Patentado y 400 hojas. Todo un lujo. Papel madera para limpiarse después de exonerar el vientre. Lujos de los nuevos tiempos.
Para quienes lo recuerden, el papel Elefante seguro que tiene significados que le arrancan una sonrisa. Incluso alguna lágrima. No es para menos, porque vaya papelón el del Elefante. Recio y áspero a partes iguales, con dos caras, una más amable, resbalona, y la otra más eficiente , como piedra de amolar.
El Elefante reinaba en las casas en las que primaba la entrada antes que la salida. Donde comer era más valorado que evacuar. A decir verdad, donde la ingesta se pagaba más que la expulsión excrementicia.
Cuanta tristeza debía de causar la humilde friega con papel de estraza para sanear tan innoble gesto. Como si de una zurra se tratase el Elefante zahería en cada acción y el usuario no tenía más remedio que aguantar el tirón, y a otra cosa, mariposa.
Para quien recuerde el paso del Elefante por su vida, seguro que el momento de mayor gozo hubo de ser el de romper el celofán amarillo que envolvía el rollo. Servía para filtrar la luz de las bombillas, antes de que se quemase. El rollo era de color marón claro. En el momento de tocarlo, una vez desenvuelto, la primera reacción era desconcertante. Trás el increible festivo celofán amarillo, surgía la triste realidad. Toda una metáfora, color marrón y muy triste.
Especialmente mortificados debieron de estar los usuarios del Elefante tristón , pues en la época el consumo papirohigiénico constituía, más que un lujo, un esnobismo propio de aristócratas acostumbrados al tacto suave de los tisues y novedosas zarandajas del estilo. Muchos fueron los que se entregaron de lleno al papel de sufridor resignado que les tocó padecer junto con el Elefante.
Muchos, seguro que lo recuerdan, aunque no lo reconozcan. Y no tanto por la edad, pués tan lejos parece que está. Seguramente ni el mismo Elefante, que ya no es más que un espectro de aquello que fue, siquiera quiera acordarse de su pasada gloria. De cuando lo normal era tenerlo en casa, por imprescindible.
Ahora el papel higiénico se sigue vendiendo en rollos, aunque ya no son “individuales” sino “familiares“, pués la familia, la institución, se reconoce como el agente que define las lineas de consumo, marcando pautas, tendencias y definiendo políticas de ventas, sin cobrar nada a cambio. Y es que el refinamiento de la modernidad exige mejores tactos. Ahora el papel del váter ya no es tan firme ni tan rígido en su función. La generalización del estado de bienestar y la democratización en los comportamientos de consumo han facilitado el olvido del Elefante. El baluarte se mantiene en el recuerdo de unos cuantos nostálgicos y coleccionistas, mientras el papel con tacto de velludo se ha adueñado de los hogares.











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Muy buena, Enrique, la remembranza de tan nostálgico invento… y afortunados quienes lo podían utilizar, porque en la mayoría de los hogares imperaba la hoja de periódico partida en cuatro trozos.
Con este papel no te limpiabas, más bien te esmerilabas salva sea la parte.
¡Las ciencias adelantan que es una barbaridad!
Salud!
[...] El elefante: Historia del mítico rollo de papel higiénico urbancidades.wordpress.com/2010/12/18/el-elefante-papel-e… por kuwumuru hace 2 segundos [...]
¡Vaya que si lo recuerdo y lo reconozco! En el internado, en los campamentos de la OJE y hasta en mi propia casa, porque incluso cuando ya se iba extendiendo el uso de papeles reciclados de mejor calidad o de celulosa fina, éste (bastante más caro) quedaba reservado para las mujeres de la casa, mientras a los chicos nos seguían torturando con el Elefante, porque -nos decían- las chicas tenían sus partes más delicadas que los hombres. En fin, de algún modo había que ahorrar. Poder utilizar un papel que no provocara sarpullidos fue uno de los motivos que me decidieron a independizarme a los diecinueve años, y no exagero.
