Acercamiento a un diagnóstico del urbanismo de Madrid

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Publica El País, en su edición de hoy, un reportaje acerca de la iniciativa Fresh que elabora un diagnóstico del urbanismo de Madrid a través de propuestas y reformulaciones de proyectos ya ejecutados.
Fresh está formada por un grupo de arquitectos jóvenes de Madrid , formados en la Escuela Técnica Superior de Arquitectura entre finales de los noventa y principios de 2000, y que, con la ciudad como argumento de reflexión , pretenden tomarle la temperatura año tras año. Sin rasgos ideológicos, formales o estéticos comunes que los agrupen en una sola tendencia, el colectivo destaca por la heterogeneidad y originalidad de las propuestas.

En su primera edición (FreshMadrid, de 2006) y en la segunda (Freshforward, de 2007) contó con el impulso del Colegio de Arquitectos de Madrid (COAM), y en esta tercera (Refresh) los arquitectos han formado una cooperativa.”  (elpaís.com)

El país ha preguntado a algunos de los estudios que componen Fresh una serie de cuestiones. Las respuestas las he reelaborado, presentándolas como una sóla, aunque corresponden a un compendio de las dadas por los entrevistados.  Creo que las respuestas dan una visión objetiva de la realidad urbana de Madrid, especialmente por lo que se refiere a la gran cantidad de intervenciones y nuevos proyectos que en los últimos años se estan ejecutando, y que en buena parte de los casos han de señalarse como oportunidades perdidas para hacer las cosas bien y de errores irreversibles con repercusiones irremediables para el futuro de la ciudad.
Estas son las respuestas:
1. ¿Qué carencias tiene Madrid? La principal carencia de Madrid es la ausencia de Urbanismo, que se acompaña de la actitud acrítica y a veces justificativa de los ciudadanos. La ciudad está creciendo sin ningún orden lógico y de una forma incontenida, alentada por los intereses políticos, económicos y especulativos.
No se está planificando para mejorar los espacios urbanos y hacer la ciudad más habitable, sino que se está dando continuidad a situaciones ya defectuosas que empeoran aún más la calidad de vida, como es primar en las intervenciones el uso del vehículo privado, o no favorecer en los espacios comunes la capacidad de usos polivalentes.

2. ¿Cuál es el mejor espacio de Madrid? El Retiro, la Castellana, Arturo Soria, la Gran Vía, las plazas grandes como la Plaza Mayor.

3. ¿El peor espacio de Madrid? Los nuevos ensanches (PAUS) de San Chinarro y Las Tablas, paradigmas de cómo no deben ser los nuevos barrios, de la pobreza en el diseño urbano. Estos nuevos crecimientos de la ciudad, nacidos a su espalda casi como entes autónomos pero carentes de instrumentos que les posibiliten la autonomía, autistas, que miran hacia adentro y con una bajísima densidad. Son lugares de difícil acceso, con espacios de uso sumamente complicado, en donde las redes sociales , las relaciones humanas y la vida de barrio se reducen a niveles ínfimos.

4. ¿Cómo sería el proyecto ideal para Madrid? Ciudad con pocos coches y casas baratas, con más lugares públicos que faciliten la convivencia, diseñada por especialistas y no por tecnócratas, que la hagan más agradable para vivir, con menos contaminación acústica y ambiental.

4 opiniones en “Acercamiento a un diagnóstico del urbanismo de Madrid”

