relativo al incendio  continuaba abierto en 1990, fecha en la que  el juez encargado del caso tenía que decidir el archivo de la causa, como así se produjo, después de que los familiares de las víctimas retirasen  los cargos contra los hermanos Arias y el Ayuntamiento, por posible imprudencia temeraria. El solar que ocupaban los almacenes, en la calle de la Montera, se negoció por la propiedad y fue  adquirido por la empresa británica Virgin para montar una «megastore» de discos que, finalmente no se llevaría a cabo. En la actualidad el espacio de los antiguos Almacenes Arias lo ocupa una multisala de cines.

Referencias.-

Incendio de Almacenes Arias, 1964 (ABC Hemeroteca)

Cuarenta millones de pesetas ardieron en dos horas
El incendio de la calle de la Montera pudo tener consecuencias más graves

(Reportaje Semanario Blanco y Negro, 1964)

Posible intencionalidad del incendio
Diario ABC, 1987)

POSIBLE CAUSA DERRUMBAMIENTO DEFICIENTE SOLDADURA ESTRUCTURA (El País, 1987)

Tragedia Almacnes Arias 1ª Parte (VIDEO)

Incendio Almacenes Arias (VIDEO TVE)
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«Hay guarda gitano, respetar…»

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Con el boom del negocio inmobiliario ciertas industrias auxiliares ligadas al sector experimentaron un auge cierto. Y entre ellas estaba el de la seguridad de las obras.  Esta actividad ya había sido ejercida por el colectivo gitano, que resurgió con fuerza en su desempeño durante los recientes años de bonanza de la construcción. A pesar de que vivimos una época de gran fijación-obsesión por la seguridad, y que se cuentan por  cientos las empresas que se dedican a este negocio, las obras han quedado en manos de los gitanos. Curioso asunto.

Los gitanos, que fueron caldereros y estañadores en el pasado,  en la actualidad se especializan en la chatarra y en la vigilancia de obras, como actividad laboral marginal, amén de otras muchas cosas.   Seguro que muchos de nosotros nos habremos topado alguna vez con una obra en la que había un tosco cartelón avisando de la presencia de un guarda gitano. Según se cuenta, si el promotor no acepta el pago mensual requerido por sus servicios, la construcción aparece sin materiales o incendiada.  La tarifa ronda los 1.300 euros al mes. El procedimiento para ofrecerse consiste en aparecer por las obras nuevas y avisar de lo que puede ocurrir si no le encargan la vigilancia. En caso de no llegar a un acuerdo, dicen, las advertencias se cumplen. En caso de ser aceptado, el vigilante planta su cartelón en la entrada de la obra y en algunos casos también la «bandera gitana«. Se habla de clanes familiares (¿primos?) dedicados a esta actividad y también de procedimientos mafiosos y de extorsión y amenazas. A pesar de ello, ellos defienden su proceder y justifican su actividad, como el Tío Castro, de Terrassa.

Hay gran cantidad de vigilantes, repartidos principalmente por Cataluña y Madrid, aunque  los hay por todo el estado. Cada cual con su peculiaridad y con su propio estilo guardés. «Guarda Jitano«; «Juarda Jitano«; «hay guarda jitanos«; aquel que bajo el lema «hay Guarda Gitano, respetar» nos insta a la observancia de  no se sabe qué norma implícita en el sui generis imperativo , ni bajo qué condición; aquel otro que avisa que «ahi guarda gitano«; y también un polémico vigilante de una obra en Torrejón de Ardoz  (Madrid), que haciendo gala de sus expeditivos métodos extendió una tela a guisa de pancarta en la valla de la obra en la que advertía de su presencia haciéndose llamar «Gitano pego tiros«.

En la otra banda, encontramos el papel que los empresarios de la construcción tienen en este guíón de cine negro.
Se dice, se comenta, que en algunos casos los promotores negocian con los vigilantes para hacer frente al fenómeno real de los saqueos. Al  mismo tiempo, al no recurrir a una empresa de seguridad regularizada, se ahorran bastante dinero. Y, por último, es un buen método para deshacerse de dinero negro, tan abundante en el sector de la construcción, el cual es fácil hacer legal incluyéndolo en la contabilidad en cualquier concepto.

También se han dado casos de «contratación» ilegal de inmigrantes para labores de vigilancia, allá donde los clanes gitanos no llegan, como el recogido por la prensa en enero de  2008, en el cual un vigilante hondureño murió accidentalmente y la propiedad de la obra negó su relación con el vigilante aduciendo que se trataba de un mendigo. En fin, que en todas partes cuecen habas.