P.D. Lo peor era que había que utilizar la cara rugosa a la fuerza, porque la otra, la satinada y más suave -¿cómo decirlo sin entrar en detalles escatológicos?- ni absorbía, ni secaba, ni limpiaba. De todas maneras, como bien dice Romo XIII, hay que ser justos y agradecer a La Papelera Española que en aquellos años tan tristes tuviera el detalle de proporcionarnos una solución al papel prensa. Aunque ya puestos a pensar mal, ahora que tanto se llevan las conspiranoias, ¿y si aquello fue un invento maquiavélico del franquismo para evitar que los españoles se limpiaran el culo con el Arriba?
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Buen artículo. Quien no lo recuerda. Lo describes con gran precisión. Era mejor que el papel de periódico recortado que en algunos bares y cafeterías ponían en un clavo. Eso era reciclar y dar a los periódicos su mejor y más noble destino.
[...] de amolar.etiquetas: intrahistoria, vida doméstica, historia social, curiosidades» noticia original Continue reading El elefante: Historia del mítico rollo de papel higiénico [...]
No te rías de mí, por favor, pero yo recuerdo que un año se acercaban los reyes y había pedido el CINEXIN y, mientras esperaba impacientemente, me hacía ilusiones con el envoltorio del celofán y una linterna, porque en la pared blanca se proyectaba el elefante de colores y yo hacía como que se movía, ¡qué recuerdos!, gracias por la entrada.
Yo tengo 35 años y recuerdo que cuando me quedaba en casa de mi abuela, el elefante era lo que había (y el jabón de lagarto). Don Bernardino tiene toda la razón del mundo, por una cara resbalaba y la otra era puro papel de lija. Vamos, que ni las socorridas piedras cuando estás en el campo…
Los tiempos habrán cambiado, pero yo prefiero usar el papel para quitar lo más gordo, pero luego agüita y jabón que es lo mejor.
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Genial!! Enhorabuena por el artículo, es fantástico!! Y lo peor de todo es que, a fuerza de utilizarlo, te terminabas acostumbrando, hasta el punto que a mí me costó adaptarme a los nuevos rollos de papel suave y de doble cara. Ay que ver con qué poquito se era feliz en aquella España eternamente en “vías de desarrollo”.
Un abrazo, Jesús
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[...] This post was mentioned on Twitter by Manuel Durán Aguete, Enrique Fidel Rojo. Enrique Fidel Rojo said: El Elefante (papel en rollo): http://wp.me/p44Cr-Wb [...]
Lo siento nostálgicos, pero yo no añoro aquel papel de lija para el trasero. Siempre he sido de piel delicada y exigente, y cambio a ojos cerrados el elefante por el perrito Golden de ahora en su versión más “soft” (¿toma ya!).
Por cierto Enrique, el artículo me ha gustado: está bien escrito y tiene gracia. No obstante me gustaría aclarar que en aquella época se decía papel de “El Elefantito”, no del elefante. Esa era la fórmula empleada habitualmente… Al menos en Madrid.
Un abrazo.
Carlos (alias Kalicom)
En mi casa le llamábamos el 398. Este nombre le venía de una vez que lo estaba usando mi hermano y leyó gritando; ¡400 pliegos finos!, ¡ah!, pues no, ¡quedan 398!.
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¿No existía el bidé?
Estudié el bachiller en un internado, y al inicio del trimestre nos daban a cada alumno un rollo de este papel, que usábamos para todo, no solo para su finalidad proyectada, sino como papel para hacer aviones, borradores, etc. Me trae muy buenos recuerdos el comentario.
me acuerdo yo que mi abuelo tenía una de esas tienditas que vendían desde queso hasta detergente de lavadora y como no, papel higiénico el elefante.
Que pequeña era y no se me olvida
Curiosamente soy propietario de uno de esos rollos sin estrenar.
Lo gracioso es que cuando fueron apareciendo los papeles higiénicos modernos costaba mucho adaptarse a la suavidad y a modificar la presión manual sobre el papel, que tenía que ser menor que antiguamente, con lo que se daban episodios desagradables, pues la dureza del material anterior obligaba a apretar fuertemente.
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Qué gran elegía.
Cómo ha cambiado el mundo, para mejor, en algunas cosas…