  1. El mejor espacio para vivir en Madrid, ¿el Retiro? Para mí, al menos, sí lo fue mientras duró, hasta los primeros setenta. Esas calles perfectamente planificadas para una clase media emergente, funcionarios y comerciantes que vivían sin complejos su proximidad a los primos más pudientes del vecino barrio de Salamanca. Esas tiendas de proximidad donde se podía (y todavía se puede) encontrar de todo, desde lo más tradicional a lo más sofisticado, pero sin perder aún el carácter de tenderos a la vieja usanza, su amabilidad y cercanía a la clientela, que les respetaba y trataba por su nombre. Esas piperas que instalaban en los bulevares y a las puertas del Retiro sus improvisados tenderetes de chucherías, protegidas del frío y hasta del calor por sus increíbles sayas negras extemporáneamente rescatadas de algún baúl que hubiera hecho las delicias de don Benito “el Garbancero” (solo muchos años más tarde logré entender que aquellas mujeres pobres y prematuramente avejentadas, que con tanta dulzura y paciencia nos trataban a los niños, no habían escogido voluntariamente aquel destino de exposición callejera, sino que expiaban así su culpa por ser las viudas de unos individuos que años atrás se habían negado a secundar la nueva cruzada nacional contra el maligno. Otras viudas como ellas, no pecadoras, compartían vecindad pero no tristezas, porque su fidelidad a la causa se había visto recompensada con estancos de tabacos, administraciones de loterías e incluso mercerías u otros modestos negocios, bastante más productivos que el negocio de las pipas y los regalices).
    Y qué decir de “Pirulo”, ese entrañable personaje recientemente desaparecido por cuya amistad competíamos los críos y que misteriosamente logró no sólo sobrevivir, sino incluso acumular su pequeño capitalillo que le permitió mantener una jubilación digna, mediante el nada lucrativo negocio de cambiar cromos. Inolvidables también las interminables tardes de sesión continua aptas para todos los públicos, en los cines más populares del barrio, Ibiza y Sainz de Baranda, donde gustosamente pagaban nuestros padres las cuatro perras que costaba la entrada, a cambio de librarse momentáneamente de la jauría preadolescente, y cuyos acomodadores maldecían el día en que habían encontrado aquel empleo.
    Aún por menos dinero (creo recordar que eran exactamente tres pesetas en 1970), podías disfrutar de toda una mañana o toda una tarde saludando y dando de comer migajas a los animales de la Casa de Fieras. Tal era mi insistencia, que el taquillero ya se había convertido en mi protector y aprovechaba cualquier descuido del público entrante para animarme a confundirme entre el gentío y entrar de gorra, como quien no quiere la cosa. Nada podía haber más surrealista que el espectáculo de los tigres y leones (y sobre todo sus salvajes aromas) encerrados en minúsculas jaulas con el decorado de los lujosos edificios burgueses de Menéndez Pelayo como fondo. De entre toda la fauna, mis preferidos eran el elefante Perico –viejo, tierno y cariñoso- y los monos onanistas encerrados en un foso circular, antihigiénico y maloliente. Claro que antes o después de hacer la visita al zoo era de obligado cumplimiento uno de los deportes de moda en la época: la caza de ranas en los muchos riachuelos y estanques del parque, no ya por conseguir el ansiado trofeo –objetivo pocas veces alcanzado-, sino por el puro placer de ser perseguido por los sufridos guardas del Retiro, con su indescriptible y anacrónico uniforme de pana marrón, guerrera con doble fila de botones dorados, sombrero con alas más anchas que las de un águila imperial y cincho de cuero atravesado cual banda regia, adornado con una enorme chapa latonada cuya inscripción fue siempre un misterio.
    En fin, mejor no sigo, o lo seguiré haciendo otro día, que ya me he extendido más de la cuenta y se me saltan las lágrimas, espectáculo bastante más que lamentable para un aguerrido cincuentón.

  2. Don Bernardino,
    Bienvenido como siempre al BLOG y mil gracias por esos comentarios-crónica de nuestro pasado local más cercano. Me he sentido muy identificado con la mención a la «Casa de Fieras». Hace unos meses se inició la rehabilitación de las instalaciones transformadas del viejo recinto de los felinos. Hice unas fotos del edificio «desmontado»que comparé mentalmente con los recuerdos que tenía de su estado original. Tendría yo tres años, cuatro y hasta cinco. Mi padre me llevaba al Zoo muchos sábados y recuerdo las tres pesetas de la entrada, el elefante, el oso polar que tenía ducha en su ridícula jaula…. Seguramente algunas cosas me las contarían siendo mayor.
    Un saludo y hasta pronto,
    Enrique.

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