Las Ventas del Espíritu Santo

Foto de 1900. Muestra un merendero de los muchos que hubo en las Ventas del Espíritu Santo.

Rebuscando en La Ilustración Española y Americana, de 1897, encontré una crónica de la época firmada por Zeda -pseudónimo de Francisco Fernández Villegas (1856-1916)-, que describe una tarde de domingo en Las Ventas del Espíritu Santo, lugar muy conocido por sus merenderos y por ser camino del Cementerio del Este. El texto resulta muy ilustrativo y llama la atención por su estilo literario poco habitual en una revista, especialmente en estos tiempos de hoy donde prima el lenguaje de gacetilla y de reporterismo televisivo,  que ignora los subjuntivos, altera las concoordancias y  abusa sin motivo de extranjerismos y de «coletillas» inútiles.  Aprovechando el tema, me he apropiado de una imagen de 1900 que da fe de cuanto Zeda plasma en su texto. No cabe duda de que su intención es crítica y no se refiere el lugar con mucha simpatía, ni tampoco valora positivamente el tipismo o el carácter popular de las estampas descritas. Más bien, al contrario, parece preferir el ambiente de la misma calle Alcalá, pero unos cientos de metros más abajo, en su tramo noble y con menos aspecto de poblacho.

Que el pueblo de Madrid es uno de los más alegres de Europa, y que ni las penas le quitan su proverbial buen humor, ni las calamidades lo entristecen, ni los contratiempos lo quebrantan, cosas que fácilmente pueden ser comprobadas por cualquiera que se tome el trabajo de darse una vuelta, cualquiera de estas tardes, por los Cuatro Caminos, los Viveros, el Puente de Vallecas o por algún otro sitio de los llamados de recreo que en sus alrededores posee la capital de España. Al ver tales lugares llenos de gente bullanguera que canta, baila y se emborracha, libre feliz e independiente, podría suponerse con algún fundamento que si cada vecino de la Villa y Corte no echa a diario una gallina en su puchero, como para sus vasallos deseaba Enrique IV de Francia, tiene siempre en cambio un par de duros de sobra en el bolsillo para gastárselos en merendolas, regadas copiosamente con el tinto de Valdepeñas y amenizadas con el repiqueteo de los pianos de manubrio.”
Se arraiga en nosotros con mayor fuerza esta creencia si una tarde de toros o de novillos, de primavera, tomamos el camino de las Ventas. No tema el lector que me meta a describir el cuadro que presenta la calle de Alcalá cuando se avecina la hora solemne de comenzar la corrida. Tan brillante espectaculo ha sido pintado cien veces, y hartos de seguro estan cuantos los presentes renglones leyeren de ver enumerados, con lujo de metáforas y riqueza de color, los coches empavesados de sombrillas, las manuelas tripuladas por hembras de rompe y rasga, los tranvías cargados de gente alegre y voceadora, los ómnibus, las calesas procedentes del antiguo régimen, los carruajes, en fin, de cien formas distintas que, arrastrados al pasado galope de hipógrifos más o menos violentos, caminan hacia la plaza en medio de dos filas de infantes, los cuales jadeando entre el polvo que levantan los coches, acuden a presenciar la sangrienta lid dudosa, calificada , y con mucha razon, por la ilustre escritora Emilia Pardo Bazán, de fiesta helénica.”
Ciertamente, es menester mucho deseo de divertirse para pasar la tarde en la Ventas, que en vez del Espíritu Santo debieran llamarse del Espíritu del Vino. Imagínese el lector una carretera peor cuidada de lo que suelen estarlo las carreteras españolas: un puente tan inútil como el famoso de Coria. Por debajo de este puente, no el de Coria, sino el otro, se arrastra un arroyo inmundo y maloliente. A un lado y a otro de la carretera y del arroyo, barracones de tablas mal unidas, sucios y grasientos; tenduchos informes que ostentan colgados a los lados de sus puestos entrañas y carnes de reses; sórdidos merenderos que exhalan bocanadas de humo asfixiante de aceite frito.
La mayor parte de estos establecimientos, en los que se sirven cubiertos desde dos pesetas y cuyos platos más favorecidos son los de callos y caracoles, tienen nombres a cual más poéticos y atractivos….. Algunos ofrecen a la consideración de los paseantes sentencias como la siguiente:
“Mejor se está en este, que en el Este”. Hay también salones al aire libre. En el centro de ellos, en alta plataforma, está el piano de manubrio, y en su derredor bailan, según la manera chulesca, apreciables «Menegildas» con sus respectivos adoradores, militares sin graduación, o caballeros de aquellos que, según la copla del saineta, “enseñan la camisa por detrás”. Más allá, el Tío Vivo da furiosas vueltas; multitud de columpios oscilan locamente impulsados por sus tripulantes; parejas de ciegos cantan a grito pelado…
Y sobre todo este conjunto ruidoso, desagradable, abigarrado, flota una nube de polvo, cada vez más denso, levantado por los saltos de los danzantes, por el rodar de los coches y el trotar de las caballerías. Las ventas son el punto de cita de lo más escogido de la gente de escalera abajo: criados de servicio, horteras de tienda de ultramarinos, estudiantes de poco pelo, chulos y soldados. Cabe el mal oliente arroyo en los salones de baile, en los comedores de los merenderos.»

Merendero de la «Tía María» en el barrio de Arganzuela, 1934. La foto es de Consuelo Gracía Torrija.

«Aumenta la amenidad de aquellos lugares el contínuo ir y venir de carrozas fúnebres por delante de los merenderos. Allá lejos, sobre una colina de poca altura, en medio de la desolada aridez de los campos que se extienden al Oriente de Madrid, destácase la mancha oscura del cementerio del Este. A las Ventas llega de cuando en cuando el tañido lúgubre de la campana del camposanto.
El regreso de los carros mortuorios causa una impresión extraña, en la que se conbina lo repugnante y lo lúgubre con lo grotesco. Los cocheros, con sus ridículas libreas desabrochadas, con el sombrero cubierto de polvo, sonrientes, cínicos, arriman los carruajes a los
“tabernáculos” de las Ventas, y en lo alto del pescante échanse al coleto abundantes tragos, mientras los lacayos, tan ridículamente vestidos como los cocheros, trincan también alegremente, y bromean o retozan con las ninfas de fregadero que frecuentan las riberas del Abroñigal.
Conforme va avanzando la tarde acentúanse los efectos del vino peleón: el griterío aumenta, y el bailoteo es cada vez mán íntimo. Dicharachos soeces, insultos, bromas de la especie que mis lectores pueden suponer, parecen flotar entre el vaho irespirable de tabernas y merenderos. A lo mejor, por si tal o cual chulo miró o no miró, salen a relucir navajas….  y hasta llega a correr sangre. Allí Goya o D. Ramón de la Cruz hubieran podido encontrar modelos, el uno para sus lienzos, el otro para sus sainetes… También Zola podría hallar en las Ventas no pocos documentos humanos….»
ZEDA, La Ilustración Española y Americana nº XI (págs. 183-186).
22 de Marzo de 1897.


Perspectiva de Las Ventas del Espíritu Santo. La fotografía, de 1933, parece estar tomada en las cercanías de la Plaza de Toros de Las Ventas, al otro lado del puente sobre el arroyo Abroñigal.

Referencias.-

La Ilustración Española y Americana (Cervantes Virtual)