Acerca de “La última casa obrera de la Guindalera“, en la calle Eraso 32, frente a Conde de Vilches y haciendo esquina con Amorós, Carlos Moreno nos ha mandado a URBAN IDADES un bonito relato de recuerdos de la niñez. Se trata de unas afectivas memorias de su infancia en la Guindalera, primero, y después en Prosperidad. Le ha causado una gran sorpresa, según dice, encontrar en el BLOG datos y fotos de la Guindalera. Nos cuenta que “vive desde el año 81 en Asturias, pues su madre era asturiana, pero nació en la Guindalera, 1957, trasladándose algunos años después a Prosperidad”.
Con su pernmiso, me permito copiar estos recuerdos, casi literarios, que nos pueden traer a la memoria algún pasaje de “El Mundo”, de JuanJo Millás. Me parece que merece la pena leerlas, por la sencillez de la narración y por su poder evocador. Nos cuenta Carlos:
“Casualmente creo reconocer -en la fotografía- mi propia casa, en la que nací, que estaba en la calle Eraso, número 56, si no recuerdo mal. Si no estoy equivocado, creo que se trata de la puerta del centro de las tres que se ven en la foto, la de las casas de planta baja demolidas en el 2008, (según se cuenta en el blog). La numeración que se puede ver (número 32 la puerta de la derecha) no coincide con mis recuerdos, pero es posible que yo esté equivocado. En todo caso coincide la numeración par.
En la puerta a la derecha de la imagen vivía otra familia a la que estábamos muy unidos. La madre se llamaba Amparo, morena de pelo y de tez, y el marido creo que se llamaba Ángel, pelirrojo y pecoso. Tenían una hija, Amparito, delgada como el padre pero atezada como la madre, con quien jugábamos de críos. Amparo fue la madrina de mi hermano Juan. No estoy muy seguro de si era en la puerta hacia la izquierda o en la siguiente donde vivía una señora mayor a la que en casa llamábamos “la mujer de los perros”, porque tenía recogidos no sé cuántos chuchos callejeros.
La fotografía primera (2007) -en la calle de Eraso- se corresponde con la tipología más elemental de vivienda obrera de la periferia madrileña, si bien en la casa de la foto las tres puertas y la ausencia de ventanas hace pensar que éstas hubieran sido eliminadas y substituidas por las primeras, quien sabe si con el fin de hacer tres casas de una. Al final, las fotos más actuales -2008- nos muestran el resultado de la lógica de los tiempos, que se impuso, de modo que la vieja casa ha dado lugar a un solar en el que el furor constructivo hará de las suyas. Algunos se embolsarán unos cuantos miles de euros y todos tan contentos. Ahí queda el testimonio de un barrio de cuyo pasado ya nadie quiere acordarse.
Esto ya no se ve en la foto, pero más hacia la izquierda vivían unos parientes de mi padre, en otra casa de planta baja, pero más amplia. Y más hacia la izquierda todavía, en dirección hacia el parque que todos conocíamos como “de la Perona”, había una vaquería, cuya dueña también era asturiana. Ella tuvo uno de los primeros televisores del barrio, y allí acudíamos todos los chiquillos a ver Rintintín en blanco y negro, sentados en el suelo. Recuerdo que el televisor era un mueble enorme de madera, como una cómoda, con unas puertas que al abrirse dejaban ver la pantalla.
Y eso duró hasta que un mal día la vaquería sufrió un incendio. Tengo grabada una escena surrealista: mientras los camiones de bomberos apagaban el fuego y el público se congregaba para ver el espectáculo, las vacas frisonas deambulaban libremente por la calle.
Eran casas para inmigrantes de otras partes de la Península, porque en aquel tiempo no había otros. ¿Gente humilde? Sí, desde luego, no te quepa duda. En mi casa coincidían ambas premisas, mi madre inmigrante y mi padre un obrero que trabajaba en la fábrica de J. G. Girod, en la calle Porvenir. Y humildes a más no poder. Mi abuela Romana, viuda, vivía en esa casa con mi padre Eusebio, uno de los derrotados en la guerra civil. Mi tío Fernando, hermano mayor de mi padre, estaba por aquel entonces en la cárcel, y el otro tío, el hermano más pequeño, Ángel, estaba enterrado en algún lugar de Normandía, en Francia. Aunque de todo esto nunca se hablaba en casa y yo tardé muchos, pero muchos años, en enterarme.