Tragedia aérea

Ayer ocurrió una tragedia en Madrid. No se me ocurre nada ingenioso para glosar con acierto y sin resultar pedante lo triste que son estas cosas que pasan a veces. Lo he sentido como un suceso muy doloroso. Ya sé que estos accidentes han de darse de cuando en cuando, por pura estadística, pero cuando ocurren resultan impactantes y tristes.

Extraño incendio de un cine de Madrid en 1991

El 1 de marzo de 1991, el cine Covadonga, situado en el 161 de la calle de López de Hoyos, quedaba prácticamente destruido a causa de un extraño incendio, cuyo origen no pudo ser precisado en su momento por los bomberos del Ayuntamiento.

Cine Covadonga (1951). (Foto: Isabel Gea, 1984)

El 1 de marzo de 1991, el cine Covadonga, situado en el 161 de la calle de López de Hoyos, quedaba prácticamente destruido a causa de un extraño incendio, cuyo origen no pudo ser precisado en su momento por los bomberos del Ayuntamiento. Pedro Gallardo, jefe del departamento de extinción de incendios, manifestó que no había elementos de juicio suficientes para saber si ha sido intencionado o no. Sin embargo, el local llevaba cerrado más de un año y medio. Los bomberos comenzaron su intervención sobre las cinco de la madrugada y durante tres horas tuvieron que arrojar miles de litros de agua para apagar las llamas. La Policía Municipal cortó el tráfico en la zona y desvió los itinerarios de tres rutas de autobuses de la EMT que pasaban a esa altura de la calle López de Hoyos.


Especulación urbanística en una revisión de hemeroteca.

Los bomberos fueron avisados sobre las cinco de la madrugada del 27 de febrero, al advertir que salía una densa humareda del viejo cine Covadonga, conocido entre los cinéfilos como «El Covacha». Los equipos de extinción tuvieron que forzar los candados que cerraban las puertas del local. “Al entrar el aire”, explicaron, “todo el patio de butacas se llenó de llamas”. Un portavoz de los bomberos estimó que el fuego llevaba fraguándose durante horas y que cobró virulencia cuando se abrieron las puertas. La densa humareda impidió que los servicios de extinción pudieran atacar directamente el fuego, por lo que emplearon el brazo articulado de 64 metros de altura que pocos días antes había sido presentado en sociedad en la plaza de la Villa.

El 1 de marzo de 1991, el cine Covadonga, situado en el 161 de la calle de López de Hoyos, quedaba prácticamente destruido a causa de un extraño incendio, cuyo origen no pudo ser precisado en su momento por los bomberos del Ayuntamiento. Cine Covadonga trás el incendio, en foto tomada en el año 90 antes de que fuera demolido.

Cerca de 30 bomberos trabajaron sin descanso hasta que el fuego quedó prácticamente extinguido sobre las ocho de la mañana, aunque un retén permaneció varias horas más apagando los últimos chisperos. El cine no tenía fluído eléctrico -cortado desde que estaba vacío-, por lo que los bomberos descartaron de inmediato la posibilidad de que el fuego fuese provocado por un cortocircuito. No obstante, tampoco se aventuraron a afirmar que se tratase de un incendio provocado, ya que “todo el cine era un foco de llamas, que abarcaba a toda la sala”. El inmueble ocupado por «El Covacha», que abrió las puertas al público con un aforo de 480 butacas, el 15 de Febrero de 1951 con la proyección de las películas El secreto de Mayerling y Hoy no pasamos lista, y que durante un tiempo sirvió como sala de proyecciones de la Filmoteca Nacional, era propiedad de Concepción Sáenz, quien a su vez lo tenía alquilado a Manuel Salinas. Éste, a su vez, lo había subarrendado a una sociedad constituida por la empresa Iberoamerícana Films, propiedad del productor cinematográfico Andrés Vicente Gómez, y el cantante Víctor Manuel, el actor Antonio Resines y la periodista Rosa María Mateos, entre otros. Esta sociedad quería instalar en el inmueble cuatro minicines, pero no obtuvo la pertinente autorización de la junta del distrito de Chamartín.

En el solar dejado por el cine se levantó un edificio de apartamentos de lujo, que por las imposiciones municipales respetó el máximo de altura autorizada en la zona y la estética del cine incendiado.

Ver El País.com