El Elefante, rollo de papel

El papel Elefante seguro que tiene significados que le arrancan una sonrisa. Incluso alguna lágrima. No es para menos, porque vaya papelón el del Elefante. Recio y áspero a partes iguales, con dos caras, una más amable, resbalona, y la otra más eficiente , como piedra de amolar.

Patentado y 400 hojas. Todo un lujo. Papel madera para limpiarse después de exonerar el vientre. Lujos de los nuevos tiempos.

Para quienes lo recuerden -años 50-70 del pasado siglo XX-, el papel higiénico del Elefante seguro que tiene significados que le arrancan una sonrisa. Incluso alguna lágrima. No es para menos, porque vaya papelón el del Elefante rojo. Recio y áspero a partes iguales, con dos caras,  una más amable, resbalona, y la otra más eficiente que , como piedra de amolar, arrasaba a su paso.

El Elefante reinaba en las casas en las que se dedicaba más a la entrada que la salida. Donde, antes se gastaba más para comer que en lo relativo a  evacuar. A decir verdad, donde la ingesta se valoraba por encima de la expulsión excrementicia. También porque la oferta de papel higiénico era escasa y cara, y el aseo era imprescindible. A pesar de los rasponazos.

Cuanta tristeza debía de causar después de un buen almuerzo, la humilde friega con papel basto de estraza para sanear tan natural pero innoble y, a veces, generoso gesto. Como si de una zurra se tratase el Elefante rojo zahería los nobles traseros en cada pasada y el usuario, paciente,  no tenía más remedio que aguantar la ofensa con gratitud.

Para quien recuerde el paso del Elefante por su vida, seguro que el momento de mayor disfrute hubo de ser el de romper el celofán amarillo que envolvía el rollo. Gran momento para los pioneros de la Pretecnología de la EGB española, para los que el  .

Servía también para filtrar la luz de las bombillas, con cuidado para que no ardiese. El rollo era de color marón claro. En el momento de tocarlo, una vez desenvuelto, la primera reacción era desconcertante. Trás el increible festivo celofán amarillo, surgía la triste realidad. Toda una metáfora, color marrón caca y tremendamente áspero.

Especialmente mortificados debieron de estar los usuarios del Elefante rasposo, pues en la época,  el consumo de papel higiénico de calidad constituía más que un lujo, un esnobismo de clases pudientes o de aristócratas acostumbrados al tacto suave de los tisues y las sedas. Para el pueblo llano, la Papelera Española se inventó el Elefante, allá por los años 50, y fueron muchos los que se vieron en el papel de sufridores resignados sin más opción que este rollo para el necesario aseo.

Muchos, seguro que lo recuerdan, aunque no lo reconozcan, pués aunque tan lejos parece que está, se trata solo de hace poco más de medio siglo y lo normal era tenerlo en casa, por imprescindible.

Ahora el papel higiénico se sigue vendiendo en rollos, aunque ya no son «individuales» sino «familiares«. El refinamiento de la modernidad exigía mejores tactos, más aristocráticos y el papel del váter ya no es tan severo en su función. Mientras el papel con tacto de velludo invadía todos los hogares, el Elefante se dejó de fabricar y cayó en el olvido.