En esas casas no teníamos agua corriente. Teníamos que ir a buscarla a una fuente que estaba en la siguiente esquina de la calle, hacia la derecha de la imagen. En aquellos crudos inviernos de la época, aquella fuente a veces se congelaba, y los vecinos tenían que encender fuego alrededor para calentarla y poder sacar el agua.
Recuerdo que Soledad, mi madre, me contaba cómo en una ocasión, queriendo coger agua, acabó peleándose con unos gitanos que querían dar de beber a su burro. Éste quería meter el hocico en el cubo de mi madre, y la gresca saltó cuando ella reprochó a los gitanos que no lo impidiesen. Allí se enzarzaron a voces, y, posiblemente alterado por ellas, un mono que éstos traían se tiró al pelo de mi madre, hasta que se lo pudo quitar de encima.
Más allá de la fuente, recuerdo que había como un cierre de la calle, donde se encontraba una taberna. Allí me llevaba mi padre a tomar “manzanilla”, en un vaso diminuto. De aquel tabernero, cuyo nombre no recuerdo, se decía que hacía aumentar la graduación alcohólica de las bebidas echando dentro de los recipientes monedas de cobre. Y más allá todavía, siguiendo por la misma dirección, se llegaba hasta “el canalillo”, a donde, contaviniendo las órdenes de mi madre, yo iba a “pescar”, porque efectivamente había algún tipo de pez, como del tamaño de un boquerón los más grandes.
En esa misma dirección, pero en la acera contraria, casi enfrente de mi casa, había una fábrica de artículos de plástico, tales como jaboneras y cosas así. En casa éramos tan pobres, siempre con el dinero escaso, que, como otras familias del barrio, traíamos los artículos de esa fábrica tal como salían de los moldes, para eliminar con un cuchillo bien afilado las rebabas, y así aumentar los ingresos.
Al fondo de mi casa había un pequeño patio, que a mí, supongo que por mi edad, no me parecía tan pequeño, pero creo que en realidad debía de ser diminuto, quizás un par o tres de metros cuadrados. Allí de vez en cuando aparecía alguna lagartija con la que yo me quedaba embelesado. Pero donde más jugábamos era obviamente en la calle, donde el tráfico era nulo. Claro, ¿quién iba a tener coche en aquella barriada?
En casa no teníamos cocina eléctrica ni de gas, sino una de carbón. En aquel horno mi madre asaba boniatos, una delicia para mi paladar en aquellos horribles años.
En parte porque la casa era demasiado pequeña para una abuela y un matrimonio con tres hijos, y posiblemente porque entre mi abuela y madre no debía de haber mucha química, acabamos marchándonos a Prosperidad, a la calle Constancia 44, más tarde 52, concretamente a lo que mucho tiempo después supe que se trataba de una “ciudadela”, las 4 viviendas que fueron de los obreros de una antigua tejera, más la que debió de ser la del capataz, todas ellas agrupadas en torno a un patio central. La del capataz la única con un váter propio, las demás con uno comunal, una especie de caseta con una puerta de madera y una ventana para ventilación, y en el suelo, una taza turca. Viviendas asimismo muy humildes, pero un pequeño progreso: al menos teníamos agua dentro de casa. Todavía conservo alguna foto dentro de ese patio.
En fin, no sé por qué cuento todo esto, debe ser el poder evocador de esa imagen de más arriba. Mis disculpas por el tostón y muchas gracias por colgar esas imágenes en la red.”
Carlos Moreno (Asturias)
















Gracias a Carlos Moreno por haber sido tan generoso de compartir esos recuerdos, entre nostálgicos y tristes, de su infancia. Tienen mucho valor pues nos hablan de tiempos que muchos piensan lejanos pero que algunos, unos pocos de los que nos encontramos por estas redes, recordamos como si fuesen de ayer mismo. Y gracias a ti Enrique, que con tus trabajos de evocación consigues despertar la memoria.
Un abrazo
Angel
Entrañable, personal, y unos recuerdo y vivencias que no se deben de perder.
A ver si todos nos animamos para ir dejando nuestros recuerdos.
Saludos.
Ricardo.
Todo lo contrario, muchas gracias a vosotros dos por la lectura de mi comentario. Todavía me quedan muchas otras historias en el tintero, no tanto en La Guindalera, sino en Prosperidad, pero no veo ningún lugar adecuado para colocarlas.
Baste con decir que en ese segundo barrio conseguí mi primer trabajo, recién acabado el colegio, en una empresa de vidrieras emplomadas que había en la calle Zabaleta, como aprendiz.
Ahí comencé a hacer “sindicalismo”, cuando todavía los partidos y sindicatos eran clandestinos. Planté cara al propietario por sufrir prestamismo laboral.
Acabé despedido con indemnización en noviembre del 74. Sería el primer despido de unos cuantos más. Luego tuve que seguir dando vueltas y acabé haciendo dos cursos en un centro de formación profesional que había al lado de la carretera de Barajas, justo enfrente de la Perkins, donde trabajaba Marcelino Camacho.
Allí comenzó mi politización en serio. Entre los compañeros de estudios estaba un chaval llamado Everildo, que era de la Liga Comunista y estaba afiliado a la CNT. Otro de ellos no recuerdo cómo se llamaba, pero sí que era de Jaén y militante del PSP.
Entre los tres empezamos a armar unas cuantas en aquel centro de FP, incluyendo un plante en los comedores y el canto de La Internacional puño en alto. Aunque hay que reconocer que quien llevaba la voz cantante era Everildo, el trotsko. Yo por entonces tenía 18 o 19 años.
Esto era en el 75 y 76. Era la tan glorificada y falseada “Transición”. En las calles, prácticamente cada día había un muerto. El plante fue precisamente por una de aquellas muertes, un estudiante. Todavía recuerdo cómo por la mañana muy temprano, recién bajado de “la camioneta” (una especie de autobús suburbano, pintado de blanco y verde en vez de azul), según nos íbamos acercando a la puerta del centro podíamos ver la siniestra silueta de los guardias civiles en la penumbra azulada del amanecer: unas sombras con tricornio, unos largos capotes, y la boca de las metralletas asomando por los pliegues. Recuerdo que al verlos lo primero en lo que pensé fué en Drácula con su capa. Y menudo miedo en el cuerpo…
A mí me impresionaba la valentía de aquel chaval de mi misma edad aproximada. Comenzamos a formar nuestro conciliábulo particular. Discutíamos de política, de los fascistas, de la revolución venidera…
Empezó a pasarme propaganda clandestina. También me pasó dos libros, el Manifiesto Comunista, y La Revolución Proletaria y el Renegado Kautsky. El primero fue como una revelación para mí: allí estaba todo lo que yo pensaba de muchas cosas, pero expuesto con una claridad pasmosa. Con el segundo aprendí lo que era la socialdemocracia, y todavía lo conservo.
Llegaba el momento de acabar el curso y yo no quería ni podía volver a la inoperancia de los años anteriores. Everildo me dijo que si quería ser políticamente activo acudiera a la asociación de vecinos de mi barrio, “porque en las asociaciones de vecinos es donde están todos los rojos”.
Así lo hice, y efectivamente aquello estaba lleno de “rojos”: del PCE, de la LCR, del PTE y la ORT. El local estaba en una calle paralela a López de Hoyos, en dirección al parque de Berlín. Creo que era Pérez Ayuso, donde ahora hay un centro de yoga, en el local a la izquierda del portal, como se puede ver en Street View.
Aquello estaba impresentable, y había bastante gente trabajando dentro. Yo acababa de terminar mis cursos de FP, así que me ofrecí para renovar la instalación eléctrica. ¡Buena la hice! Enseguida me bautizaron con un mote: “el chispa”. Y a partir de aquel momento dejé de llamarme Carlos para ser conocido por todos como Chispa. Tanto éxito tuvo el nombre, que hasta en casa acabaron llamándome así.
Allí conocí a Mario, uno de los más activos miembros de la AVV, que por entonces era militante del PCE. También a Ángel, de la LCR, y a muchos otros compañeros y compañeras: Rafa, Dolores, Laura, Pelines, Vitito. Muchos años más tarde me reencontré con quien por entonces era el abogado de la asociación, Luis Menéndez de Luarca, pero ya en Asturies. Todavía de vez en cuando nos vemos y charlamos de aquellos tiempos.
Una novedad que introdujimos fueron las fiestas del barrio. El último sitio donde recuerdo que se hicieron antes de irme era un solar que había al final del barrio, lindando con la prolongación de General Mola, ahora Príncipe de Vergara.
Allí plantábamos un poste central, y a partir de él cables con luces, como en las verbenas antiguas. Naturalmente, de ese trabajo me ocupaba yo. Siempre me tocaba trepar hasta lo más alto del poste para sujetar los cables y hacer las conexiones, pero vaya cómo disfrutábamos con todo aquel trabajo…
Había algún que otro tenderete, y recuerdo que poníamos música por los altavoces, no sé si de algún tipo de megafonía. Por supuesto no faltaba la música politizada de la época, tipo Quilapayún y cosas así.
También me acuerdo de unas fiestas en las que a mí se me fue un poco la mano con la bebida. Al día siguiente tenía un ligero dolor en la barbilla, como si me fuera a salir una espinilla o algo así, muy leve. Pero por más que me miraba en el espejo no había traza alguna de grano ni nada parecido.
Aquella tarde pasé por la asociación, como casi todos los días. Y de repente todo el mundo empezó a meterse conmigo, en plan de broma. Yo no sabía de qué iba aquello. Me preguntaron que si de verdad no me acordaba de nada. Y entonces supe lo que había pasado.
La noche anterior aparecieron por allí unos pijos con banderas de España en la solapa, y otras de color azul y rojo. Ahora esto no le dirá nada a la mayor parte de la gente, pero en aquel entonces estaba claro de qué cuerda eran aquellos tipos: la ultraderecha.
Al parecer, un poco más “animado” que de costumbre, yo me había dirigido a uno de aquellos individuos y le había preguntado:
-¿Tú eres facha?
-Sí, qué pasa -contestó él.
Y sin más le metí un viaje. Él me respondió con un golpe en la mandíbula, aunque debía de ser verdaderamente flojo. Y ésa era la explicación de lo que yo sentía en el mentón. Ni siquiera estaba hinchado, rojo o nada parecido.
Luego me contaron que nos habían separado y que los habían echado de nuestras fiestas, pero que más tarde reunieron más gente para buscarme. Eso sí, los nuestros siempre estaban muy bien preparados para este tipo de situaciones, así que tuvieron que irse por donde habían venido.
Recuerdo también que poníamos unos puestos de diferentes partidos políticos en la plaza de Prosperidad, alrededor de la boca del metro. Esto lo hacíamos los sábados por la mañana, y eso todavía duró muchos años después de que yo dejara atrás Madrid.
Luis ahora trabaja en el Ayuntamiento de Oviedo, y aún me sigue dando recuerdos de Mario, que no sé si sigue siendo miembro activo de la asociación.
Otro episodio memorable fue cuando “ocupamos” la entonces llamada Escuela de Mandos José Antonio. Ahora creo que es un centro escolar.
Tenía la entrada por la calle Mantuano. Había que subir una escalinata para llegar a la puerta principal. Recuerdo que nada más entrar, a la izquierda, había una mesa detrás de la cual estaba un conserje con uniforme gris, del mismo color de la fachada del edificio.
Dijimos algo así como “este edificio pasa a ser del pueblo”. Aquel hombre abrió los ojos como platos, pero no se atrevió a hacer nada, sólo intentaba farfullar algo. Sólo de pensarlo todavía hoy me entra la risa…
Justo enfrente de su mesa, a la derecha de la entrada, había un pequeño local, que quedó en usufruto en el acto. ¡Cuántas reuniones de la LCR se llegaron a hacer en aquel cuarto!
Al poco tiempo, aquel edificio empezó a llenarse de toda clase de grupos, colectivos, asociaciones, era un verdadero hervidero. A veces hacíamos alguna fiesta para recaudar fondos para Dios sabe qué causa.
Por aquel entonces empezaron a aparecer por allí unos pintorescos personajes, que yo no conocía de nada. Y mira tú por donde, resultaron ser gente de la farándula: Aviador Dro, los Pegamoides…
Y en cierta ocasión algunos de nosotros nos vimos metidos de figurantes en el rodaje de una película. Y resultó ser el primer film de Pedro Almodóvar, “Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón”. Hay un vídeo en el YouTube donde se puede ver a una jovencísima Carmen Maura subiendo por las escaleras y en el interior del edificio, bastante destartalado por entonces, todo sea dicho de paso.
A mí todavía me quedaba por vivir el 23F, pero poco tiempo después de la intentona golpista abandoné Madrid. Dejé atrás a muchos compañeros y compañeras, muchas amistades entrañables, muchos esfuerzos y mucha lucha, pero no mis ideales. Y aquí sigo, al pie del cañón mientras me quede salud y lucidez, en otro lugar que es ahora el mío.
Espero no haberos aburrido con estas batallitas del abuelo Porretas y que las disfrutárais.
Un abrazo desde Asturies.
Gracias Carlos por este segundo capítulo. Aunque no te lo creas, estas memorias me resultan enórmemente familiares; tanto, que incluso he podido vivir de cerca parte de lo que cuentas.
Esperando a la siguiente entrega, recibe un cordial saludo desde Madrid.
Enrique.
Dicen que el mundo es mas pequeño de lo que aparenta pero en ocasiones es minusculo, pasando el rato por la red me encontre esta excelente pagina y algo aun mas sorprendente, em encontre con un “vecino” , el señor Carlos Moreno, fue “vecino” mio de la calle Eraso eso si, con una diferencia de 10 años…
Yo vivi en la calle Eraso por mas de dos años, en el numero ,hoy 24, una de las tres casas que aun por fortuna sobreviven limpias y lozanas.
Cuando Carlos habla de la vaqueria, que ignoraba de su ignea desaparicion, del parque o plaza de la perona, mas bien un tierrero donde correteabamos todos los dias.
Alli vivi hasta mediados del año 49 , fecha en la cual ,mi familia y yo salimos para embarcarnos a Venezuela, pais donde desde esa fecha, con casi 11 años,(los cumpli en el barco), vivimos, nos educamos, crecimos y formamnos familia, hasta la fecha de hoy, es decir , casi 60 años en un pais que me ha dado todo hasta el placer de saber que morire en un pais socialista.
Volvi a Madrid en el 76, con mi esposa e hijos y por supuesto, hice mi visita reglamentaria a la antigua casa de la Calle Eraso, me sorprendio en ver los cambios hoy incrementados hasta hacerme irreconocible la vieja calle
pero , sorpresa, el viejo poste de madera carcomida de la plaza con sus clavos para poder escalar, aun estaba alli…hoy..en el callejero fotografico de QDQ veo que , desaparecio..
Agradezco al señor Carlos Moreno y al autor de este excelente Blog, Enrique Fidel , por este pequeño “viaje” al pasado..
Salud..
Gracias a tí, Florisel.
Gracias por la visita. Gracias por tu comentario. Y gracias por el agradecimiento.
Lo importante de provocar el recuerdo es la emoción de viajar en el tiempo y en la memoria.
Desde aquí queremos establecer los vínculos del presente con el pasado, que en el caso de aquellos que se han desplazado de los lugares evocados a otros, geográficamente más lejanos, la relación se estrecha todavía más.
Un saludo y reiteradas gracias.
Enrique.
Hola, hace un par de años escribí una pequeña crónica musical de La Guindalera:
http://www.popmadrid.com/node/13463
[...] en el suelo, una taza turca. Viviendas asimismo muy humildes, pero un pequeño progreso respecto a mi antigua casa en la Guindalera: al menos teníamos agua dentro de [...]
Hola Carlos,un saludo y un abrazo muy fuerte pues seguro que de pequeños hemos jugado juntos alguna vez , pues el bar de la esquina de constancia se llamaba Romo , yo vivía en el 41 de constancia y Juan Carlos también era mi amigo y también comía pan y quesillo , vamos que todo lo que has contado me suena, también si te acuerdas había una farmacia casi por enfrente de donde vivías tu. Gracias.
Qué tal, Antonio. ¿Puede ser que seas tú un chico que vivía justo enfrente de mi casa, compañero de clase en el Isidro Almazán? Es que no estoy muy seguro del nombre de la persona a quien me refiero. Si eres quien creo, tenías un hermano emigrado en Alemania, te traía revistas porno y una vez te pillaron una en clase y te la tiraron por la ventana en medio de una bronca tremenda, y algún tiempo después, ya fuera del colegio, militabas en el PCE. ¿Eres tú?